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Es cuando uno o ambos testículos no descienden a la bolsa escrotal al momento del nacimiento. Especialistas advierten sobre la importancia de los controles pediátricos en los primeros meses de vida y el tratamiento quirúrgico oportuno. Testimonios de familias y pacientes que atravesaron el diagnóstico
Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com
En las consultas pediátricas de La Plata se repite una escena que, hasta hace algunos años no ocurría tan a menudo: padres que llegan con dudas tras advertir una anomalía en sus hijos varones o pediatras que, en los controles de rutina, detectan que un testículo (en muchísimos menos casos los dos) no están en su lugar. Se trata de la criptorquidia, una condición congénita que, según especialistas locales, muestra un aumento en su diagnóstico, en gran parte por una mayor atención en los controles y el acceso a estudios complementarios.
“Es una de las patologías más frecuentes que tenemos actualmente en cirugía pediátrica”, explica el cirujano Carlos Martí, jefe del Servicio de Cirugía del Hospital de Niños de La Plata (MP 110595). “En el último tiempo notamos que la frecuencia ha aumentado. Quizás porque hay un mayor control pediátrico y también porque las familias están más atentas”, señala.
Sin embargo, para muchos padres el primer contacto con el término llega de manera inesperada. “Cuando nació mi hijo, en la clínica nadie nos dijo nada. Fue todo muy rápido”, recuerda Valeria, vecina de Parque San Martín. “Recién en un control a los tres meses, el médico notó que uno de los testículos de Juani no estaba en su lugar. Nunca había escuchado la palabra criptorquidia. Me asusté mucho”.
La criptorquidia consiste en la falta de descenso completo del testículo hacia la bolsa escrotal. Durante la gestación, los testículos se forman cerca de los riñones y descienden progresivamente. Cuando ese proceso no se completa, el testículo puede quedar detenido en el trayecto, generalmente en la zona inguinal.
“El diagnóstico es clínico, se hace revisando al chico. Los estudios como la ecografía son complementarios”, detalla Martí. Y agrega que, en muchos casos, la condición puede pasar desapercibida en el nacimiento: “A veces lo detecta la madre cuando cambia el pañal o baña al bebé, y ahí consulta al pediatra”.
Ese fue el caso de Ezequiel, de 41 años, quien atravesó la situación con su hijo: “No sabíamos de qué se trataba. Cuando el urólogo explicó que era relativamente frecuente, me tranquilicé. Igual atravesamos meses de ansiedad hasta la cirugía. Lo más difícil fue el temor a secuelas futuras”.
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La incertidumbre es una constante en estos relatos. Valeria lo describe con claridad: “Cada control era una mezcla de esperanza y ansiedad. Yo iba pensando ‘ojalá ya haya bajado’. Pero no pasó. Finalmente, lo operaron al año y medio. Fue un día muy difícil, de mucha angustia. Por suerte salió todo bien”.
Según explica el especialista, años atrás era habitual que los diagnósticos llegaran tarde. “Recibíamos pacientes de 8, 9 o 12 años que nunca habían sido evaluados. Hoy eso cambió: las consultas son más tempranas y eso mejora mucho el pronóstico”.
Mariana, arquitecta de Gonnet, lo vivió con su hijo, diagnosticado con criptorquidia bilateral. “Nos fueron haciendo un seguimiento, pero cuando confirmaron que había que operar, ya tenía casi cuatro años. Fue una decisión difícil, con mucho miedo. Pero entendimos que era importante para evitar problemas a futuro”.
La indicación quirúrgica -la orquidopexia- es actualmente el tratamiento de elección. “El tratamiento hormonal, que durante años se utilizó con la expectativa de estimular el descenso del testículo, hoy ha caído prácticamente en desuso porque los resultados eran dispares y, en la mayoría de los casos, los pacientes terminaban necesitando cirugía igual”, explica Martí. “Hoy se reserva para situaciones muy puntuales”.
La cirugía es una intervención relativamente sencilla, con anestesia general, que en la mayoría de los casos permite que el niño regrese a su casa el mismo día. “Se realiza por vía inguinal, se libera el testículo y se lo fija en la bolsa escrotal. Si el paciente evoluciona bien, puede retirarse a su domicilio pocas horas después”, detalla el cirujano.
“Cuando el cirujano salió y nos dijo que había salido todo perfecto, fue un alivio enorme”, recuerda Mariana. “Hoy Seba tiene seis años, hace deporte y lleva una vida normal. Con el tiempo entendí que haber intervenido a tiempo fue clave”.
El momento de la intervención es determinante. “Los mejores resultados se logran cuando el paciente tiene hasta un año de edad”, subraya Martí. Aunque también se operan niños más grandes, las probabilidades de éxito son mayores cuanto más precoz es el tratamiento.
Las complicaciones, aclara, son poco frecuentes y en general leves: algo de inflamación, pequeños hematomas o molestias locales. Sin embargo, la falta de tratamiento puede derivar en problemas más serios: desde torsión testicular -una urgencia que puede comprometer el órgano- hasta atrofia o, a largo plazo, un mayor riesgo de infertilidad o tumores.
“En general, cuando es unilateral, el otro testículo puede compensar. Pero en los casos bilaterales el riesgo de infertilidad es mayor”, explica el cirujano.
La historia de Julián, de 29 años y vecino de Berisso, expone lo que puede ocurrir cuando el diagnóstico no llega a tiempo. “A mí me lo detectaron en la adolescencia, en una consulta por otro tema. Fue raro enterarme tan tarde. Me dio bronca pensar que pudo haberse visto antes. Después me preocupó si podía afectar mi fertilidad”.
Ese tipo de situaciones son hoy menos frecuentes, en parte gracias a la mayor conciencia sobre la importancia de los controles. “La consulta temprana es lo que va a darle más éxito al tratamiento”, insiste Martí. “No hay que esperar. Ante cualquier duda, hay que consultar”.
El aumento en el diagnóstico de criptorquidia se da en un contexto en el que otras problemáticas vinculadas al desarrollo infantil también generan preocupación. Semanas atrás, este diario publicó una nota sobre el crecimiento de los casos de pubertad precoz en niñas, otro fenómeno que especialistas asocian a múltiples factores y que también pone el foco en la importancia de los controles pediátricos.
En ambos casos, el denominador común es la detección oportuna. “Hoy los padres están más informados y los pediatras revisan más. Eso hace que lleguemos antes y podamos actuar a tiempo”, concluye el cirujano, descartando que en este tema persista algo de tabú: “Los chicos que entran en la pubertad ya no quieren que su madre los revise, pero no tenemos que esperar a que llegue a esa edad. La consulta tiene que ser lo más tempranamente posible”, insiste.
Para las familias que atraviesan el proceso, el camino suele estar marcado por el miedo y la incertidumbre, pero también por el alivio cuando el tratamiento resulta exitoso. “Después entendimos que, tratado a tiempo, el pronóstico es muy bueno”, resume Ezequiel.
Carlos Martí
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