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La revolución del 007
El espía cambia todo: está más recio e impiadoso que nunca, ya no trabaja al servicio de su majestad imperial ni se acuesta con la chica Bond

“Lo primero que deberías saber es que nuestra gente se encuentra en todos lados”, le dice el maquiavélico Mr. White a James Bond, apenas arranca Quantum of Solace y así le anticipa que tendrá mucho trabajo por delante, porque donde vaya habrá personas que -sin más- intentarán matarlo de las formas más inverosímiles y violentas. Pero, en la vigésima segunda entrega de la saga, nuestro adorado espía inglés viene en plan rompo todo: ya no como parte de una misión encargada por el corrupto imperio británico, sino por despecho, venganza de amor, ajuste de cuentas porque el brazo malvado le arrebató a su amada Vesper Lynd, ahogada en los canales de la hermosa Venecia en la anterior Casino Royale (2006).

Así que, para los fanas de la histórica serie, la buena noticia es que aquí el clásico cóctel de acción/aventura/thriller contiene más persecuciones callejeras, más peleas a puño limpio, más autos fuera de control y, claro, un martini agitado con limón. “La película anterior fue un paseo por el parque en relación a ésta”, dijo Daniel Craig, el Bond más recio de la historia, una verdadera máquina de matar, sin tanta sofisticación (como le sobraba a Pierce Brosnan), pero con un espíritu indomable y aquí sin un atisbo de piedad.


Esta es la primera vez en la historia que una película de Bond es, en verdad, una secuela, en este caso de la magnífica Casino Royale; y también es el debut de un guión original que no se inspira en una novela del creador Ian Fleming. En Quantum of Solace (la traducción sería algo así como “un poco de sosiego”, pero nadie se animará a vender la peli con un título semejante) sólo se utiliza el nombre de un cuento corto del escritor, donde el agente del MI6 se tomaba un descanso y se encerraba a jugar poker con un grupo de maridos engañados. Por supuesto, esta aventura no trae a un Bond deprimido, llorando por los rincones por el amor perdido, sino a un tipo desquiciado, con sangre en los ojos y consciente -cada vez más- de que habita un planeta peligroso. “Siento que esto que mostramos es el nuevo mundo Bond, un lugar que es real”, dijo sobre el asunto Craig, este actor inglés que en marzo cumplió 40 años y que firmó contrato para hacer de Bond en otras dos ocasiones.

Para entender sus palabras, habrá que buscar las respuestas en un “primo” del agente británico, el estadounidense Jason Bourne, que ya lleva tres películas con el rostro de Matt Damon y fue la verdadera sentencia de muerte para el Bond que hacía Brosnan. La secuencia sería la siguiente: Bourne copió a Bond, pero le agregó problemas actuales, en clave rápido y furioso; Bond sintió el golpe, tuvo que cambiar (chau Pierce) y ahora copia a Bourne. Los espectadores, eternamente agradecidos.

“Para mí el tema central de la película es la confianza”, dijo el director Marc Forster. “Bond no había experimentado realmente el amor antes de conocer a Vesper, y este amor le ha sido escamoteado. El siente que fue traicionado y eso lo desorientó: ahora es incapaz de confiar en los demás. En mi opinión, el tema central de Quantum of Solace es la confianza”. Por ello, la figura de Craig toma otra dimensión, porque interpreta a un Bond vulnerable, con las costuras visibles de todo animal que camina en dos patas y que recibió un soberbio cachetazo. “A partir de Daniel, James Bond ya no es un héroe inmaculado, por el contrario, tiene muchas fallas. Su vulnerabilidad y su complejidad emocional le han devuelto su condición humana”, agregó Forster. Claro, pero a no olvidar que hablamos de un “humano” que se traslada en autos Aston Martins, recorre siete países en apenas 106 minutos, enamora a las chicas sólo con entrecerrar sus ojos azules y maneja un presupuesto de 250 millones de dólares.


Saltando techos de tejas en la ciudad italiana de Siena, luchando contra el implacable desierto chileno de Atacama (en la película se lo hace pasar como boliviano, y se armó lío diplomático), transitando las veredas de Panamá (Haití para el film, sin lío a la vista) y reclutando a miles de extras vestidos de gala para una noche en la ópera de Austria. La “gira mágica y misteriosa” de Bond no se detiene un segundo, apenas da respiro y hasta parece que el planeta le queda chico.

Craig quedó fascinado: “Uno de los supuestos de una película de James Bond consiste en ir de un lugar a otro. Es fundamental ver al personaje desenvolverse en lugares emocionantes que a la vez te permiten ver el mundo desde otra óptica. En mi experiencia, las películas de Bond siempre lograron transportarme a un mundo diferente. Para nosotros fue de suma importancia echar mano de todas estas locaciones a fin de mostrarles a las audiencias un mundo asombroso, maravilloso, diverso. Si ése hubiese sido nuestro único motivo para realizar esta filmación, creo que la prueba ha sido superada con excelentes calificaciones”.

Se dijo que con Casino Royale y ahora con Quantum of Solace el agente Bond ingresó a un nuevo escenario mundial, donde la corrupción es la bandera y el dinero el himno. Paul Haggis, ganador del premio Oscar con Crash (2004), le buscó la vuelta y metió al espía en medio de una batalla por las reservas naturales de agua del planeta. Así, Bond es espectador y posteriormente hombre clave en impedir que el sistema derroque al gobierno boliviano, además de cargarse a toda una organización que juega con los recursos de los países en vías de desarrollo.

Aunque disimulado por las explosiones, saltos, piñas y chicas divinas, la historia de este Bond va en sentido contrario a las veinte que precedieron a Daniel Craig. Es que aquí, Bond ya no está “al servicio de su majestad” de forma exclusiva, ya no acata órdenes por más crueles que resulten, sino que abrió los ojos, lo que vio no le gustó y decidió actuar por su cuenta. “La gente acostumbra decir que Casino Royale es una especie de desviación de las cintas tradicionales de Bond. Pues bien, en Quantum of Solace nos desviamos aún más”, dijo Craig, que sabe dónde está, el centro de gravedad del film. Y lo mejor: no piensa abandonarlo.


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