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Investigaciones señalan que quienes las dejan, recuperan el peso hasta cuatro veces más rápido que quienes lo reducen con dietas tradicionales. Qué ocurre en el organismo, cuáles son los efectos secundarios y por qué llaman a la cautela
Pexels
Las inyecciones para adelgazar se convirtieron en uno de los fenómenos de salud más comentados de los últimos años. Prometen lo que durante décadas pareció imposible: perder peso de manera rápida, sostenida y sin el desgaste emocional de las dietas estrictas. Sin embargo, detrás del entusiasmo inicial empiezan a aparecer datos que obligan a mirar el método con mayor prudencia. La pregunta ya no es solo cuánto peso se pierde, sino qué pasa cuando se deja el tratamiento.
Una serie de estudios publicados recientemente en una prestigiosa revista médica internacional analizó los efectos de estas inyecciones en comparación con dietas convencionales y otros medicamentos para adelgazar. La conclusión fue clara: si bien los resultados iniciales son más contundentes, el rebote posterior también lo es. En promedio, quienes suspenden las inyecciones recuperan peso a un ritmo cuatro veces mayor que quienes abandonan una dieta tradicional.
Los datos muestran que las personas con sobrepeso pueden llegar a perder alrededor del 20% de su peso corporal con este tipo de tratamientos. El problema aparece después. Una vez interrumpidas las inyecciones, el organismo comienza a recuperar cerca de 800 gramos por mes. En poco más de un año, muchas personas vuelven al punto de partida. En cambio, quienes adelgazan con dietas suelen perder menos kilos, pero los recuperan de forma más lenta y progresiva.
Para los investigadores, el mensaje es claro: no se trata de una solución mágica ni definitiva. Quienes inician el tratamiento deberían saber que el riesgo de recuperar peso rápidamente existe y es alto si no se acompaña con cambios sostenidos en el estilo de vida.
Muchas personas que dejaron las inyecciones describen una experiencia similar: el hambre reaparece de golpe, intensa, difícil de controlar. Algunos lo comparan con un “interruptor” que se enciende de manera abrupta. Tras semanas o meses de apetito reducido, el cuerpo parece reclamar todo lo que estuvo contenido.
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Cuando cesan las inyecciones, el organismo recupera cerca de 800 gramos por mes
La explicación está en el modo en que estos medicamentos actúan. Las inyecciones imitan una hormona llamada GLP-1, que regula el apetito y la sensación de saciedad. Al recibir dosis artificialmente elevadas durante períodos prolongados, el organismo puede disminuir su producción natural de esta hormona o volverse menos sensible a sus efectos.
Mientras el medicamento está presente, el apetito permanece bajo control. Pero cuando se suspende, ese equilibrio se rompe. El cuerpo queda sin el “freno” artificial y el deseo de comer se intensifica, aumentando el riesgo de excesos y de una rápida recuperación de peso. Dejar el tratamiento de manera abrupta suele ser, en ese sentido, un desafío considerable.
Este efecto se agrava cuando las inyecciones fueron el único recurso utilizado para bajar de peso. Si no hubo cambios reales en la alimentación, la actividad física o los hábitos cotidianos, el rebote se vuelve casi inevitable.
Aunque las inyecciones demostraron ser eficaces para muchas personas que no lograban adelgazar con otros métodos, los organismos de salud advierten que no están pensadas para un uso estético ni ocasional. Su indicación principal es para personas con obesidad y riesgos asociados, siempre bajo control médico.
Algunos especialistas incluso plantean que, para ciertos pacientes, el tratamiento debería sostenerse a largo plazo, justamente para evitar la recaída. Esto abre un debate complejo: ¿hasta qué punto una herramienta médica se convierte en una dependencia permanente?
El uso de estas inyecciones creció de manera exponencial en el último año, especialmente entre mujeres y personas de mediana edad. Además del descenso de peso, algunos expertos señalan posibles beneficios adicionales: reducir la carga sobre las articulaciones, mejorar la salud cardiovascular o disminuir el daño en órganos como el corazón y los riñones, incluso si el tratamiento se mantiene solo durante algunos años.
Sin embargo, los propios investigadores advierten que todavía faltan estudios amplios y de largo plazo para confirmar estos efectos y evaluar las consecuencias reales del uso prolongado.
Por ahora, el consenso médico apunta a una idea central: las inyecciones pueden ser una herramienta útil, pero no reemplazan los cambios de fondo. Alimentación equilibrada, actividad física y seguimiento profesional siguen siendo pilares irremplazables. Sin ellos, el cuerpo, tarde o temprano, pide revancha.
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