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HORACIO AUGUSTO PEREIRA
En los últimos días circularon imágenes tan elocuentes como incómodas: largas filas de jóvenes misioneros cruzando la frontera hacia Brasil para trabajar en la cosecha. No se trata de un fenómeno nuevo, pero sí de uno que se volvió visible y masivo.
La postal interpela. ¿Cómo se explica que una provincia argentina con tierra fértil, clima favorable y una población de origen similar a la del sur brasileño expulse mano de obra joven hacia el país vecino?
La pregunta es legítima, sobre todo cuando se observa el contraste territorial desde el aire. Las imágenes satelitales muestran una frontera nítida. Los ecologistas me van a odiar: del lado argentino, un verde continuo de monte, forestación y cultivos permanentes; del lado brasileño, un mosaico de parcelas agrícolas intensamente explotadas. No es una diferencia estética. Es el resultado de trayectorias productivas profundamente distintas.
Durante la segunda mitad del siglo XX, el sur de Brasil —Paraná, Santa Catarina y Río Grande do Sul— fue escenario de un proceso deliberado de expansión agrícola e industrial. Colonización planificada, crédito rural, mecanización temprana e integración con agroindustrias y cooperativas permitieron el desarrollo de una agricultura extensiva dinámica, articulada con cadenas de valor que generaron empleo, capitalización rural y ciudades medias con tejido productivo propio. Ese “boom agrícola” no fue solo un aumento de producción: fue un shock de productividad que transformó el territorio.
Misiones, en cambio, siguió otro camino. Su estructura productiva se organizó en torno a la pequeña propiedad y a cultivos perennes como la yerba mate, el té y el tabaco, junto con la forestación. Son actividades que ocupan territorio y generan ingresos, pero que demandan poca mano de obra directa y presentan encadenamientos industriales limitados. A diferencia de la agricultura extensiva, no producen picos de demanda laboral capaces de absorber población joven ni impulsan, por sí solas, una agroindustria diversificada.
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Es cierto que Misiones y el sur de Brasil no comparten un clima idéntico. La provincia argentina presenta mayor humedad y una menor frecuencia de heladas, mientras que los estados vecinos del sur brasileño tienen algo más de amplitud térmica y heladas ocasionales, relevantes para determinados cultivos extensivos.
Sin embargo, estas diferencias no explican la brecha de desarrollo. La diferencia central no está en la naturaleza, sino en las decisiones productivas y en la capacidad de transformar esos recursos en empleo, ingresos y encadenamientos locales.
El rol del Estado es clave para entender esta divergencia. En Brasil, la expansión agrícola estuvo acompañada por bancos públicos de desarrollo, inversión sostenida en infraestructura logística y políticas industriales activas a nivel subnacional. En Misiones —y en buena parte de Argentina— el Estado estuvo presente, pero con otro enfoque: regulación de precios, asistencia fragmentada y escasa construcción de capacidades productivas.
El caso de la yerba mate es ilustrativo. Décadas de discusión sobre el precio de la hoja verde reflejan una economía atrapada en la administración de una renta pequeña, en lugar de una estrategia orientada a integrar, industrializar y escalar.
Las consecuencias se reflejan en el mercado laboral. Los jóvenes que cruzan la frontera no lo hacen atraídos por salarios altos ni por mejores condiciones estructurales. Van a levantar cosechas, a trabajos duros, temporarios y muchas veces informales. Pero van porque esos trabajos existen. Del lado brasileño hay vendimias, cosechas de manzana, soja o maíz, y agroindustrias que demandan mano de obra de manera recurrente. Del lado misionero, esa demanda prácticamente no existe.
En realidad, Misiones no es una excepción sino una síntesis. El NEA argentino comparte esa combinación incómoda de recursos naturales abundantes, baja densidad industrial y una economía que gira en círculos cortos.
Esta migración es racional. No expresa un quiebre cultural ni una decisión definitiva de emigrar, sino la ausencia de oportunidades productivas locales. En términos económicos, Misiones nunca experimentó un shock de productividad comparable al del sur brasileño. Sin ese salto inicial —agrícola primero, industrial después— la provincia quedó atrapada en una estructura productiva de baja complejidad, con ingresos limitados y alta dependencia de transferencias públicas.
La paradoja es evidente. Misiones conserva activos estratégicos: biodiversidad, recursos forestales, biomasa, conocimiento productivo y una población joven. Pero esos activos no se traducen automáticamente en desarrollo. Requieren una estrategia distinta: menos regulación de precios y más creación de mercados; menos aislamiento logístico y más integración regional; menos administración de la pobreza y más política productiva.
Las imágenes de los últimos días no muestran solo una frontera transitada. Muestran una oportunidad perdida. Y recuerdan que el desarrollo no es una cuestión de clima ni de geografía, sino de decisiones acumuladas en el tiempo. Mientras del lado brasileño esas decisiones apostaron a transformar el territorio, del lado misionero el verde quedó intacto, pero la estructura productiva también.
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