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Juan José Terry *
Después de varios periodos de dictaduras y otros tantos de democracia, y cuando el actual ciclo se va acercando a los 40 años, pareciera que los argentinos –o una gran parte de ellos- no hemos aprendido o comprendido la lección de la historia. Y esto es verificable con solo observar el panorama critico que muestra el país, donde ya aparecen quienes comienzan a dudar de las bondades de la democracia como el mejor sistema de convivencia cívica. Las nuevas generaciones van creciendo en un ambiente cada vez más enrarecido, en el que se notan las carencias de los atributos que antes daban los hogares, la escuela y la religión, el ejemplo de los mayores y normas de conducta aceptadas unánimemente. La pérdida de esos valores fundamentales, sin ser reemplazadas por nada -como el principio fundamental de autoridad-, ocasionan muchos de los males que padecemos, que nos conduce a un estado de anomia.
Esta difícil coyuntura a la que asistimos a diario, con crímenes horrendos, robos, y ataques de toda clase a las personas y a los bienes, me permiten recordar por su plena vigencia actual, estos conceptos del eminente constitucionalista, educador y político argentino el Dr. Joaquín V. González, quien dio nueva vida a la Universidad de La Plata al promover su nacionalización, y que publicara un ensayo hace ya un siglo con el título “Si el pueblo pensara mas”.
Decía al respecto el Dr. González: “La democracia es un modo de gobierno que consiste en pensar para obrar en conjunto, en corporación, en coordinación; la esencia de la soberanía no es individual sino colectiva; el mandato de gobierno que surge del sufragio primario del soberano es un acto consciente de voluntad colectiva; por eso una agrupación social o política que no delibera por sí misma, que no piensa para exteriorizar su mandato soberano- sufragio, ley, no es una democracia sino un instrumento de ajenas voluntades, una herramienta para forzar las cerraduras del poder, una arma de dominación ilegitima, o sea, de despotismo”.
“Para que un pueblo sea una democracia tiene que ser un pueblo capaz de entrar en sí mismo, pensar y descubrir sus propias calidades, escrutar su propio querer, desear y sentir. Mientras no llegue a este grado será en el mejor de los casos, un menor, un incapaz, un aprendiz, un aspirante a soberano, un pupilo bajo tutela, un soberano bajo regencia. Entre tanto sus intereses se hallaran en manos extrañas, en poder de voluntades sustitutivas, las que pueden ser honestas como pueden ser desleales y egoístas”. Y prosigue don Joaquín V. González: “Los actos públicos de esta masa en preparación de soberanía se vuelven meras convenciones, formulas, simulaciones y engaños, destinados a mantener la integridad del patrimonio político mientras la minoridad subsiste. Esa masa no es una democracia, porque no tiene voluntad propia; sus impulsos y caprichos, o sus antojos y rebeldías, son considerados como de niños, y sus tutores llegan hasta encerrarlo, maniatarlo y hasta castigarlo como a un loco.
“Si se trata de elegir sus gobiernos, las leyes, simples normas aparentes, funcionan como mecanismos averiados, a voluntad del que las maneja, quien las remienda, las altera, las sustituye, las violenta y acaba por prescindir de ellas, por fastidiosas, porque no responden a la necesidad real de las cosas de la vida. La dependencia, la subordinación, la disciplina ficticia del grupo, asociación o partido, se sobrepone a la disciplina consciente de un pensamiento o una inspiración social conjunta; la elección no es entonces un acto de soberanía, sino un hecho de servidumbre; el soberano de hecho reemplaza al soberano de derecho y la investidura del poder público es obra de un “caucus” o de un complot en cuyo seno puede imperar la incapacidad, la audacia, la intriga, la perfidia o la maldad de un solo hombre.
El Dr. González concluye que “si nuestro pueblo pensara, o pensara mas, no habría llegado al estado de inquietud, de zozobra, de temores innominados que hoy lo domina hasta el grado de aparecer ignorando la misma gravedad de las cosas que por su mano se han realizado”.
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Ha pasado un siglo desde que este prohombre enunciara estos conceptos que parecen escritos para 2021, sin que hayamos encontrado la fórmula para entendernos democráticamente entre los argentinos, arrastrados por pasiones innobles y últimamente por ideologismos absurdos, que han sido borrados del mundo civilizado y que nos pueden conducir a momentos más difíciles.
Nos hemos acostumbrado demasiado tiempo al engaño, que inducen a muchos a rechazar las pruebas de delitos comprobados, imbuidos del relativismo que lleva al poder a embaucadores que se afirman en nefastos populismos, con ciudadanos dispuestos a consentir la corrupción como si los responsables del saqueo al patrimonio público fueran en verdad honestos personajes perseguidos políticamente. Todo es muy difícil en un país donde se espera todo del Estado, donde se reclaman diariamente más prebendas sin contraprestaciones de ninguna especie y donde el dinero ajeno que aportan los que trabajan y producen se reparta prodigalmente entre su propio rebaño.
* Presidente del Instituto Belgraniano de la Provincia
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