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Balances apresurados, metas incumplidas y la sensación de no haber hecho “lo suficiente” suelen marcar el último mes del calendario. Lejos de proponer fórmulas mágicas, especialistas invitan a revisar el año con una mirada más honesta y menos punitiva: entender lo vivido, alojar la frustración y habilitar un nuevo comienzo sin exigencias heroicas
El tradicional brindis que comienza a cerrar el año /freepik
Diciembre llega todos los años con una promesa implícita: la de ordenar lo vivido. Como si el simple cambio de fecha habilitara una auditoría emocional, el último mes del calendario se convierte, para muchas personas, en un territorio incómodo. Aparecen las preguntas de rigor —qué hice, qué no, hasta dónde llegué— y, con ellas, una sensación persistente de deuda personal. El año parece quedar siempre corto frente a las expectativas.
La psicóloga clínica Nataly Martinelli, una voz autorizada con presencia internacional, observa que este malestar no nace tanto de los hechos concretos como de la perspectiva desde la que se los revisa. “Cuando usamos la vara de la expectativa, la experiencia real siempre parece menor de lo que es”, explica a EL DIA. El balance de fin de año suele hacerse desde un ideal imaginario: una versión de nosotros mismos que habría sido más constante, más productiva, más lúcida. Frente a esa figura perfecta —que nunca falla—, la vida real, hecha de pausas, desvíos y vulnerabilidades, sale inevitablemente perdiendo.
En ese ejercicio comparativo se produce una trampa silenciosa: no evaluamos quiénes fuimos, sino quiénes creemos que deberíamos haber sido. Y esa diferencia vuelve la autoevaluación dura, poco compasiva, muchas veces paralizante. El juicio no pesa porque hicimos poco, sino porque la comparación es injusta desde el inicio. “Ningún recorrido verdadero puede competir con un ideal que no existe”, señala Martinelli.
Otro de los rasgos del balance de diciembre es la invisibilización de aquello que realmente transforma. La mayor parte de los cambios internos no deja marcas evidentes: no se traduce en logros medibles ni en resultados exhibibles. Sin embargo, son esos movimientos silenciosos los que muchas veces definen la calidad de un año vivido. Sostener una emoción difícil, atravesar una pérdida, aprender a poner un límite, reorganizar prioridades sin testigos: todo eso también es crecimiento, aunque no figure en ninguna lista.
El problema es que, al no poder cuantificarse, suele quedar fuera del balance. “Crecemos en momentos que nadie vio”, afirma la especialista. Y al ignorarlos, reforzamos la idea de que el año fue insuficiente. Cambiar la forma de mirar implica, entonces, modificar la lente y no el contenido de la vida. No se trata de forzar una evaluación optimista, sino una evaluación verdadera.
Cerrar un ciclo anual, en este sentido, no exige que todo esté resuelto. Exige algo más modesto y, a la vez, más complejo: permitir que la experiencia ocupe su lugar, sin pedirle más de lo que pudo dar. Un año se cierra cuando podemos reconocer cómo nos transformó, incluso —o sobre todo— cuando no salió como imaginábamos. Ese reconocimiento abre un espacio distinto para lo que viene, menos cargado de exigencias imposibles.
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Si diciembre resulta emocionalmente intenso, enero tampoco se queda atrás. El comienzo de un nuevo año suele traer entusiasmo, pero también ansiedad. Desde la psicología, esto se explica porque las transiciones de calendario funcionan como verdaderos hitos simbólicos. No son solo cambios de fecha: concentran, en un mismo momento, la despedida de lo que ya no vuelve, la proyección de lo que aún no existe y la incertidumbre que se abre entre un punto y otro.
La mente humana reacciona con fuerza frente a los umbrales. Cada cambio de año nos enfrenta a versiones pasadas de nosotros mismos y a la posibilidad —real o fantaseada— de convertirnos en alguien distinto. A eso se suma una narrativa cultural poderosa, que instala la idea del nuevo año como promesa de cambio. Aunque cada persona tenga su propio ritmo, esa expectativa colectiva atraviesa y condiciona.
Hay, además, un factor inevitable: la conciencia del tiempo. El calendario no solo marca comienzos, también señala finales. Cada enero recuerda que algo terminó y no regresa. Esa percepción de impermanencia moviliza deseos, pero también expone fragilidades que preferimos no mirar. Por eso no es extraño que entusiasmo y ansiedad convivan. Lejos de ser un error, esa mezcla habla de la complejidad del momento.
Reconocer esta carga simbólica permite correr la idea de examen o prueba personal. La transición deja de ser una instancia para demostrar algo y se convierte en un espacio más humano: un punto de pasaje donde lo vivido puede ser alojado sin dramatismo y lo que viene puede pensarse sin urgencias.
El fin de año también intensifica frustraciones. Metas incumplidas, pérdidas, proyectos que no avanzaron, vínculos que no resultaron como se esperaba. Al revisar el tiempo transcurrido, aquello que faltó suele ocupar más espacio que lo que sí se transformó. La falta se vuelve visible, casi tangible.
Para Martinelli, acoger esa frustración con madurez emocional implica un cambio de posición. La falta no es un vacío que deba llenarse de inmediato, sino un dato de la experiencia humana. “La falta señala nuestros deseos, nuestras necesidades, aquello que tiene sentido para nosotros”, explica. Cuando se la niega, pesa; cuando se la escucha, orienta.
Ese gesto de escucha transforma la frustración en una fuente de información valiosa. Permite preguntarse qué revela eso que no ocurrió, qué estaba en juego, qué parte de la vida pedía cuidado o tiempo. En ese diálogo interno, la frustración deja de ser solo un malestar y pasa a funcionar como brújula. No mide el valor personal, sino que ofrece pistas sobre límites, ritmos y direcciones posibles.
La madurez emocional no consiste en eliminar la falta —algo imposible—, sino en atravesarla sin convertirla en identidad. Cuando eso sucede, el balance de fin de año deja de ser un inventario de errores y se vuelve una oportunidad de comprensión. Lo que no estuvo puede doler, pero también puede señalar lo que importa de verdad.
Las transiciones de calendario no son solo cambios de fecha: concentran la despedida, la proyección y la incertidumbre
La mayor parte de los cambios internos no deja marcas evidentes: no se traduce en logros medibles ni en resultados exhibibles
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