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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
El romanticismo, ese sentimiento acorralado, cada tanto reaparece por lugares más inesperados. Sabemos que el amor es inmanejable y puede tomar cualquier atajo. Los estudiosos trataron de descifrarlo sumándole y restando remedios al cuerpo y olvidándose que no hay recetas para los antojos del alma. El poeta, al querer tipificarlo -“el cerebro es mentiroso, pero el corazón es sincero- le da trazos huidizos y profundos a lo que nadie ha podido explicar. Su hechizo convierte al enamorado en un ser frágil, embelesado y vulnerable. Por amor, más que por los detectives, han caído muchos asesinos. No hacen falta perros adiestrados para olfatear amantes y encontrar desarmado al tan buscado.
Estas semanas, el deseo se impuso en un ambiente donde la crueldad es el sentimiento más frecuentado. Protagonista fue El Mencho, jefe supremo de un cartel mexicano que era tenazmente perseguido por las huestes antidroga de México y Estados Unidos. Estaba refugiado en una de las cabañas ocultas que había mandado a construir en una zona inhóspita. Rodeado por su batallón de sicarios, El Mencho se las venía ingeniando para hacerse invisible. Vivía solo, enfermo, dudando de todo. No habrá dormido una sola noche tranquila en esa cama sola y preocupada. Se sabe: la plata no consuela ni protege. Le sobraba pero no podía usarla. Y al final cayó, porque sus perseguidores le siguieron el rastro a una amante que ese fin de semana fatal fue a visitarlo. No debe ser disfrutable hacer el amor rodeado de guardaespaldas con ametralladoras. Es como formar un trío con la muerte. Son encuentros sigilosos y temerarios que traen referencias nuevas de un querer desconfiado y apurado. Cuando ella se retiró, una tormenta de disparos lo obligó a refugiarse entre los pastizales. Y allí fue encontrado, moribundo. Su funeral fue una lluvia de atentados que sembró fuego y miedo en Jalisco.
Mencho al final entregó su vida por unos polvos riesgosos que estaban más pendientes de los ruidos del patio que de los susurros de la cama. Nada nuevo. Hasta los más feroces asesinos suelen hacerle lugar a la pasión amorosa en medio de sus huidas. Las amantes siempre dejan huellas. Lo saben los detectives y las señoras engañadas.
Meses atrás sucedió algo parecido con el Pequeño J, un peruano que habría asesinado salvajemente a tres chicas en Florencio Varela. Los dos fueron atrapados por el amor. Enseguida empezó su cacería. Pero Pequeño J pudo eludir el cerco inicial y cruzar la frontera. Al final se lo pudo encontrar en Perú, escondido en la caja de un camión, a pocos kilómetros de su pueblo. ¿Pero qué o quién lo delato? El amor. Pequeño J había decidido silenciar su móvil porque no ignora que es un aparato tan necesario como alcahuete. Pero en tierras extranjeras activó su teléfono para enviar una nota romántica a esa muchacha que había quedado en Buenos Aires, la amante que lo acompañaba cada noche en sus frenéticos traslados. Junto a ella conoció otras emociones este escapista atemorizado que vivía en permanente mudanza, un tipo que desde su infancia lo único que había aprendido era a correr huyendo de su infancia maldita.
Después de la masacre, Pequeño J organizó cuidadosamente su fuga. Pero jamás habrá imaginado que al final su pareja, la que se quedó allá lejos, lo iba a traicionar. La amante seguidora prefirió alejarse del prófugo y facilitar su captura. Aprendió que en estas relaciones descarriladas jamás estás a salvo, porque es tan aventurado acercarse mucho como alejarse demasiado. Al temer que droga y sangre la manchara, les dio a los investigadores su teléfono con el mensaje romántico para que pudieran rastrearlo. La chica sabía que lo de ellos era un vínculo vertiginoso y no quería terminar como amante sufriente mezclada en un escenario tenebroso. Pequeño J, un asesino brutal y desalmado, era un tipo atado a la cruel religión de la desesperación. Junto a él, todo era sobresalto. Desde chico se la pasó huyendo. Creció a la sombra de un slogan que le escribió su padre: “Bandido siempre”. Nada parecía conmoverlo, pero cayó en la trampa de la seducción y aprendió a conocer otras emociones y nuevos peligros. Por una vez su eterno escapar le hizo lugar a un apego cariñoso que jamás había conocido. El narco desaforado mostró, con su fuga, que podía vivir sin sus soldaditos, sin merca y sin millones, pero aprendió que no encontraba alivio ante un metejón enfermizo que lo tenía encarcelado entre balazos y drogas. Su caída, como la de El Mencho, le da símbolo y contenido a esta biografía canalla: al final son amantes que se desean, se traicionan y se aniquilan con entera crueldad. El amor siempre es cautivante y delator. Y el mensaje que envió Pequeño J y que al final lo terminó encarcelando -“te extraño mucho y quiero verte”- sólo pedía alguna respuesta que le endulzara la huida.
La literatura agotó calificativos para bautizar ese sentimiento indomable. Lo de El Mencho y el Pequeño J fueron amoríos violentos, y testarudos, penosamente arriesgados. En los dos casos, ellas, las tan anheladas, acabaron con pasiones que respiraban falopa y violencia. Por suerte estos desalmados van encontrando justicia por el camino. Le sobran millones pero no pueden gastarlos. La riqueza a veces alegra y a veces complica. Viven un lujo agonizante. Estos feroces millonarios buscan –a Pablo Escobar le pasó lo mismo- la manera de encontrar no ya la felicidad sino la calma. La riqueza exorbitante compromete y expone. Pienso en la AFA. Seguramente no se arrepienten por poseer tanto, pero quizá algo los obligue a pensar que su destino sea seguir comprando conciencias o vivir en una perpetua huida hacia ningún lado.
Pequeño J
El Mencho
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