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Publican un libro póstumo del escritor y editor citybellense José María Pallaoro. El poder de la literatura trasciende a la vida de los autores. Algunos casos resonantes en la historia
Pallaoro, dibujado por su mujer, la pintora Elena Núñez / web
Marcelo Ortale
Marcelo Ortale
Los poetas no mueren. O en todo caso, renacen. Es una facultad natural, congénita, propia de la mayoría de los artistas. De bajo perfil en sus vidas, viven enclaustrados en sus casas anclados a sus escritorios, concentrados en sus bibliotecas o en sus talleres de plástica. Salvo excepciones siempre pintorescas, muy pocos llegaron a ser figuras conocidas por la sociedad y sobran, en cambio, ejemplos de quienes existieron alejados de toda figuración -sin hacer sonar ruidosos bombos y platillos propios- y que luego fueron rescatados por los lectores, por la posteridad y la memoria de las generaciones.
Acaso algunos de ellos sólo vivieron el siempre disminuido aplauso de una presentación de sus libros, de la apertura de una exposición. Y pudieron leer una nota crítica en los diarios sobre sus obras. Sólo eso, un protagonismo fugaz y después, el mismo día acaso, la vuelta al trabajo agónico de la creación, la batalla anónima con ellos mismos tratando de pulir sus estilos. Y morir un día, saciados de corregirse.
Pero después empezará un proceso de renacimiento de sus obras. Después de haberse ido modestos de este mundo, la memoria humana que explora los encontrará y les dará el reconocimiento.
A muchos grandes escritores y artistas este proceso les demandó años, décadas y hasta siglos de espera. En el mundo sobran casos y en nuestro país, por sólo nombrar dos, puede mencionarse los de Macedonio Fernández, reconocido por un gran público luego de muerto, y de Juan Filloy que le llegó algo de repercusión cuando ya cumplía sus empinados cien años de edad.
En realidad, ese fenómeno no se trata de un reconocimiento de méritos creativos sino de un saludo tal vez tardío de la humanidad, a quien el autor fallecido la pudo representar en sus obras.
El infaltable Borges al prologar Hojas de Hierba del potente poeta estadounidense Walt Whitman de algún modo lo despersonalizó, lo convirtió en todos: “Whitman es la modesta persona que fue desde 1819 hasta 1892 y el que hubiera querido ser y no acabó de ser. Y también fue cada uno de nosotros y de quienes poblarán el planeta”.
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Algo similar encontró Eloy Martínez en Whitman, al que define como una suerte de constructor o descubridor de un yo colectivo, impersonal y triunfante, como al hombre innumerable que cantó por la especie humana y la libertad.
Y este es el caso existencial de José María Pallaoro (1959-2024), poeta y editor nacido y muerto en City Bell, cuyo libro póstumo -Humo (Libro de la Talita Dorada, 2026)- será presentado en La Plata en fecha a determinar y en Trieste, traducido al italiano, el 13 de mayo próximo en un acto organizado por la Universidad de esa ciudad italiana. Con posterioridad el libro será vuelto a presentar en la embajada argentina en Roma y en ambos actos estará su mujer.
El libro Humo se trata de una obra de 113 páginas, integrado por poemas y prosas. En uno de sus ensayos allí publicados escribió Pallaoro: “Una primavera abandoné en el río de los ojos de la mujer de mis sueños una botella llena de palabras. Deseo creer que sigue flotando en aguas dulces, que aún no llegó a la orilla de su corazón. ¿Cuántas primaveras más esperaré? ¿Cuántos otoños? ¿Cuántos silencios?”
Eso es. Náufragos en la realidad, desatendidos, los poetas escriben lanzando botellas al mar. Algunas de ellas no llegarán a ninguna orilla, pero otras sí lo harán y la humanidad abrirá esos mensajes.
La casa de Pallaoro en City Bell es como una selva ordenada. Allí crecen y se acarician con el viento árboles y arbustos –espinillos, un sauce despeinado, talas, frutillas, magnolias, rosales, hortensias-. Allí pasaron centenares de amigos y miles de libros, allí aprendió a querer a sus maestros o poetas muertos, como Roberto Themis Speroni, Octavio Prenz a quien le dedica un artículo en su libro, Luis Pazos, Mario Porro y Gabriel Báñez.
No se trata de un reconocimiento de méritos creativos sino de un saludo tal vez tardío de la humanidad
El libro editado ahora está precedido por un texto de Julián Axat. Se trata de una completa reseña biográfica y de una radiografía literaria de Pallaoro que antecede al libro Humo.
Allí en su pintoresca casa de City Bell vivió tantos años Pallaoro con su compañera de vida, Elena Núñez, arquitecta y pintora, que decidió reactivar la editorial de Pallaoro –la Talita Dorada- que en las últimas décadas editó los libros de más de 50 poetas y prosistas. “La Talita Dorada es un nombre que le vino a José María de una plantita pequeña de un tala que había en su casa paterna. Y con ese nombre creó una editorial que ahora, con amigos, volveremos a activar”, dice Núñez.
El libro póstumo “Humo” será presentado en La Plata y también en Italia
La casa-dormitorio es lo más parecido a un museo. Libros, jarrones, muchos sillones de pana roja y ese casco tiene a su costado otra dependencia, la biblioteca en la que Pallaoro pasó tantos días y horas dialogando con él mismo, con los amigos que iban a tomar mate y hablar de lo que se quisiera hablar. Hay además una pérgola blanca que pronto será vidriada y se convertirá en atelier, galería o taller de Núñez, Ella dibujó un retrato de José María, más fiel y entrañable que una foto.
Pallaoro padeció la dictadura militar 76/83 y no dejó de escribir incendios contra ella, pero su estilo jamás se volvió panfletario, Siempre mantuvo un tono ensimismado y un irreductible lirismo, aún a la hora de proferir dicterios. En la introducción al libro Humo, dice Julián Axat: “La poesía de José María Pallaoro es una búsqueda de lo esencial. Sus versos breves, respirados, contienen un minimalismo que no excluye emoción. Son poemas donde cada palabra parece colocada con pinzas, donde la elipsis tiene tanto peso como el sonido”.
En su esforzada trayectoria, Pallaoro escribió una decena de libros y centenares de artículos; editó una cincuentena de obras de diversos autores; editó plaquetas y fundó la revista literaria El Espiniyo, además de conformar archivos de diarios y revistas. Además dejó valiosos materiales inéditos que irán siendo evaluados.
Los poetas no mueren. Y si mueren, renacen en el corazón de los lectores que les dan continuidad. El breve poema de Miguel de Unamuno titulado “Me destierro a la memoria”, termina con estas dos estrofas: “...Y os llevo conmigo, hermanos,/ para poblar mi desierto./ Cuando me creáis más muerto/ retemblaré en vuestras manos.// Aquí os dejo mi alma-libro,/ hombre-mundo verdadero./ Cuando vibres todo entero,/soy yo, lector, que en ti vibro”.
Cuando Federico García Lorca fue fusilado por la ignorancia de una política impuesta por seres opacos, su colega de la Generación del 27, Luis Cernuda en una estrofa del poema que le dedicó escribió lo siguiente: “Si tu ángel acude a la memoria,/ Sombras son estos hombres/ Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;/ La muerte se diría/ Más viva que la vida/ Porque tú estás con ella,/ Pasado el arco de tu vasto imperio,/Poblándola de pájaros y hojas/ Con tu gracia y tu juventud incomparables”.
Varón o mujer, que estén en la más alta carrera, la de vivir, este un testimonio que dejó el poeta Pallaoro: “El poema no se busca, el poema te encuentra”. Lo dejó este poeta citybelense que amó a su lugar: “City Bell es un pueblo hermoso. Empecemos de vuelta. City Bell era un pueblo hermoso de calles de tierra, pocas casas, mucho campo con cardos, panaderos del aire, caballos y vacas, tortugas en arroyos, quintas, eucaliptos y paraísos y poetas y un cielo que nunca nos cansábamos de mirar”.
Jose María Pallaoro / web
Pallaoro, dibujado por su mujer, la pintora Elena Núñez / web
La tapa de su libro póstumo, Humo (Libro de la Talita Dorada, 2026) / el dia
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