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De acuerdo con la mirada de Weber, la política está presente en toda comunidad humana / web
SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)
El hombre es un animal político por naturaleza. La afirmación hecha por Aristóteles en el siglo cuatro antes de Cristo nunca fue desmentida. Filósofo y científico, ningún aspecto del acontecer humano fue ajeno al pensamiento de quien es considerado, junto a su maestro Platón, como padre de la filosofía occidental. Su amplitud y profundidad de miras hizo que esta definición del ser humano no se redujera a definirlo meramente como una criatura dedicada a los chanchullos, trenzas, especulaciones y manipulaciones de la actividad política tal como los políticos profesionales de hoy la degradaron. Cuando se refería a política Aristóteles la derivaba de la idea de polis, las ciudades-estado en las que, según observó, las personas tendían a convivir tras agruparse en unidades menores, como la pareja, la familia, las congregaciones artesanales, las cofradías, las aldeas. Aquellas polis eran, para la época, el equivalente a las naciones actuales, aunque, por supuesto, más pequeñas y gobernadas por un rey o por ciudadanos ilustres. La vocación por agruparse correspondía, según el filósofo, a que el humano es un animal social por definición. Necesita del otro, de los otros, y solo puede vivir y realizarse en comunidades. De esa concepción de polis deviene la palabra política.
Y desde esa perspectiva aun quien se declara orgullosa o tajantemente “apolítico” o quien descree y abjura de la política, o quien la maldice y la desprecia es, en tanto humano, un animal político. Y está involucrado en los mecanismos de la política, que son aquellos por los cuales se toman y se ejecutan decisiones que afectan a las distintas formaciones en las cuales las personas vivimos, convivimos y sobrevivimos.
El economista y filósofo alemán Max Weber (1864-1920), considerado fundador de la moderna sociología, dictó en enero de 1919 en la Asociación de Estudiantes de Munich una célebre conferencia titulada “La política como vocación”, en la que afirmaba: “¿Qué entendemos por política? El concepto es extraordinariamente amplio y abarca cualquier género de actividad directiva autónoma. Se habla de la política de divisas de los bancos, de la política de descuento del Reichsbank, de la política de un sindicato en una huelga, y se puede hablar igualmente de la política escolar de una ciudad o de una aldea, de la política que la presidencia de una asociación lleva en la dirección de ésta e incluso de la política de una esposa astuta que trata de gobernar a su marido”.
En sentido amplio, de acuerdo con la mirada de Weber, la política está presente en toda comunidad humana. Un jefe de familia toma decisiones políticas cuando debe gestionar y articular los distintos intereses y puntos de vista y las diferentes necesidades familiares. Se hace política en las asociaciones profesionales, en los clubes, en los consorcios y vecindades, en los grupos de amigos. En fin, desde que no hay dos seres humanos iguales y desde que somos seres necesitados de agruparnos para convivir, siempre es necesario modular diferencias y es imposible hacerlo sin ejercicio de un poder que autorice y permita hacerlo. Al respecto decía Weber: “Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder por el poder, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere”. Quizás diplomáticamente elegía obviar, como vemos y sabemos hoy, que no es solo el prestigio lo que se busca del poder, en ciertos ámbitos, sino también las ganancias de todo tipo a las que este permite acceder.
Otra pensadora fundamental, la también alemana Hannah Arendt (1900-1975) dedicó, entre las varias obras que componen su rico legado, dos ensayos esenciales al papel de la verdad y la mentira en la política, reunidos en un tomo que se titula precisamente “Verdad y mentira en política”. Allí la filósofa plantea que la verdad y la política nunca congeniaron y que para los políticos profesionales y los gobernantes la mentira ha sido siempre una herramienta necesaria y justificable. Esto es algo que debemos cuestionar, señala Arendt, porque la mentira deliberada en política, con su “obstinada tozudez”, pone en peligro y en cuestión la realidad del mundo. Cabe subrayar aquí que esta pensadora consideraba como mundo no al planeta como tal, sino a todo lo creado por los humanos y a las condiciones en que estos (es decir todos nosotros) llevan adelante sus relaciones y sus vidas.
De regreso a Weber, este apuntaba que se puede hacer política de muchas maneras. Una de ellas es la semiprofesional y otra la profesional. Y se puede vivir para la política o se puede vivir de ella. En el primer caso las acciones y actitudes se orientan a lograr los objetivos esenciales de esta actividad humana. Uno de ellos, acaso el fundamental, es la contemplación y complementación de intereses y necesidades distintas con el fin de alcanzar una convivencia lo más armoniosa posible en nombre del bien común. Cuando se vive de la política esto pasa a segundo plano, o desaparece, y el fin justifica los medios. El fin es usar el poder para interés propio y de los propios. Quien vive para la política debe desligarla de sus necesidades económicas, insiste Weber, mientras que quien vive de la política “trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos”.
Pero si, como fundamentaba Aristóteles, todos somos animales políticos por naturaleza, la política será parte consciente o inconsciente de nuestras vidas, de nuestras relaciones y de nuestro quehacer más allá de que lo queramos o no. Y la gran mayoría de los humanos no seremos (de hecho, no somos) políticos profesionales. Es decir, vivimos con la política, pero no de ella. Cuando aumenta el apoliticismo de la ciudadanía como consecuencia de la permanente mala praxis de los políticos profesionales, y cuando se observa, como en estos días, un aumento en el ausentismo electoral o en la votación en blanco, pareciera que esa ciudadanía está diciendo que no quiere saber nada con la política. Pero la no participación es una manera de participar. Solo que se trata de la peor manera. Aquella que deja en manos ajenas decisiones que son fundamentales para la vida propia.
Como la política, en tanto fenómeno humano fundamental, gira en torno del poder, todo lo que concierne a ella es una herramienta de poder. El voto lo es. Y como toda herramienta puede tener usos funcionales o disfuncionales. Cuando el pensamiento crítico, la capacidad de discernir, la preocupación por el destino colectivo, y no solo por el interés propio, y una argumentación resultante de haberse informado de manera activa y no pasiva, y a través de vías confiables, acompañan al ejercicio del voto, nos convertimos en agentes políticos conscientes y responsables. Mirar para otro lado y desinteresarse, creyendo en una ilusoria “pureza apolítica”, resulta todo lo contrario. Porque, en definitiva, como ya lo sabía Aristóteles, en tanto humanos, somos animales políticos por naturaleza.
(*) Escritor y ensayista, su último libro es "La ira de los varones"
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