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VICTORIA CONTRERAS DEL OLMO
La segunda presidencia de Donald Trump está comenzando a mostrar algo más profundo que un giro en la política exterior de Estados Unidos: sugiere un cambio en la forma en la que Washington entiende su lugar en el orden internacional. A diferencia de su primera administración en la que se jactó de ser el único presidente estadounidense en no iniciar una guerra desde 1980, hoy vemos a un mandatario dispuesto a patear el tablero y desafiar los principios que hasta entonces dábamos por sentado. En este contexto, América Latina se ve obligada a repensar qué lugar quiere ocupar en un orden internacional cada vez más incierto y qué puede esperar de una política exterior estadounidense más agresiva.
Durante décadas EE.UU. se presentó como el principal garante de un orden internacional basado en reglas. No obstante, el arresto de Nicolás Maduro en Venezuela, la guerra en Irán y otros sucesos como las reiteradas amenazas a Groenlandia y Cuba nos obligan a preguntarnos: ¿qué pasa cuando la potencia que dice defender ese orden comienza a erosionarlo desde adentro?
No se trata simplemente de un giro estratégico, sino que también pone en juego principios básicos del sistema, como la soberanía estatal, la no intervención y los límites al uso de la fuerza. Hoy nos enfrentamos a lo que varios especialistas llaman el ocaso del orden internacional liberal. Incluso, grandes defensores como Friedrich Merz, canciller alemán, afirman que “ya no existe”.
Si ese escenario efectivamente se consolida, ¿qué podemos esperar del nuevo orden? De continuar estas tendencias, posiblemente veamos un orden más propenso a conflictos, caos y a grandes potencias actuando de manera unilateral. Para América Latina, este es un punto crucial. La región deberá empezar a preguntarse qué margen de independencia mantiene frente a un Estados Unidos más dispuesto a intervenir y cómo quiere posicionarse en un sistema internacional cada vez menos previsible.
Desde la asunción de Trump en enero de 2025, y después de más de una década en la que el foco de Washington estuvo puesto en otras regiones, América Latina volvió a convertirse en una prioridad en la agenda estadounidense. Principalmente, el hegemón busca recuperar influencia en una región que considera estratégica en términos de seguridad, migración y por la creciente presencia de países rivales.
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Ahora, el problema de este renovado interés es que llega tarde. Mientras EE.UU. desatendía la región, China afianzó sus vínculos económicos en América Latina y se convirtió en el principal socio comercial de varios países. El gigante asiático logró expandir su influencia a través de grandes inversiones en infraestructura y financiamiento. Esto pone de manifiesto que la región ya no depende de igual manera de Estados Unidos que antes.
Sin embargo, también sería un error hablar de América Latina como un actor homogéneo, sino que se trata de múltiples Estados atravesados incluso por ideologías opuestas. En la actualidad la región enfrenta una fuerte fragmentación política con gobiernos que leen este nuevo escenario de formas muy distintas. Mientras que algunos, como Javier Milei o Nayib Bukele, ven este giro como una oportunidad histórica, otros, como Lula, son más reacios y buscan mantener mayores márgenes de autonomía. De esta manera, los efectos del renovado interés de Estados Unidos en la región no serán para nada uniformes, sino que dependerá de las prioridades de cada país.
Precisamente por eso, este giro en la política exterior de Trump no debe interpretarse estrictamente como una amenaza. Por el contrario, puede abrir una ventana de oportunidad para aquellos países latinoamericanos que quieran sentarse a negociar en un contexto en donde Washington ya no puede dar por sentada su influencia en la región. En otras palabras, la fuerte presencia de China, la diversificación de socios comerciales y la propia heterogeneidad política latinoamericana les puede dar mayor margen de acción que en el pasado.
En este contexto, sería simplista leer este nuevo escenario en términos absolutos. Por un lado, nos equivocaríamos si asumimos que América Latina reaccionará como un bloque homogéneo, mientras que, por otro, sería erróneo interpretar el giro de la política exterior de Estados Unidos solamente en clave negativa. Sin lugar a dudas este nuevo orden internacional, cada vez más marcado por la incertidumbre, traerá mayores desafíos y presiones a la región, sobre todo por el interés de Trump de frenar la influencia de China.
No obstante, también puede abrir nuevas oportunidades de cooperación, particularmente para aquellos gobiernos más alineados con la agenda de Washington. Será crucial la forma en que los países latinoamericanos resuelven este dilema: cómo insertarse en el nuevo orden internacional sin perder oportunidades, pero también sin quedar subordinados a agendas ajenas.
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