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Durante años fue leído como una rareza. Hoy es una práctica cultural consolidada, que cruza generaciones, oficios y barrios. En La Plata crece en plazas, eventos y hospitales, entre prejuicios, trabajo artesanal, desafíos económicos y una fuerte vocación solidaria. Historias de quienes hacen del disfraz una forma de identidad
Juliana, como Abbey Bominable de Monster High / @birri.bas
Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com
En la cama de un hospital, un nene deja de mirar el suero cuando escucha una respiración mecánica. No lo asusta, al contrario. Darth Vader aparece en la puerta, avanza despacio, se inclina y rompe el protocolo con un saludo inesperado. Afuera, en la calle, la ciudad sigue igual. Adentro, algo cambia.
La escena no tiene día ni horario fijo. Puede darse en un hospital, en una plaza, en el Bosque, en un centro cultural o en el hall de algún evento. De pronto hay capas, armaduras, pelucas de colores imposibles, maquillaje preciso y poses ensayadas. Alrededor, termos, mochilas abiertas y celulares atentos. La ciudad de La Plata cambia de registro por un rato. No es carnaval ni teatro callejero: es cosplay.
La palabra combina “costume” (disfraz) y “play” (jugar, interpretar). Quienes lo practican se visten y actúan como personajes de ficción -del animé, el manga, los videojuegos, el cine, las series o hasta libros- y buscan, en muchos casos, una réplica fiel. No alcanza con ponerse el traje: hay que habitar el gesto, la postura, la personalidad. “Buscar la réplica perfecta al extremo”, lo define Javier Batic, actor, cosplayer y organizador de eventos. “Un disfraz puede ser cualquier cosa. El cosplay tiene otra intensidad”.
Algunas versiones sitúan el origen del término en 1984, cuando el japonés Nobuyuki Takahashi lo popularizó tras la Worldcon de Los Ángeles. Otras lo ubican un año antes, en la revista My Anime. El dato histórico circula entre quienes integran la comunidad, pero funciona más como mito de origen que como fecha exacta. Lo que importa es lo que vino después: un fenómeno que creció, se globalizó y llegó a la Argentina con una impronta propia, atravesada por crisis económicas, ingenio y autogestión.
En La Plata, ciudad universitaria y de fuerte vida cultural, el cosplay encontró terreno fértil. Se nutre del teatro, las artes visuales, la costura, el maquillaje, el diseño y la fotografía. Y también de redes informales: amistades que se recomiendan proveedores, tutoriales que se miran de madrugada, ferias donde se consiguen materiales imposibles. “Todo es aprendizaje constante”, dicen quienes lo practican.
Katya tiene 38 años, vive en Villa Elisa y hace cosplay desde 2016. Reconoce que al principio miraba ese mundo con desconfianza. “Tenía una especie de prejuicio, el mismo que tiene la mayoría de la gente que no conoce el ambiente: que sos inmaduro, o que tenés cosas irresueltas”, admite. Su puerta de entrada fueron los eventos. Y también una historia personal marcada por el bullying y el miedo a la exposición. “Yo tenía terror de mostrarme. Caracterizar personajes me ayudó a abrirme. Empezó a acercarse gente a pedirme fotos. Fue hermoso”.
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Con el tiempo, descubrió que no hay una sola forma de habitar el cosplay. “Hay personas que solo se visten y caracterizan personajes, otras que participan de concursos muy importantes, y otras que lo hacen para divertirse entre amigos”. Dentro de ese universo, explica, también se diferencian roles: cosmakers y cosplayers. “Quienes hacen todo solos son personas que desarrollaron muchas habilidades a lo largo del tiempo. Requiere conocimientos de costura, vestuarismo, maquillaje, telas e interpretación. Es la fusión de muchas disciplinas”.
Katya llegó a hacer sus propios trajes, algunos extremadamente complejos. “Lo más complicado fue una armadura de Caballeros del Zodíaco. No lo hice sola, había mucha gente atrás”. Hoy suele encargar la base del traje a una cosmaker de confianza y completar el resto con armas, pelucas y accesorios conseguidos a través de una búsqueda minuciosa. “No es que encontrás el traje completo en un lugar. Todo es por separado, para que sea lo más específico posible”.
Para ella, el motor no es solo estético. “Los primeros personajes los elegí porque eran fáciles, con ropa más casual. Después fui evolucionando. También hay mucha nostalgia. De chica veía Dragon Ball y quise representar algo que me había quedado pendiente. Siempre trato de mejorar los detalles”. El traje que más tiempo le demandó fue la armadura de Atenea, realizada durante la pandemia. “Nunca pensé que iba a llegar a usar algo así. Empecé con materiales de librería porque no podíamos salir. Tardé dos años. Fue el que más dinero y esfuerzo me llevó”.
Javier Batic es técnico laboratorista desde hace casi tres décadas, pero hace del cosplay una forma de vida. Vinculado al teatro desde los ocho años, marca una diferencia clara entre disfrazarse y hacer cosplay. “Tratamos de buscar la réplica perfecta al extremo. Eso se ve mucho en los concursos, en el grado de performance que se le pone”. Desde hace años integra Estudio Geek, un grupo que organiza eventos masivos en La Plata y sostiene una escena que creció con fuerza desde 2021.
Su vínculo con el universo Star Wars marcó un antes y un después. Primero fue Darth Vader, con el que incluso cumplió una promesa personal: ir vestido al vacunatorio contra el Covid. “Tenía miedo al ridículo, pero médicas y enfermeras me dijeron que había sido una buena idea”. Después llegó el sueño cumplido: convertirse en Stormtrooper TK, con un traje homologado por la Legión 501st Garrison Argentina. “Tenemos moldes, moldería y características exactas. Quien quiere un traje se somete a un casting de fotos. Y después, trabajo solidario”.
Con esos personajes -y otros como El Mandalorian (que presentará en los próximos días), zombies, Batman o figuras creadas por él- Javier visita hospitales, participa en eventos y acompaña causas sociales. En el Hospital Gutiérrez fue nombrado padrino en su rol de Darth Vader. “En los hospitales se juega otra cosa. A veces voy al baño a llorar. Ves a tus propios hijos en esos pacientes. ¿Cómo no vas a estar con un traje dando alegría?”.
No idealiza el ambiente. Habla de costos altos, de mantenimiento permanente y de prejuicios. “Hemos sido centro de bullying, de insultos, de envidia. Como pasaba con el teatro”. También cuestiona la lógica de las redes. “Hoy muchos buscan likes y fama, no la calidad de la performance. Es una lástima”. Por eso insiste en una consigna básica: “Ser cosplayer no es consentimiento”. Pide respeto al cuerpo y al trabajo ajeno. “Van a sacar fotos, te agarran, te tironean. Hay armas anime que llevan cuatro meses de confección y se rompen en un segundo”.
Juliana Llorca tiene 29 años y hace cosplay desde los 14. “Desde muy chica me gustó disfrazarme. Mi abuela me hacía trajes”, recuerda. El clic llegó en la adolescencia, cuando encontró una revista juvenil que hablaba de tribus urbanas y mostraba cosplay en el Jardín Japonés. “Me iluminó”. Empezó con lo que tenía a mano: ropa de casa, pelucas de cotillón, ayuda de amigas.
Hoy interpreta personajes de animé, series, videojuegos, películas o libros. “Si me siento identificada, lo hago”. Usa algunos más que otros -como Xayah o Ekko, de League of Legends- y también elige según el clima y la comodidad. “No es solo verse bien, es poder sostener el traje durante horas”.
Para Juliana, el cosplay es un arte colectivo. “Hacemos nuestros propios trajes, armas de utilería, maquillaje. Las pelucas muchas veces las armamos mechón por mechón con extensiones que compramos en el Once”. Además de cosplayer, es maquilladora y cosmetóloga. Trabaja en eventos, coordina áreas cosplay, arma concursos y reglamentos. “Es un hobby para momentos específicos, pero para algunos es un trabajo. En general somos personas comunes, con trabajos comunes”.
La movida local, asegura, está resurgiendo. “Es genial, porque si no tenemos que viajar siempre a CABA”. Eventos como La Plata Comic, Taikai, Shibacon, Neon Tokyo o Estudio Geek consolidan una escena propia y diversa, donde conviven adolescentes, adultos y familias.
En La Plata, además, el cosplay encontró un costado solidario. Desde hace años se organizan acciones para ayudar a comedores y hogares, visitas a hospitales y eventos a beneficio. El disfraz, en ese contexto, deja de ser solo representación y se vuelve herramienta. “El impacto positivo tiene que ver con que estos personajes fueron parte de nuestras vidas”, dice Javier. “Ver cómo te ven es muy fuerte”.
Quizás por eso el cosplay resiste prejuicios. Porque detrás del traje hay oficio, tiempo, dinero y comunidad. Porque ponerse otro cuerpo por un rato puede ser, también, una forma de volver al propio.
Javier Batic como Stormtrooper TK / @JAVIERBATIC
El Darth Vader platense
Javier Batic
Katya / @katyalaplata
Juliana, como Ekko - Arcane (league of legends) / @Birribast
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