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TENDENCIAS

Cuando la realidad supera a la ficción: por qué el crimen verdadero invade la tevé

En los últimos meses, Netflix estrenó series documentales sobre casos reales como los asesinatos de Ted Bundy o la desaparición de Maddie, apenas la última entrega del boom de un género que nos vuelve adictos

“The keepers”

“The thin blue line”

“La desaparición de Madeleine Mccann”

El crimen no paga, salvo que seas una productora de series y películas: porque en el cine y la televisión, las actividades criminales causan furor y generan muy buenos dividendos para los que convierten los escabrosos crímenes de la vida real en un show.

Es que, claro, como espectadores no podemos dejar de mirar donde hay sangre. Por algo, los autos frenan cuando pasan al lado de un accidente, y las multitudes se reúnen, a la espera de algo, afuera de las escenas de crímenes. Ese “morbo” aprovecharon Netflix y compañía, en su batalla por el alma de los espectadores.

No se trata, en rigor, de un género nuevo, claro: el policial existió desde siempre, y a menudo echó mano de escabrosas historias de la realidad. Pero la tendencia de tomar crímenes reales para la base de ficciones crece: mientras en Estados Unidos una franquicia entera se dedica a recrear los crímenes que atraparon a la nación (“American Crime Story”, que repasó las historias de OJ y Versace), “Mujeres asesinas” sirvió como precursora de la tendencia en Argentina, donde en los últimos años tuvimos una serie y una película sobre los Puccio y “El Ángel”, el filme sobre Robledo Puch. Además, se prepara una serie sobre el caso Belsunce y, claro, sigue en carpeta la película del robo al Banco Río, a partir del libro de Rodolfo Palacios, autor también de las obras sobre Puch y los Puccio en que se basaron la película y la serie, y pluma insoslayable del género del crimen verdadero.

El llamado “true crime”, en rigor, es de hecho documental, y es en esa faceta donde ha estallado en los últimos años, gracias a la tracción que ganaron en los servicios de streaming. El público, quizás cansado de tanta historia ficticia, se volcó ávido a estas historias más increíbles que la ficción y, de repente, el género se transformó en uno de los más populares del presente.

Para ejemplo, en los últimos meses Netflix lanzó las series documentales sobre la desaparecida Maddie (“La desaparición de Madeleine McCann”) y el asesinato del candidato presidencial mexicano Luis Donaldo Colosio, además de la extraña “Genio del mal”, sobre una mujer que manipula a un hombre para que robe un banco con una bomba atada al cuello, dos series que reúnen diversos casos como “Real Detective” y “The Confession Tapes”, y una segunda parte para “The Staircase”, serie de 2004 que seguía el proceso contra un hombre acusado de matar a su mujer.

Se suman a la ya importante oferta de crimen verdadero de la N roja, con series como “Amanda Knox”, sobre la joven estadounidense acusada junto a su novio Raffaelle Sollecito de perpetrar el asesinado de Meredith Kercher en 2007, “Casting JonBenet”, que narra el turbio desenlace del crimen de JonBenét Ramsey, la reina de la belleza infantil; la estremecedora “The Keepers”, sobre el abuso sistemático en un colegio religioso, “The Ted Bundy Tapes”, sobre el asesino célebre, y la increíble “Wormwood”, de Errol Morris, sobre experimentos de LSD y manuales de asesinato de la CIA.

EL BOOM

Morris es, justamente, uno de los que primero llevó el género a la pantalla: el “true crime” tiene su génesis en la famosa obra de Truman Capote, “A sangre fría”, una tradición que continuó en el cine documental el cineasta y su indispensable “La delgada línea azul”. Pero mientras el fenómeno literario se mantuvo de Capote a esta parte, el género recién despegó en las pantallas de televisión en esta década.

Y muchos atribuyen su nuevo auge al éxito de “Serial”, un podcast (programa transmitido por internet) en el que su creadora Sarah Koenig repasa en formato de radioteatro historias reales de crimen en forma episódica. Su primera temporada fue tan importante que llevó a reabrir el caso del asesinato de un estudiante de secundaria.

“Serial” comenzó su recorrido en 2014; un año más tarde, Andrew Jarecki, el director de otro filme indispensable del género, “Capturing the Friedmans”, sobre un hombre que detrás de su fachada de “familia normal” escondía un historial de abuso sexual, filmó para HBO “The Jinx”, otro hito que catapultó al éxito de las series documentales sobre hechos violentos reales.

“El crimen fascina porque la mayoría de nosotros tiene que vivir según las reglas. Y la idea de hacer lo contrario nos genera adrenalina”

Phillip Hodson
Psicoterapeuta

 

En la serie, se ponían en la lupa los supuestos crímenes del multimillonario Robert Durst, quien habla para las cámaras y tiene explicaciones para todas las acusaciones. Lo más curioso es que, spoiler alert, Durst termina confesando accidentalmente al final de la serie, cuando entra al baño con el micrófono todavía conectado y se habla a sí mismo.

Netflix buscó rivalizar con “The Jinx” y puso al aire “Making a murderer”, serial que llevó a largos debates sobre la culpabilidad o inocencia de Steven Avery, y más tarde llegaría “Team Foxcatcher”, que mediante videos caseros de la época examinó el asesinato del millonario John Du Pont a su protegido, el campeón mundial de lucha Dave Schultz (ya retratado en “Foxcatcher”). Era el inicio de un boom tan grande que ya tiene su parodia, “American Vandal”. También en la pantalla de Netflix.

POR QUÉ MIRAMOS

Ahora, ¿cómo se explica este éxito, esta nueva vida, del género del crimen verdadero en la pantalla? “El crimen en pantalla tiene el potencial de saciar nuestras pulsiones instintivas. Observar sexo y violencia en una serie de crimen puede ser catártico para algunos”, explica el psicólogo Arthur Cassidy en una entrevista a un medio inglés.

“El crimen fascina porque la mayoría de nosotros tiene que vivir según las reglas. Y la idea de hacer lo contrario nos genera adrenalina. La ficción ofrece la chance de imaginarnos como criminales, y el género del crimen verdadero va un paso más allá y nos muestra exactamente qué se siente ser un asesino, sin el almohadón mental de que sólo es una historia”, amplía el psicoterapeuta Phillip Hodson, como si de una especie de “deporte extremo” se tratara.

De acuerdo con él estuvo Adam Beforado, profesor de Derecho, que sostuvo que “el género siempre cautivó a la audiencia porque “captura a los individuos en su pero momento: el día que mataron, el día que perdieron una madre, el día que fueron sentenciados a perpetua por algo que no hicieron. Es difícil no quedar atrapados”.

“El encanto se intensifica por el hecho de que nuestros sistemas legales no ofrecen certeza total”, agrega.

Pero además de las cuestiones psicológicas, en esta nueva era de la televisión saturada de ofertas y de una audiencia acostumbrada a interactuar con las pantallas, el crimen verdadero ofrece la posibilidad de jugar al detective y por lo tanto “engancha” doblemente al espectador: con su historia atrapante, y con la búsqueda por resolver el misterio.

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