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JULIÁN ÁLVAREZ SANSONE
Toda política cultural relevante genera debates. Pero en el caso del gobierno de Javier Milei, esas tensiones no son un efecto colateral: son parte constitutiva del modelo. La cultura aparece como un terreno atravesado por interpretaciones opuestas sobre el rol del Estado, el sentido del financiamiento público y el lugar de las ideas en la vida social.
En términos generales, las controversias pueden organizarse en dos grandes posiciones: quienes defienden el rumbo actual sostienen que las reformas corrigen distorsiones acumuladas durante años. Y quienes las critican advierten sobre un proceso de desmantelamiento que afecta tanto a la producción cultural como a su diversidad.
Desde la perspectiva oficialista y sus adherentes, el argumento central gira en torno a la idea de “terminar con los privilegios”. Según esta visión, el Estado cultural argentino derivó en un sistema de subsidios que beneficiaba a sectores específicos, muchas veces alineados con determinadas corrientes ideológicas. En ese marco, la reducción del gasto, la eliminación de estructuras y la reorientación de recursos serían medidas necesarias para evitar lo que consideran un uso discrecional de fondos públicos. A este argumento se suma una defensa del mercado como organizador de la cultura. Para los defensores del modelo, la intervención estatal excesiva distorsiona la producción cultural, generando obras que dependen más del financiamiento público que del interés del público. Desde esta óptica, el retiro del Estado permitiría que la cultura se ordene según la demanda real, premiando la eficiencia, la innovación y la conexión con la sociedad.
Sin embargo, esta lectura encuentra fuertes objeciones. Desde sectores críticos, el concepto de “privilegio” es cuestionado por su ambigüedad. ¿Es un privilegio financiar cine nacional, sostener bibliotecas populares o promover actividades culturales en regiones con menor acceso? Para estos actores, el financiamiento estatal no es un beneficio arbitrario, sino una herramienta para garantizar derechos culturales y corregir desigualdades estructurales.
Además, se señala que la lógica de mercado aplicada a la cultura tiende a concentrar la producción en actores con mayor capacidad económica. En ese escenario, las expresiones culturales independientes, experimentales o vinculadas a territorios periféricos pierden visibilidad y posibilidades de desarrollo. El resultado no sería una cultura más libre, sino más homogénea y menos diversa.
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Otro punto de tensión es la acusación de “cultura ideologizada” que el oficialismo utiliza para justificar sus reformas. Para sus críticos, esta caracterización funciona como un mecanismo de deslegitimación: al etiquetar determinadas producciones o políticas como ideológicas, se habilita su recorte o eliminación. Sin embargo, advierten, toda política cultural implica una visión del mundo. La diferencia es que el modelo actual, mientras denuncia la ideología ajena, promueve activamente su propia agenda a través de la llamada “batalla cultural”.
Aquí emerge una de las contradicciones más señaladas. Mientras se reduce el financiamiento y la estructura estatal en nombre de la neutralidad o la eficiencia, el gobierno interviene con fuerza en el plano discursivo, promoviendo ciertos valores y cuestionando otros. Para los críticos, esto no implica menos ideología, sino una reorientación ideológica desde el propio Estado.
También hay un debate en torno a la noción de eficiencia. Los defensores del ajuste sostienen que recortar estructuras innecesarias mejora el funcionamiento del Estado. Pero los críticos responden que la eficiencia no puede medirse únicamente en términos económicos, especialmente en el ámbito cultural. Una política puede ser fiscalmente austera y, al mismo tiempo, socialmente regresiva si limita el acceso o reduce la pluralidad.
En el fondo, estas tensiones reflejan dos concepciones distintas de la cultura. Para un sector de la sociedad, es un ámbito que debe regirse principalmente por la libertad individual y las reglas del mercado, con mínima intervención estatal. Para otros, es un derecho colectivo que requiere políticas públicas activas para garantizar su desarrollo y acceso equitativo.
El problema es que estas posiciones no se están encontrando en un debate productivo, sino en una dinámica de confrontación creciente. La descalificación mutua (ya sea bajo la forma de “privilegios” o de “desmantelamiento”) dificulta la construcción de consensos básicos sobre qué tipo de política cultural necesita el país.
En ese contexto, el riesgo es doble. Por un lado, que la discusión se simplifique en términos binarios, perdiendo de vista la complejidad del campo cultural. Por otro lado, es riesgoso que las decisiones se tomen sin considerar sus efectos a largo plazo, en un área donde los impactos no siempre son inmediatos, pero sí profundamente estructurales.
De esta forma, es necesario señalar que cuestionar el rumbo actual no implica negar la necesidad de revisar políticas previas ni de mejorar la transparencia en el uso de recursos. Pero sí exige preguntarse si el camino elegido (basado en el ajuste, la reducción institucional y la confrontación ideológica) fortalece realmente el ecosistema cultural o lo vuelve más vulnerable y desigual.
Por último, podría pensarse que el debate no es solo sobre cuánto Estado debe haber en la cultura, sino sobre qué tipo de sociedad se construye a partir de esas decisiones. Y en ese punto, las tensiones actuales no parecen estar ampliando horizontes, sino más bien reduciéndolos a discusiones infértiles entre posiciones irreconciliables, sin datos empíricos y plagadas de ideología.
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