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Entrenamientos y combates a cielo abierto reúnen a jóvenes y adultos de distintas extracciones sociales para formarse y competir, con reglas claras y códigos compartidos
Rounds de dos minutos bajo las arboledas, entre mates y aplausos
Francisco L. Lagomarsino
Francisco L. Lagomarsino
No hay lonas, ni sogas; apenas una mesa, un gazebo, dos pares de guantes de boxeo. Una ronda de personas ávidas por saber de qué se trata y por compartir la experiencia, como espectadores o participantes. Por las tardes, cuando afloja un poco el sol estival, aparecen en algunos parques y plazas de La Plata los rings imaginarios de una movida que suma seguidores dentro y fuera de las redes sociales: el ritual de cruzar golpes por amor al deporte, observando códigos férreos y reglas claras.
Uno de estos espacios se llama Def Jam. Es un ciclo de encuentros de carácter amateur y callejero que nació, según sus impulsores, de una necesidad concreta y una pasión compartida. Mauricio Cáceres, uno de los creadores, recuerda el origen: “La idea de arrancar surgió por amor al arte, al deporte. Fuimos mi hermano, yo, y bueno, Joaquín ‘Punisher’ Balasini, que es un tipo que hizo deporte y tiene mucha idea. Veníamos entrenando, pero sólo entrenar, sin pelear con nadie. Es como cualquier persona que juega al fútbol, y entrena los fines de semana; entre amigos hacen un partido y está bueno. Muchos pibes están metidos en clubes, y durante la semana tienen su laburo normal. Entonces lo vimos por ese lado, como para quien le gusta el deporte de contacto y lo ama. Tenés una manera recreativa de realizarlo, en un espacio abierto, porque en un club por ahí se hace más complicado”.
La primera vez, la juntada fue en el fondo de la casa de un amigo. A la semana siguiente se trasladaron a una plaza del barrio El Carmen. Después fueron al Bosque. Cáceres, “el Mono”, entrena desde los diez años. Tiene treinta. Pasó por el kickboxing y las peleas en jaula, se formó en una academia local y hoy se dedica al boxeo. Con su hermano y otros “del palo”, se reúnen los miércoles en una práctica cerrada. “No viene cualquiera, solamente estamos nosotros. Nos juntamos, entrenamos y después cada uno vuelve a su actividad normal. Todos tenemos una idea de lo que hacemos”.
El formato de Def Jam no es profesional, pero tampoco improvisado. “El foco es una combinación de todo; hay quienes van y lo hacen de manera muy recreativa. Hay otros que lo usan como impulso para que los vean en redes. Hay chicos con buen nivel que están entrenando y se mantienen activos. Por eso, siempre los ‘versus’ son emparejados con experiencia, para que la pelea sea al cien. Y si alguno quiere un poco menos, se charla”.
Antes de cada cruce hay registro de peso, edad, experiencia y actividad actual. “No es que llegan y se agarran todos a las trompadas. Se llega, se anota, se pregunta cuánto tiempo entrenaste, si estás en actividad. A través de esos datos vemos a qué viene cada uno. Buscamos que esté todo emparejado”.
Las reglas son las del boxeo tradicional. “Lo único que no vale son los golpes bajos. Básicamente, respetamos las reglas clásicas. En otros formatos usan puño giratorio, o ‘Superman Punch’, y nosotros no los usamos porque si golpeás mal te podés quebrar el codo. Entonces, sólo boxeo tradicional: manos, esquivar, dos minutos”.
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Los combates son de un solo round de 120 segundos, con guantes de 14 onzas. No se usa cabezal. “Es un solo round. No los hacemos pelear cinco. Llegás, hacés lo tuyo y después los chicos se quedan tomando mate, viendo las peleas. Es bastante seguro porque nadie viene con intención de lastimarse. La gente se respeta un montón”, afirma Cáceres.
El ganador se define por aplausos. Se levanta la mano de cada peleador y el público decide. El abanico de participantes es amplio. “La persona más grande que participa tiene cincuenta y dos años, es abogado. Viene gente que trabaja de repositor, repartidores, hay de todo. El deporte une un montón de personas de diferentes lugares”. La categoría femenina aún no se abrió, pero el Mono y los suyos ya escuchan consultas.
Los encuentros se realizan los fines de semana, y se difunden por redes sociales. Def Jam supera los 38 mil seguidores en Instagram. “Gracias a eso hemos llegado a participar en diferentes lugares. Chicos de acá pudieron ir a otros torneos. Se vienen abriendo puertas”.
Con el tiempo, el proyecto sumó otra dimensión. “Ha habido veces que llovía y la gente decía: ‘Che, háganlo... estuve toda la semana esperando’. Muchos vuelven a entrenar, a comer sano. El boxeo te centra. Te ayuda a pensar más frío. El deporte de contacto te demuestra que no necesitás estar agarrándote a las piñas en la calle” sentencia Cáceres.
Entre los que encontraron ahí un espacio propio está Maxi Orife, del barrio ensenadense El Farol. Está en sus tempranos veinte, hace changas, es padre de una hija y quiere competir.
“Fui a mirar un día, y me encontré en un ambiente muy distinto al gimnasio, más cercano, más de compañerismo. Me sentí cómodo. Ahí no hay excusas, no hay comodidad de nada, solo vas con ganas de aprender y mejorar”.
Su primera pelea al aire libre fue distinta. “Fue impactante, porque no es lo mismo que un gimnasio. Hay ruido, gente mirando y no tenés dónde esconderte. Sentí presión al principio, pero después se transforma en libertad. Aprendés a concentrarte de verdad. Te forma la cabeza y el carácter. Cuando subís al ring ya nada te sorprende, amigo”.
Para Orife, que se destaca por su intuición y técnica, no se debe mirar la actividad a través del prisma de la violencia. “Es un deporte. La diferencia es el respeto y el control. Peleamos para superarnos, no para dañarnos”. Habla de códigos. “Se respeta al rival. Se guantea para aprender, no para lastimar. Los más grandes te corrigen. El objetivo es mejorar todos, no demostrar quién pega más fuerte”. El miedo, admite, existe. “Siempre está. Pero también te hace entrenar con responsabilidad. Entre los muchachos nos cuidamos mucho”.
Alan “El Barba” Lazarte coordina Treino-Box Mano Brava, otro espacio que trabaja en plazas y parques. Es entrenador de boxeo y preparación física. “Trabajamos en espacios públicos buscando un punto medio con los alumnos, para que la distancia no sea un impedimento. No son encuentros exclusivamente para boxear”, explica.
Para Lazarte, quien organiza los encuentros por WhatsApp e Instagram, la decisión de usar plazas responde a una necesidad. “Muchos pibes no tienen acceso a clubes por costos o distancia. Creemos que el deporte tiene que salir al encuentro de la gente. Usar el espacio público es devolverle al barrio algo positivo: entrenamiento, disciplina y comunidad. No es una moda, es una respuesta real a una necesidad real”.
“Viene gente que trabaja de repositor, repartidores, abogados, hay de todo. El deporte une”
Aclara que no buscan reemplazar a los clubes. “Somos una alternativa. Queremos que nadie se quede afuera por no poder pagar o no encontrar un lugar. La plaza es de todos”. El equipo de Treino está integrado por entrenadores con experiencia. “No es improvisado: hay planificación, criterio técnico y responsabilidad. La idea es brindar un espacio serio, aunque sea en un lugar abierto”.
Su enfoque, subraya Alan, combina lo recreativo, lo formativo y lo competitivo. “Primero están lo formativo y lo recreativo: aprender, moverse, ganar confianza... Lo competitivo aparece como herramienta de crecimiento, no como fin en sí mismo. El boxeo enseña disciplina, respeto y autocontrol. Es contención, es descarga, es orden”.
Usar el espacio público es devolver algo positivo al barrio; da respuesta a una necesidad real”
También destaca la diversidad. “Hay de todo: jóvenes, adultos, gente del barrio y de clase media. Se mezclan realidades. Las mujeres se interesan cada vez más. El espacio es inclusivo y respetuoso”.
La seguridad, en ese universo, es central. “Se usan guantes, se controlan los cruces y hay reglas muy claras. No se permiten golpes peligrosos, ni descontrol. Si un cruce no lo vemos parejo, no se hace”.
Hasta ahora, asegura el Barba, no hubo conflictos con los vecinos en los espacios visitados, que incluyen, por ejemplo, la plaza de 13 y 60, al pie del Tambor de Tacuarí. “Muchos, de hecho, se acercan a mirar o a preguntar”.
En síntesis, el boxeo callejero platense crece entre árboles, pasto y polvo, a sol y sombra. Para algunos es un divertimento; para otros, quizás, una oportunidad. Sus impulsores insisten en que cumple una función social concreta. Y tal vez no haya mejor confirmación que las palabras de Maxi: “Es parte de salir adelante. Me ordena la cabeza y me mantiene enfocado. Más que nada, para darle un mejor ejemplo y futuro a mi hija”.
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