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Daniel Montoya
eleconomista.com.ar
“El viejo truco de andar por la sombra” cantaba Charly García. Una frase menor, casi lanzada al pasar, pero que funciona como radiografía involuntaria del tiempo político argentino. Porque si hay una fuerza que maneja con oficio ese arte de escabullirse entre sombras, reaparecer en los recodos y sobrevivir a cada crepúsculo, es el peronismo.
Y lo que vuelve interesante este momento no es la evidencia de su crisis que, ¿cuánto más profunda puede ser que aquella que vivió tras la muerte de su fundador, la bochornosa presidencia de su esposa Isabel Perón, la triple A, López Rega y, de bonus, la posterior paliza que le diera Raúl Alfonsín en 1983? Eso sería demasiado obvio y, de acuerdo a una expresión tan antigua como el mundo, ¡chocolate por la noticia!
Más bien, lo que resulta hasta intuitivo, casi sin la necesidad de mirar portales políticos, es la evidencia de que el peronismo entró en ese modo alterado de la historia en el que dejó de pensarse a sí mismo y espera, una vez más, la milagrosa alineación de ciertos planetas que, de ser Milei exitoso, no ocurrirá por varios años.
¿Qué mayor evidencia de ello que el reciente proceso electoral dónde, sin mirar al siempre endogámico e impermeable kirchnerismo; la cepa alternativa de supuesto mayor potencial, la mediterránea, concurrió a la arena electoral con los apellidos Schiaretti y De la Sota? Por si no te queda claro el mensaje: la renovación te la debo pa’ la próxima.
Ello dejó, también de nuevo, una cruda evidencia en pie: el peronismo no renace por introspección, sino por gravedad. Y cuando reaparece, lo hace siempre por la misma vía: sin pedir permiso y sin que nadie lo esté esperando.
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Así fue a lo largo de su trayectoria, dependiendo ese retorno menos de su capacidad de reformulación doctrinaria, que de un patrón repetido, casi del orden astronómico: la sincronía de tres planetas que, cuando se alinean, vuelven competitivo al movimiento político más persistente, ¡aunque no invencible!, del país.
Disclaimer 1: ello no quita que, en el pasado, el peronismo no haya impulsado dos movimientos renovadores con epicentro en la provincia de Buenos Aires, como el liderado por Antonio Cafiero en la década del 80 y, más cerca de esta fecha, por Sergio Massa. No obstante, vale decir que, a su turno, ambos perdieron la batalla interna a manos de quienes obtuvieron el bastón de mariscal oportunamente. En tal sentido, aquí cabe preguntarse si lo que manda no es aquél viejo adagio que indica que entre la copia y el original, el elector se termina inclinando por quien representa con mayor nitidez las opciones relevantes. Si de los 80 se trata, el casillero del cambio lo representaba Alfonsín, apareciendo Cafiero como una marca B del líder radical. En términos de marcas de gaseosas, Coca Cola mata a Manaos.
Asimismo, la cucarda del cambio en tiempos de Massa estaba en cabeza de un Macri que aparecía como lo novedoso, versus un kirchnerismo que ya sentía la década de fatiga arriba del lomo. Una vez más, entre el original y la copia, la marca A mató a la B. De más está decir que hoy el cambio se llama Javier Milei. Es decir, quien pretenda encarnar un peronismo libertario, que sepa que debe inmolarse, quizás con el consuelo de hacerlo en función de un bien superior. No lo sé.
Disclaimer 2: esta reflexión no debería desalentar a las múltiples usinas ideológicas que, como el peronismo streamer entre otras, realizan a diario sesudos ejercicios de reformulación del peronismo que, llegado el momento, podrían alimentar una eventual plataforma de gobierno e, inclusive, aportar cuadros políticos con un envidiable rodaje comunicacional.
Para no dejarlo en el aire: tal como ocurrió con la primera renovación peronista que aportó diversos cuadros políticos a los gobiernos de Carlos Menem. Entre otros, al hoy empresario energético, minero, mediático, gastronómico y seguramente algún rubro más José Luis Manzano que, como el sol, siempre está dónde se cocinan los negocios.
El peronismo no irrumpe en momentos de orden, sino en estados de excepción. Así fue en los dos grandes ciclos hegemónicos peronistas de la democracia recuperada que se abrieron más que por la depuración programática interna, por el olor a sangre emanado por profundas crisis sociales, económicas y políticas.
Por si a alguno no le queda claro: el peronismo sin crisis se convierte en una opción sin anclaje sólido en su tradicional gran motor político: el mundo del trabajo. Así lo definió su fundador: para el peronismo hay un sólo hombre, el que trabaja y, lo más importante, obteniendo un buen rédito a cambio. “Fifty fifty” en propias palabras del General. Por si alguien necesita mayor aclaración: el peronismo es capitalista según aquél anglicismo de Perón utilizado en un acto de la CGT.
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