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Esteban Actis
eleconomista.com.ar
Días después de la operación militar “Absolute Resolve” que sacó a Maduro del Palacio de Miraflores, queda claro que entre los intereses de EE.UU. está el control del petróleo del país caribeño.
El secretario de Energía estadounidense Chris Wright fue categórico: señaló que EE.UU. controlará “indefinidamente” las ventas del crudo venezolano. Ahora bien, ¿qué hay detrás del interés de Trump de tomar el control de dichos recursos teniendo en cuenta que hoy EE.UU. es el principal productor de petróleo del mundo? La respuesta parte de un análisis de dos planos temporales bien marcados.
En el muy corto plazo Trump busca bajar el precio internacional del petróleo desde una lógica política/electoral. De los 900.000 barriles de petróleo por día (bpd) que exporta Venezuela, el 85% es a precios subsidiado (China/Cuba).
El objetivo de Trump es vender ese producido a valor de mercado con la consecuente afectación a la baja del precio. Trump se siente cómodo con un barril de crudo cercano a los US$ 50/US$55 con el objetivo de reducir la inflación y los costos para los productores y consumidores estadounidenses para atemperar el impacto de los aranceles.
En noviembre de este año hay elecciones de medio término (midterms) donde se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes y 1/3 del Senado. Menores presiones inflacionarias, permiten a la Fed bajar las tasas y con ello impulsar el crecimiento económico. El peor escenario político para Trump es ser un “pato rengo”, es decir quedar debilitado políticamente en sus últimos dos años de mandato, sin contar con la posibilidad de reelección. El objetivo de Trump tiene un gran daño colateral: la industria del shale oil americano a la que cada vez se le achican más los márgenes con el precio del petróleo deprimido.
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La otra temporalidad que se debe analizar es la de largo plazo, observar el long game. Con el control del petróleo venezolano, EE.UU. se asegura para el fin de la próxima década una oferta total de suministro para su demanda exclusivamente desde el hemisferio occidental. Las proyecciones de los especialistas indican que en el mejor escenario posible (hundimiento de grandes inversiones y estabilidad política/seguridad jurídica) recién en una década Venezuela volverá a producir 3 millones bpd.
Es dable señalar que las estimaciones de la Agencia Internacional de Energía (IEA) apuntan a que el shale oil de EEUU alcance su peak para 2028/30 para comenzar a descender paulatinamente. Hoy EE.UU. produce 14 millones bpd pero para el 2040 las proyecciones son entre 11/10 millones bpd. En un escenario de transición energética poco ambicioso basado en las políticas existentes sin cambios adicionales, la demanda de EEUU de petróleo se ubicaría en los actuales niveles (20 millones bpd).
En el actual contexto de fragmentación geoeconómica, de cadenas cortas de bienes estratégicos (acentuado para la próxima década) y de gestación de zonas de influencias, EE.UU. se asegura con la oferta futura de Venezuela cubrir esa brecha de oferta-demanda enteramente desde su geografía más próxima, desde su zona contigua. Un abastecimiento pleno de crudo a una distancia máxima de 3.000 kilómetros: Canadá (5 millones bpd), Venezuela (3 millones bpd) y Guyana (2 millones bpd) esperados para 2040 según la IEA.
Con respecto a Guyana, una Venezuela bajo un “protectorado” estadounidense implica una fuerte reducción de la incertidumbre que pesaba sobre sus operaciones energéticas, dado el riesgo geopolítico de una latente invasión de Venezuela por el reclamo del Esequibo. Así, es de esperarse que el potencial petrolero de Guyana sea explotado al máximo por firmas como ExxonMobil y Chevrón si efectivamente Venezuela queda bajo la tutela de Washington.
El petróleo de Canadá, Guyana y el de Venezuela (libre de sanciones) es refinado mayormente en EE.UU., tanto en el denominado Midwest (PADD 2) como en la Gulf Coast (PADD 3).
Motivo por el cual, bajo la explotación de compañías estadounidenses como Exxon, Chevron o ConocoPhillips y el control del downstream, EE.UU. se aseguraría una presencia futura de toda la cadena de valor del petróleo de esos países, reforzada claramente con su mayor presencia militar en un escenario de consolidación de zona de influencia de grandes potencias.
En definitiva, con el reaseguro del flujo de oferta petrolera hemisférica, EE.UU. evitaría en un futuro próximo cualquier posible weaponization (el uso de la interdependencia como arma por parte de terceros países) del suministro energético como así eventuales disrupciones por las tensiones geopolíticas de zonas alejadas como por ejemplo Medio Oriente.
Cuando Trump habla que en Venezuela está en juego la seguridad nacional, en el trasfondo está la seguridad energética de largo plazo.
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