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Jorge Bergoglio durante su última misa en la Catedral metropolitana
La designación de Jorge Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires en 1998, se produjo en circunstancias muy especiales, en el devenir de la historia de la Iglesia católica. Hacía años que la curia romana sufría de un creciente desprestigio en las iglesias de todo el mundo. El entonces papa Juan Pablo II, fue elegido en 1978 porque de alguna manera contenía a un sector de los cardenales conservadores en todo lo referido al dogma moral, pero a la vez era un avanzado en materia social, con lo cual reunía el apoyo del otro grupo importante de cardenales. Por supuesto que condenaba el aborto, la eutanasia, el uso de métodos anticonceptivos y la clonación humana entre otras cosas, aunque paralelamente pidió perdón públicamente por los daños causados por los cristianos a lo largo de los siglos. Había surgido como figura dominante apoyando a líderes sindicales que contribuyeron a la caída del régimen comunista en Polonia. Condenaba la globalización y hasta llego a pedirles a los países ricos que perdonaran las deudas externas de los países en desarrollo, sin dejar por eso de oponerse a la llamada “teología de la liberación”, surgida en Latinoamérica.
Desde 1522 no se había designado un pontífice que no fuera italiano, y que además deseara renovar a la curia romana, y este fue designado Papa en 1978, y se pensó que era un pontífice de transición sin siquiera imaginar que se desempeñaría 26 años y 168 días, durante los cuales promovió en lo que le fue posible una renovación y apertura de la Iglesia. Entre las designaciones que decidió, debe mencionarse la de Monseñor Antonio Quarracino en 1985 y en 1990 como arzobispo de la ciudad de Buenos Aires con el agregado de primado de la Argentina. También fue presidente del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) del que había sido secretario general desde 1978. Seguramente con el apoyo del Vaticano por sus posiciones de avanzada social, aunque enfrentado con el movimiento tercermundista de sacerdotes católicos.
Es posible que por sus coincidencias en muchos aspectos con Juan Pablo II, su voz tuviera algún peso en el Vaticano, donde el Papa no habría logrado todavía despojar de su poder a la curia romana, gran parte de la cual estaba envuelta en escándalos financieros. Con ese bagaje propuso a Jorge Mario Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires en 1998, pero encontró resistencias de factores que influían. Entre los opositores a quien luego sería Francisco debe contarse al cardenal Angelo Sodano, a quien quizás para apaciguar a los conservadores de Roma que pudieron haber estado realizando una oposición silenciosa pero total, Juan Pablo II designó como secretario de Estado de la Santa Sede y luego como decano del Colegio Cardenalicio, cargo que significa presidir un cónclave en el que se elige el próximo Papa.
El cardenal Quarracino debió enfrentar también al gobierno argentino que envió un ministro al Vaticano para expresar que Bergoglio no reunía las mejores condiciones para ese cargo, y un laico, Francisco Trusso, que además de desempeñarse como embajador argentino en el Vaticano, desde 1980 trabajó para la Santa Sede, y en los ´90 llegó a ser uno de los traductores personales del Papa.
Pocos años antes sucedieron escándalos como el del Banco Ambrosiano, que quebró en 1982, cuando tenía importantes relaciones financieras con el Instituto para las Obras de Religión (IOR) también conocido como el Banco Vaticano. Entre otras cosas el mencionado banco no pudo explicar nada menos que la procedencia de 1.287 millones de dólares. El presidente de dicho banco, Roberto Calvi, que era apodado “el banquero de Dios” se murió en circunstancias nunca aclaradas en 1982. Calvi, participaba también de la logia Propaganda Due (P2), que durante la dictadura militar argentina tuvo una gran influencia. También se vinculaba con este grupo a integrantes del Opus Dei. En Roma cuando se estrenó la película El Padrino 2, se sostenía que el personaje del sacerdote al que vinculaba con los Corleone se lo identificaba con Calvi.
Juan Pablo II evitaba siquiera la posibilidad de un rompimiento y actuaba con suma prudencia al enfrentar a esos grupos que además de poder económico ocupaban posiciones de poder en la curia y con estrechas vinculaciones con políticos de Italia y algunos países del sur de América, y muy especialmente en Argentina. Los observadores, citados muchas veces como expertos en las cuestiones internas de la Iglesia sostenían que, en esencia, el Opus Dei y los jesuitas eran los que se enfrentaban en verdaderas silenciosas batallas, y que estos últimos en definitiva contaban con la simpatía, al menos, del Papa.
Bergoglio, además de ser propuesto por Quarracino, a quien se identificaba con el ala progresista en lo social, era jesuita.
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