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Un nuevo informe de UNICEF revela las tensiones que atraviesan a chicas y chicos de 13 a 17 años en 2025: auge de las apuestas online, más violencia, más ansiedad y un mapa persistente de desigualdad que condiciona expectativas y decisiones
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Cada tanto, los informes estadísticos funcionan como espejos. No nos devuelven solo números: nos devuelven época. La Novena Ronda de la Encuesta Rápida de UNICEF, realizada en agosto de 2025, es uno de esos documentos que obliga a detenerse. Retrata qué pasa con los hogares donde viven niñas, niños y adolescentes, pero también abre una ventana singular: qué ven, qué sienten y qué temen los propios adolescentes argentinos.
Los datos muestran una paradoja inquietante. Por un lado, el país atraviesa una mejora económica que reduce la pobreza infantil respecto de 2024. Por otro, debajo de esa recuperación emergen nuevas grietas en las experiencias subjetivas: el bullying aumenta, las apuestas ilegales avanzan, la violencia escala y la ansiedad sobre el futuro laboral crece. Una mezcla de incertidumbre, sobreinformación y presión silenciosa que marca el pulso de la adolescencia actual.
Aunque la pobreza infantil bajó al 46,1% en el primer semestre del año —una caída de 21 puntos respecto de 2024— eso sigue significando que 5,5 millones de chicas y chicos viven sin cubrir necesidades básicas, y 1,2 millones en la indigencia. El impacto es directo: hogares que restringen comida, que recurren a créditos informales, que acumulan deudas y que ven cómo sus hijos adolescentes salen a trabajar o buscan empleo.
Según el informe, casi 3 de cada 10 adolescentes realiza tareas laborales y un 4% busca trabajo de manera activa. La tendencia es más marcada en hogares endeudados: cuando hay tarjetas al límite o préstamos impagables, el trabajo adolescente sube al 38%.
Este horizonte económico condiciona no solo la vida material, sino también la emocional: la pobreza aparece como **una de las principales preocupaciones** de los adolescentes. No como un concepto teórico, sino como una experiencia íntima; algo que se ve en sus casas, en sus barrios, en la mesa.
El informe registra un dato alarmante: la preocupación por la violencia creció 83% respecto de 2024. Violencia en la calle, en la escuela, en las redes. Una violencia que se multiplicó en relatos cotidianos, en discusiones públicas, en pantallas que no descansan.
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A este clima se suma un aumento abrupto del bullying: 41% de los adolescentes sufrió o presenció alguna situación. Eso representa casi un millón de chicas y chicos atravesados por formas de hostigamiento escolar.
La violencia, entonces, no es un tema que miran desde afuera. Es el paisaje en el que se mueven.
Uno de los datos más crudos del informe aparece por primera vez este año: el 40% de los adolescentes apostó online por dinero en el último mes. Más de 800 mil chicas y chicos entrando a plataformas que no deberían estar a su alcance, muchas veces a través de accesos que sortean controles o de cuentas prestadas.
El impacto no es menor. Las apuestas combinan accesibilidad total, impulsividad adolescente y algoritmos diseñados para retener. Y, además, chocan con otro dato clave: el endeudamiento creciente de los hogares, especialmente los de clase media, donde dos de cada tres familias utilizan la tarjeta de crédito para comprar comida.
Tres de cada diez adolescentes realiza tareas laborales y un 4% busca trabajo de manera activa
En contextos donde falta dinero o donde se lo vive como un problema central, apostar puede convertirse en un escape, un juego de riesgo o una ilusión de ingreso rápido. Pero también, dicen especialistas, en una puerta de entrada a problemas mayores: dependencia, angustia, sensación de fracaso, o incluso lo que algunos adolescentes describen como “no poder dejar de jugar”.
UNICEF advierte que este fenómeno, extendido en pocos años, “tiene impactos negativos tanto en el bienestar como en el desarrollo de los adolescentes”. No es un hobby: es una economía clandestina que se filtra en patios escolares y chats grupales.
Las preocupaciones por la salud mental crecieron un 49% respecto del año pasado. No es sorpresa. Los adolescentes transitan un ecosistema saturado de exigencias —académicas, estéticas, sociales— mientras conviven con deudas familiares, inflación, violencia, discursos de odio, precarización laboral y escenarios políticos cambiantes.
La discriminación, por su parte, subió 37% en el ranking de cosas que más les preocupan. Aparece vinculada a orientación sexual, identidad de género, origen social, cuerpo, discapacidad. Un termómetro de época: si algo cambió en la adolescencia reciente es la capacidad de nombrar las heridas.
El consumo de drogas, otro de los grandes miedos, aumentó 30%. Y la preocupación por el futuro laboral sigue escalando: acceder a un trabajo aparece entre los temas centrales que los inquietan.
En síntesis, lo que más preocupa a los adolescentes hoy puede resumirse en un triángulo: violencia – pobreza – salud mental.
Y alrededor de ese triángulo, orbitan las apuestas ilegales, la discriminación y el temor al futuro incierto.
La escuela sigue siendo el espacio donde los adolescentes conviven intensamente.
También es en este ámbito donde se agudizan o se visibilizan las tensiones: bullying, violencia simbólica, presiones académicas, dinámicas grupales complejas. Según el informe, 37% de los adolescentes dice que al menos un compañero sufrió bullying en su escuela, y 14% que lo sufrió en carne propia.
En un país donde casi un millón de adolescentes vive situaciones de hostigamiento escolar, la pregunta es qué herramientas existen hoy para cuidar, prevenir y acompañar. Y también qué escucha institucional se ofrece para ese malestar que crece.
Aunque los indicadores económicos muestran una mejora, la estructura sigue siendo frágil. Lo cierto es que los adolescentes crecen en esas realidades. Sus preocupaciones —violencia, pobreza, salud mental, discriminación, adicciones, apuestas— no son abstracciones: son expresiones del entorno material en el que viven.
Y aunque la recuperación económica da algo de aire, los riesgos afectivos, sociales y digitales se profundizan. La adolescencia argentina no pide solo asistencia económica: pide entornos seguros, acompañamiento emocional, escuelas que cuiden, controles más estrictos sobre apuestas online, políticas públicas que entiendan que este malestar no es moda, es dato.
Los datos de UNICEF no funcionan como sentencia, sino como advertencia. Dicen: acá está pasando algo y hay que mirarlo de frente. Que los adolescentes argentinos vivan hoy más preocupados por la violencia que por el estudio, más expuestos a las apuestas que al deporte, más atentos a la pobreza que a sus propios planes, es un síntoma social y no un problema individual.
En un país acostumbrado a hablar de generaciones “perdidas” o “amenazadas”, sería mejor empezar a hablar de generaciones que necesitan tiempo, acompañamiento, escucha y políticas robustas. Una generación que ya está diciendo lo que le pasa. La pregunta es si el mundo adulto está dispuesto a escucharlo.
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