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Sin viajes, sin oficinas y con horarios que se negocian todos los días, el trabajo remoto reorganizó rutinas, vínculos y tiempos personales. Tres testimonios que cuentan qué se gana y qué se pierde cuando la oficina queda del otro lado de la pantalla
El trabajo desde casa -o el famoso “home office”- dejó de ser una excepción. Acelerado por la pandemia y consolidado en los años posteriores, se volvió una modalidad estable para miles de trabajadores de distintos sectores. En esta nota, tres testimonios de vecinos de la Ciudad que algunos días -o todos- trabajan desde el hogar.
Redacción de contenidos, desarrollo de software, gestión de campañas publicitarias: tareas que antes exigían presencia física hoy se realizan desde livings, cocinas o rincones improvisados, con una computadora como único requisito indispensable.
La promesa es conocida: menos tiempo perdido en traslados, mayor autonomía, horarios más flexibles y una mejor conciliación entre la vida laboral y personal. En la práctica, el panorama es más complejo. El trabajo remoto elimina el viaje, pero muchas veces también borra los límites. La jornada no siempre empieza ni termina a una hora clara. El almuerzo se posterga, las pausas se negocian y el cierre del día depende más de la voluntad que de una señal externa.
Para quienes trabajan desde casa, la organización del tiempo se vuelve una responsabilidad individual. No hay fichadas ni timbres. Hay objetivos, entregas, mensajes que llegan por distintos canales y una disponibilidad constante que puede extender la jornada más allá de lo previsto. En ese esquema, aprender a cortar se vuelve tan importante como cumplir con el trabajo.
También cambian los vínculos. La virtualidad agiliza procesos, pero empobrece el intercambio cotidiano. Los mates, las charlas informales y los lazos que se construyen en la oficina quedan reducidos a mensajes, mails o reuniones puntuales. Para algunos, eso no es un problema; para otros, es una de las principales pérdidas del trabajo remoto.
El espacio físico es otro factor clave. No todos cuentan con una oficina en casa. Muchos trabajan desde la mesa de la cocina, el living o un dormitorio compartido. Separar el trabajo del descanso se vuelve una tarea concreta, no simbólica. Cambiar de ambiente, salir a caminar o ir al gimnasio pasa a cumplir la función que antes tenía el viaje de vuelta a casa.
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Las siguientes historias muestran cómo se vive el home office desde adentro. Tres trabajadores de distintos rubros cuentan cómo organizan sus días, qué valoran de esta modalidad y cuáles son sus límites. No idealizan ni demonizan el trabajo remoto: describen una forma de trabajar que llegó para quedarse, con beneficios claros y costos que no siempre se ven, pero se sienten todos los días.

Luciano Pennachionni trabaja en desarrollo de software. Desde hace casi cuatro años trabaja de manera remota: los primeros dos en modalidad híbrida y los últimos dos completamente desde su casa. Actualmente se desempeña en una fintech vinculada a una billetera cripto. “En tecnología nos encargamos de desarrollar nuevas funcionalidades, solucionar bugs y dar soporte a otras áreas”, resume.
En su empresa no tiene un horario fijo, sino objetivos. En promedio trabaja entre ocho y nueve horas diarias. Suele organizarse de nueve de la mañana a seis o siete de la tarde, con un corte para almorzar. “Prefiero organizarme así porque me gusta cortar y saber cuándo termino”, explica. Cuando no hay horarios claros, siente que el trabajo no se cierra nunca.
Al principio le costó poner límites. “Cuando sos nuevo sentís que tenés que demostrar todo el tiempo”, dice. Llegó a trabajar más de doce horas por día, lo que le generó ansiedad y problemas de salud. Con el tiempo aprendió a regular los horarios, aunque admite que todavía le cuesta frenar cuando los objetivos son urgentes o complejos.
Uno de los cambios más importantes fue separar los espacios. Antes trabajaba en su habitación. “Fue un error”, reconoce. Hoy tiene un rincón del living destinado exclusivamente al trabajo y, cuando termina la jornada, no vuelve a usarlo.
Para Luciano, la mayor diferencia entre el trabajo presencial y el remoto es el tiempo de viaje. Vive en La Plata y las oficinas estaban en Capital. “Cada vez que iba perdía cuatro horas del día”, señala. Ese tiempo hoy lo usa para descansar o entrenar. También destaca la concentración: “En la oficina me distraigo mucho; en casa logro los niveles de foco que necesito”.
Su día arranca entre las ocho y las nueve. Desayuna tranquilo y empieza a trabajar. Intenta usar la técnica pomodoro, hace pausas para el mate y corta una hora al mediodía. A la tarde trabaja hasta las seis o siete y, si puede, termina para ir al gimnasio. “A las siete corto”, dice, como una regla.
Reconoce que el home office tiene un punto en contra: a veces cuesta frenar y el trabajo se extiende hasta la noche. Aun así, su balance es claro. “Trabajar desde casa es de las mejores cosas que me pasaron”, afirma. No volvería a una oficina, salvo necesidad. En su empresa se juntan una vez por mes para verse, y eso le resulta suficiente.

Gonzalo Díaz gestiona campañas publicitarias para distintos clientes. Tiene un trabajo fijo en un estudio de marketing, donde se trabaja por objetivos, y además suma clientes propios. Aunque no tiene un horario impuesto, se organiza entre las nueve y las cinco. “Lo hago para marcar un límite entre el trabajo y la vida personal”, explica.
Trabaja home office desde hace casi dos años. Valora la flexibilidad que le da esta modalidad. “Si tengo que ir a un turno médico o hacer un trámite, lo hago y después me reorganizo”, dice. Intenta no pasar de ocho o nueve horas diarias.
Su rutina es directa. Se levanta alrededor de las ocho y media, desayuna y prende la computadora. Generalmente trabaja en el living, aunque también tiene un escritorio en la habitación. Vive solo, pero está en pareja, y cuando su novia está en casa se organizan para compartir los espacios.
Durante el día corta para almorzar, hacer mandados o descansar, según la carga de trabajo. Cerca de las cuatro o cinco evalúa cómo viene la jornada. “Si ya está todo encaminado, corto; si no, sigo un rato más”, cuenta. En promedio termina alrededor de las cinco.
Para Gonzalo, trabajar desde casa es una ventaja clara. “No perdés tiempo en traslados y sos más productivo”, resume. Reconoce que estar siempre en el mismo espacio puede resultar pesado, pero en su caso la comodidad pesa más.
La principal diferencia con el trabajo presencial vuelve a ser el viaje. “Ese tiempo, en el home office, lo aprovechás para tu vida personal”, dice. Prefiere claramente esta modalidad, aunque no descarta un esquema híbrido con algún día presencial para reunirse con el equipo y mantener el contacto.

Sofía Vertúa trabaja como redactora de campañas digitales para una institución oficial. Escribe piezas que se comunican de manera masiva a los vecinos: mails, banners, textos para piezas gráficas en vía pública y guiones para videos. Según cada campaña, desarrolla los contenidos y adapta los mensajes al formato y al canal. “Yo me encargo específicamente de la redacción y, de acuerdo a cada campaña, desarrollo los textos correspondientes”, explica.
Tiene un horario fijo, de diez de la mañana a seis de la tarde, y trata de respetarlo. Además de su trabajo formal, realiza campañas freelance para otros clientes, como organizaciones sociales. Esa doble modalidad la obliga a organizar con cuidado sus tiempos. “Me pongo límites claros porque si no el trabajo se te mete en todo”, dice. Cuando tiene entregas con fecha, intenta adelantar tareas, sobre todo por la mañana y en los días de home office.
El almuerzo suele desordenarse. En la oficina es más fácil porque el horario es compartido; en casa, no tanto. “Muchas veces digo ‘termino esto y después almuerzo’ y termino comiendo a cualquier hora”, cuenta. Para compensar las horas sentada, hace pausas breves: descansa, medita o realiza ejercicios para la espalda, el cuello y los hombros.
Intenta no arrancar el día prendiendo la computadora de inmediato, aunque no siempre lo logra. Este año incorporó natación una vez por semana por la mañana. “Está buenísimo porque siento que tuve una vida antes de empezar a trabajar”, señala. Para ella, abrir los ojos y prender la computadora sin transición “te mete en un bucle permanente de trabajo”.
El home office implica una mezcla constante entre lo laboral y lo doméstico. Aprovecha pequeños huecos para preparar un mate u ordenar la casa, sin dejar de estar atenta a las notificaciones. El mayor problema aparece al final del día. “Cuando me quedo trabajando un poco más, después no sé bien qué hacer”, dice. Por eso intenta salir cuando termina: caminar, ir al gimnasio o ver gente.
Marca una diferencia clara entre el trabajo remoto y el presencial en el vínculo con los compañeros. De manera virtual, la comunicación es más formal y distante. “Casi todo es por mensajes o mails, y eso dificulta crear lazos”, explica. En la oficina aparecen los intercambios informales, los mates y los almuerzos compartidos, algo que valora.
Del home office destaca el manejo del tiempo. “Termino a las seis y a las seis y media puedo estar en una plaza tomando mate”, dice. En los días presenciales, en cambio, llega a su casa cerca de las ocho de la noche. Mantener ese ritmo todos los días no le resulta viable.
Vive con su pareja, que trabaja de manera presencial. Tiene un estudio armado, pero lo usa poco por falta de luz. Prefiere trabajar en la cocina. El estudio queda reservado para reuniones. Trabaja de manera remota desde hace ocho años. Hoy tiene un esquema híbrido -tres días presenciales y dos remotos- que considera el más equilibrado. “No volvería a la presencialidad completa”, asegura.
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