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Según la OMS entre 1990 y 2013 hubo un 50% de aumento en las enfermedades mentales en el mundo
SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)
En el plano de la psiquis y las emociones existe una temible Triple A, compuesta por la ansiedad, la angustia y la alienación. Como aquella de los oscuros años 70, también esta tiene la capacidad se secuestrar a las personas y llevarlas a escenarios turbios. En este caso se trata de un secuestro psíquico que sustrae al individuo de su eje existencial. La acción combinada de estos tres estados de la mente adquiere ya forma de pandemia. Según registros de la Organización Mundial de la Salud, en momentos previos a la pandemia se estimaba en 264 millones de personas los adultos que padecían ansiedad en todo el planeta. La cifra aumentó al calor de la pandemia y el temor generalizado disparado por esta. Sin embargo, este crecimiento no es una novedad de los últimos dos años. Según la misma OMS entre 1990 y 2013 se había registrado un 50% de incremento en las enfermedades mentales en el mundo. Actualmente la ansiedad por sí misma es la sexta causa de disminución de años de vida saludable y activa, estima el organismo dependiente de Naciones Unidas.
Desde el punto de vista físico este trastorno se manifiesta a través de taquicardia, mareos e inestabilidad, sudoración profusa, dificultad respiratoria y temblores, entre otros síntomas. En el plano psíquico y emocional se presenta con ideas obsesivas, catastróficas o negativas, incapacidad de mantenerse concentrado, irascibilidad, imposibilidad de decidir. Y se detecta en conductas evitativas, controladoras, perturbaciones en el sueño, trastornos alimenticios, descontrol en las reacciones y retraimiento social.
La ansiedad y sus síntomas no constituyen una novedad en la historia humana. La padecían nuestros primeros ancestros, cuando vivían a la intemperie, acechados por depredadores y por fenómenos climáticos y naturales de todo tipo. Nuestra vida como especie jamás estuvo a salvo de peligros, tanto provenientes del entorno (y por lo tanto fuera de nuestro control) o autoprovocados, sea por razones políticas (como las guerras), por incomprensiones mutuas y generalizadas, por conductas irresponsables o temerarias o por desarrollos científicos y tecnológicos que escaparon de controles y previsiones. Pero a diferencia de hoy, aquellos primeros humanos confrontaban riesgos reales, tangibles y físicos. No tenían tiempo ni evolución suficiente como para inventarse otras acechanzas. La ansiedad actual tiene un alto y decisivo componente centrado en el modo de vida y de relaciones adoptado por la sociedad contemporánea.
A propósito de esto en un informe de 1956 de la Academia de Medicina de Nueva York se leía lo siguiente: “La ansiedad y la tensión parecen abundar en la cultura moderna, y la tendencia actual es huir de los aspectos desagradables de su impacto. Pero ¿cuándo ha estado la vida exenta de tensión? A largo plazo, ¿es deseable que una población esté siempre libre de tensión? ¿Debería existir una pastilla para cada estado de humor y cada ocasión?”. A juzgar por el descontrolado aumento en la prescripción y consumo de medicamentos psicotrópicos y ansiolíticos la respuesta al último interrogante pareciera ser afirmativa. Y pese a ello la ansiedad y sus consecuencias no cesan de expandirse, la calma y la serenidad no acontecen, la plenitud de la mente y el alma asoman cada vez más utópicas y la felicidad definitivamente no viene en cápsulas.
Aun cuando desde diferentes corrientes médicas y psicoterapéuticas se aborde a la ansiedad como una patología correspondiente al área de la salud mental no estaría de más preguntarse si no se trata antes de un síntoma que de una enfermedad. Y que, como suele ocurrir, cuando se acalla el síntoma no se elimina su fuente, porque esta continúa manifestándose de diferentes maneras. Y si la ansiedad es el síntoma, ¿cuál es la enfermedad? Acaso se trate de una dolencia del alma, huérfana de un propósito existencial trascendente, descuidada mientras se privilegian apetitos materiales, urgencias banales, deseos confundidos con necesidades y las vidas transcurren sin un sentido orientador.
En términos sencillos la ansiedad podría describirse como la urgencia por huir de algo indefinible, indetectable, pero que se presiente como cierto e inminente, o como la premura irrefrenable por acceder a algo que se desea o se cree necesitar. En cualquiera de ambos casos la ansiedad traslada toda la atención al futuro, nos saca del presente, nos deja sin recursos para atender el aquí y ahora y para vivir y resolver en él. Esa urgencia deviene en aceleración. Ya que lo deseado o lo temido no está en el presente, hay que correr hacia el futuro, sea para atraparlo o para escaparle. Pero ocurre que el futuro es siempre inalcanzable, se esfuma segundo a segundo desplazado por el presente, que resulta el único tiempo real en el que vivimos.
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En este proceso, mientras la mente vuela hacia otro tiempo y provoca las consecuentes emociones de ese salto, el cuerpo físico permanece en el único lugar posible: aquí, ahora. Así es como la ansiedad nos conduce a la alienación, ese estado en el cual nos disociamos, salimos de nosotros mismos, en cierto modo nos desintegramos, y perdemos nuestra identidad. Ansiedad, aceleración y alienación trabajan de esa manera en equipo. Una triple A que termina siendo cuádruple cuando, como resultado de todo esto, se presenta la angustia.
Desarticular este mecanismo no significa ignorar el futuro, algo imposible para un ser humano, puesto que somos la única especie capaz de proyectar y de visualizarse en el tiempo. Howard Scott Liddell (1895-1962), psicólogo estadounidense que supo trabajar en el laboratorio de su célebre colega ruso Iván Pavlov, dijo que “solo el hombre puede hacer planes para el futuro lejano y experimentar los placeres retrospectivos del objetivo cumplido. Solo el hombre puede ser feliz. Pero solo el hombre puede inquietarse y sufrir ansiedad”. Es que la ansiedad nace a la vera de un futuro temido o entrevisto como puerta de escape para un presente insatisfactorio o infeliz. Pero ocurre que cuando se descubre un propósito, una razón capaz de dejar una huella de la propia vida en el mundo, ese sentido se empieza a consolidar en el presente. El futuro es entonces continuidad, y ya no fuente de ansiedad.
En la era de la aceleración y la ansiedad el tiempo no alcanza. Azuzados por un paradigma social y cultural que pone el acento en la producción, en el tener y en el éxito, corremos en pos de una meta que nunca se alcanza y, al mismo tiempo, tememos no llegar, ser desplazados por otros, quedar atrás, quedar afuera. No importa atrás respecto de qué ni afuera de qué. La aceleración impide pensar. Lo que se logra o se tiene siempre es poco. En su lúcido ensayo titulado “Alienación y aceleración” el sociólogo alemán Hartmut Rosa señala que habitamos una época de cambio y aceleración sin para qué, sin una narrativa y un sentido para nuestras vidas, y esa carencia enferma y deprime. Es tiempo de desacelerar, dice Rosa. Solo así nuestras partes dispersas pueden reintegrarse, complementarse, instalarnos en el presente y permitirnos pensar para qué vivimos. De lo contrario la ansiedad nos devora sin remedio, por mucho ansiolítico o terapias que se consuman.
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