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La cultura del conflicto

La cultura del conflicto

Thompson explicó: “La paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de alternativas creativas” / Web

SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)

20 de Agosto de 2023 | 07:50
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De una manera constante, lenta y silenciosa se ha expandido en nuestra sociedad la cultura del conflicto. Cualquier tema, cualquier situación, amenaza con derivar en una batalla, en la cual las armas de los contendientes pueden ir desde la palabra hasta un cuchillo o un arma de fuego, pasando por el enfrentamiento físico, los golpes o la agresión en las redes. Los incidentes callejeros, en las tribunas, en los programas televisivos tanto políticos como deportivos o de chimentos, en los boliches, en los colegios, en los hogares, en el transporte público, en los vecindarios se multiplican. En casi todas las situaciones en que nos congregamos la confrontación desplaza a la convivencia, la discordia a la concordia. La política en particular viene dando deplorables ejemplos de esto en tiempos electorales, pero no le van en zaga numerosas situaciones de la vida cotidiana.

Todos los seres humanos somos diferentes. Así es, así fue, así será. Hasta los hijos, por mucho que se les parezcan, son diferentes de los padres. Por lo tanto, cada punto de vista es distinto, aun entre quienes creen pensar igual. Habrá siempre confrontación de deseos, necesidades, urgencias, prioridades, creencias. De manera que esas disparidades no son una anomalía, sino el modo en el que se accede a la realidad y se la define. Estar en desacuerdo no es el problema, sino, podríamos decir, la norma. El problema está, principalmente, en el modo de afrontar ese desacuerdo. Como advierte la lingüista estadounidense Deborah Tannen en su libro “La cultura de la polémica”, las relaciones humanas parecen estar, cada vez más, en una especie de estado bélico y nos hemos ido acostumbrando a batallar en lugar de argumentar. A provocar en lugar de practicar el ejercicio de la reflexión. Acerca de esto apunta en el ensayo “La muerte del prójimo” el psicoanalista y escritor italiano Luigi Zoja, quien fuera presidente de la Asociación Internacional de Psicología Analítica: “El desafío provocador proviene de un amor por la competencia, la lucha y el conflicto percibidos como vitales y portadores de sentido por sí mismos”.

AL RESCATE DEL GRIS

Según Zoja, el provocador (ese personaje que abunda hoy y aquí) quiere producir dos cosas en el provocado. Una regresión animal al instinto de macho desafiado por un adversario. Y despertar las tendencias paranoicas que duermen en el fondo de las mentes. El provocador, de acuerdo con este estudioso de la conducta humana, es, a su vez, filo paranoico y resulta alguien carente de auto conciencia, que, a través de la agresión o la provocación, intenta disimular su propia fragilidad. El porcentaje de personas que responden a estas características es, hoy y aquí, muy alto. Lo suficiente como para alimentar la atmósfera de disputa, pelea y enfrentamiento permanente que va intoxicando todas las interacciones.

En este estado de cosas desaparece el más rico de los colores. El gris. Cuando todo debe ser blanco o negro, sin opción, y cuando la tensión entre ambos debe resolverse con la victoria de uno y la rendición, sometimiento o aniquilación del otro, el gris desaparece. El blanco es blanco y el negro es negro. No hay matices. Pero donde hay negro y blanco están presentes las fuentes del gris. Si se acepta la existencia de los dos colores se puede formular una amplia y riquísima gama de grises. Desde el blanco con 1% de negro hasta el blanco con 99% de negro y viceversa. Aunque, claro está, esto requiere capacidad de escucha, de aceptación, flexibilidad, inteligencia emocional y coraje. Cosas que no abundan cuando se instalan las dualidades éxito-fracaso, ganar-perder, bueno-malo o verdadero-falso.

 

“La luz guarda sentido solo en relación con la oscuridad. La verdad presupone el error”

 

Al tomar la iniciativa del ataque o de la agresión las personas que pelean no intentan entender el punto de vista del adversario, y ni siquiera comprender los motivos de ese posicionamiento, explica Tannen. En el fondo están a la defensiva, y ceder los haría sentirse perdedores. Por lo tanto, se trata de derrotar o no ser derrotado, no de entender y, como consecuencia, ampliar el propio punto de vista.

A pesar de todo lo dicho y escrito resulta imposible acceder a un mundo en el que no exista el conflicto. La activista sufragista Dorothy Thompson (1893-1961), primera periodista en ser expulsada de Alemania por el nazismo, en 1934, lo explicó así: “La paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de alternativas creativas para responder a ese conflicto, alternativas a las respuestas pasivas o agresivas, alternativas a la violencia”. Este es el gran desafío a la capacidad humana de pensar, de entender, de discernir, de reflexionar, de aceptar.

EL CONFLICTO O LA VIDA

El conflicto es parte de la vida. Lo hay entre la noche y el día (que lo resuelven mediante el crepúsculo y el amanecer), entre el invierno y el verano (que lo resuelven a través del otoño y la primavera), entre el agua que busca expandirse y la tierra que la contiene y encauza. El conflicto es parte de una ley natural que se manifiesta de incontables maneras, porque, como señalaba Carl Jung (1876-1961), padre de la psicología profunda y arquetípica, todo lo que existe tiene su opuesto y solo puede ser comprendido y nombrado gracias al conocimiento que tenemos de ese opuesto. Definitivamente, el problema no es el conflicto, sino la torpeza, la ignorancia, la prepotencia, la violencia conque se lo afronta. Al respecto es muy clara la escritora estadounidense Verónica Roth (autora de la popular novela distópica “Divergente”): “La luz guarda sentido solo en relación con la oscuridad, y la verdad presupone el error. Son estos opuestos mezclados que pueblan nuestra vida los que la hacen acre, embriagadora. Solo existimos en relación con este conflicto, en la zona donde se enfrentan el blanco y el negro”.

Y así como el conflicto es un fenómeno inherente a la vida, solo refugiándose de ella podría alguien huir de él. Es lo que ocurre con aquellas personas que temen al conflicto o escapan de su posibilidad y por lo tanto resignan vivencias, postergan problemas que de todas maneras las alcanzarán, esconden opiniones, eluden encuentros, mienten o pierden experiencias que las enriquecerían e incluso fortalecerían. El psicólogo estadounidense Wayne Dyer (1940-2015), autor de “Tus zonas erróneas”, afirmó que “el conflicto no puede sobrevivir sin tu participación”. Quería decir que muchos conflictos nos los buscamos. Lo cual es cierto. Pero también es verdad que la simple huida del conflicto no garantiza su desaparición. Muchas veces solo posterga la solución, o la empeora.

Volvamos al blanco y al negro. Si se los eliminara, con la esperanza de resolver así una antinomia, se estaría haciendo desaparecer el gris, que es el símbolo de la posibilidad de integrar y armonizar las diferencias. No todas las diferencias son integrables. Las hay irreconciliables, como las de valores. Pero el reto en este tiempo revuelto, de ánimos exaltados e intolerancia expandida, lo ofrecen las que no lo son.

 

(*) Escritor y ensayista, su último libro es "La ira de los varones"

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