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Carlos Leyba*
¿Qué nos espera? Esa pregunta nunca encierra un contenido de expectativas favorables.
No es la pregunta propia de la incertidumbre diagnóstica que dice (¿qué nos pasa?), que refleja la molestia por algo que no debería estar ocurriendo, un llamado a despertar, a salir de la inacción, una pregunta sanadora.
Preguntarse por “qué es lo que nos espera”, señala que hemos abandonado la necesidad de una explicación y que nos hemos resignado a una respuesta que no podremos conducir. Una aceptación pasiva, no hay contenido positivo en ella, supone una situación frágil y probablemente, un futuro más obscuro.
Interrogarnos por lo “qué nos espera”, es una demanda de pronóstico, implica que no nos permitimos imaginar el futuro.
Encierra una renuncia a proponer a “hacer” algo.
No surge de la esperanza entusiasta, sino de la sensación de que lo que nos espera será malo y además, inevitable. Que no vale la pena hacer el esfuerzo para evitarlo.
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¿De dónde surge esa pregunta que resume, al menos, una actitud de una parte de la sociedad?
Hay razones económicas. La que más preocupa es la inflación que erosiona los ingresos de tal manera que muchos han caído en la pobreza. Tal es su intensidad y su larga duración que muchos, que resistían como habitantes de los sectores medios, se aproximan hoy a esas condiciones de vida.
Ese proceso de “coyuntura”, de “desequilibro macro económico” está unido a causas más profundas que han generado una formidable declinación de la gran clase media.
“La que más preocupa es la inflación que erosiona los ingresos de tal manera que muchos han caído en la pobreza”
Fuimos, en la América Latina, el país de una enorme clase media que es el sustento más propicio para el desarrollo de la “vida democrática”. Condición necesaria para sostener un sistema democrático y republicano, aunque no suficiente.
La “vida democrática” no es lo mismo que la Democracia, como sistema, pero es su humus. La Democracia, es legitimación y un sistema de reglas y un orden moral: la República.
La “vida democrática” es lo que el historiador Luis Alberto Romero llamó la “Argentina buena” de “optimismo y movilidad ascendente”. El la sitúa desde fines del siglo XIX hasta “los últimos años sin desocupación ni pobreza significativas”.
Esos años, estadísticamente, son los de la mitad de los setenta del siglo XX. Romero se detiene fines de los sesenta. Olvidó la década 1964/74 que fue de crecimiento de 8% anual entre puntas, sin un año de caída. Entonces se podía comprar un departamento a 12 años de plazo con un 10/15 por ciento al contado y todo lo demás en cuotas en pesos.
Esa fue la materialización de esa sociedad de clase media de la “vida democrática”.
El fuerte crecimiento de los sectores medios ocurrió cuando la economía tuvo un desarrollo asociado a los sectores productivos que conformaron, en cada oportunidad, motores de desarrollo: primero el modelo de la expansión agropecuaria del siglo XIX y luego el modelo de la expansión de la industria del siglo XX.
En ambos casos un gran consenso nacional acerca de “lo que nos esperaba” hizo posible que eso se concretara.
*Exsubsecretario de Programación y Coordinación
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