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Con organización y espíritu integrador, los “paleteros” convirtieron el playón en un espacio de competencia, pertenencia y vida barrial
El paisaje de árboles y edificios enmarca canchas y jugadores / Fotos: Demian Alday
FRANCISCO L. LAGOMARSINO
Por FRANCISCO L. LAGOMARSINO
Hace algún tiempo, acaso una década, las viejas canchas de tenis criollo del Parque Vucetich, que la mayoría conoce como San Martín, lucían opacas, agrietadas, en decadencia. Hoy, restauradas e impecablemente pintadas, son el punto de encuentro de decenas de “paleteros”, y singular sede de torneos oficiales. La historia de su resurgimiento es la de un grupo de jugadores y vecinos que se pusieron la causa al hombro y lograron, con la anuencia y la colaboración del municipio, dar el puntapié inicial a un fenómeno que superó con creces sus expectativas.
“Yo me quedo con esto; para mí es un espacio espectacular, porque tengo un montón de amigos. Nos juntamos para pintar las canchas, nos juntamos para ver cómo organizamos torneos... Se armó un espacio para confraternizar, partiendo de la premisa de que nadie quede afuera; con todos adentro. Es una forma de colaborar colectivamente, y creo que es fundamental” describe Fernán Cardama, actor y vecino del barrio aledaño al parque: “Nos traemos la silla, charlamos, tiramos todos para el mismo lado y cada vez somos más. Eso quiere decir algo. Y si no estás diez puntos, el grupo te contiene. Vivo a tres cuadras, y es alucinante poder disfrutar este entorno, de esta manera”.
La escena se repite todos los días. Por las mañanas y por las tardes, con sol o con nubes bajas, el sonido seco de la pelota contra el cemento y el tableteo de las paletas marcan el pulso del playón. Hay partidos que se arman casi sin palabras, cruces que se esperan y se repiten, y bromas que funcionan como contraseña de pertenencia. Entre rondas de mate y chicanas que se replican con risas, el tenis criollo se consolida como algo más que un juego: una rutina compartida, una excusa para asistir y quedarse.
“Es la primera vez que se reconoce a un parque público como club y se hace un torneo nacional”
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Las raíces de la movida actual se hunden profundo en la tierra del mayor espacio verde creado en la trama urbana platense. “La historia del tenis criollo en el parque es rica, porque desde hace 40 años que se juega en ese playón que todos conocen, a la altura de 54 y 25”, cuenta Eduardo Girotti, uno de los referentes del grupo y actual presidente del nucleamiento vecinal. “En los ochenta quedaban varios clubes donde se practicaba como disciplina y como deporte; al menos, tres o cuatro sólo en La Plata. Competían entre sí, con torneos interclubes, y el parque siempre se mantuvo como un espacio para despuntar el vicio, hacer un poco de catarsis, encontrarse con amigos y jugar”.
Durante años, esa lógica se sostuvo casi sin cambios: encuentros informales entre habitués, y un uso del espacio más bien espontáneo. Como para tantas otras cosas, el Covid operó como factor de inflexión. “Después de la pandemia nos empezamos a organizar para darle al lugar, y al tenis criollo, otra característica. Formamos una asociación civil que hoy está vigente, y ordenamos un poco lo que antes no lo estaba. Antes había mucho de decir y poco de hacer; ahora, con una comisión directiva, todo es un poco más orgánico”, explica Girotti.
Ese orden se tradujo en acciones concretas. Las canchas comenzaron a recuperarse de a poco -primero una, después dos, luego tres-, se gestionaron ante la Comuna lockers para guardar redes y materiales, y se estableció un sistema de aportes entre los propios jugadores para sostener el mantenimiento. “El playón mejoró muchísimo, es cierto. Nos propusimos mejorarlo aún más: vamos a ir por la cuarta cancha. También logramos iluminación, que no es poco. Nos falta más, y eso es una constante con las autoridades: pedir que iluminen o que nos den permiso para hacerlo nosotros”, agrega.
En paralelo, el grupo fue creciendo. Lo que en un comienzo se alimentaba de convocatorias esporádicas, decantó en una comunidad estable, diversa y abierta. “Estamos muy contentos porque el grupo crece, y eso es fundamental. El parque es un crisol muy importante, un imán: hay gente de todas las edades y actividades. Tenemos profesionales, comerciantes, personas sin trabajo... y ahí se nota la calidad del grupo: en cómo logramos convivir cordialmente”, destaca Girotti.
Esa convivencia no es casual: la integración es una premisa. Fernán Cardama lo sintetiza en una idea que se repite: que nadie quede afuera. “Nosotros, los paleteros, somos un fenómeno raro. Yo, en pandemia, me acerqué viendo cómo jugaban acá en el parque y, de pronto, empecé a jugar. Me di cuenta de que es un deporte muy lindo, muy noble, y con mucha gente nos encontramos así”, cuenta. “Acá se jugaba hace muchos años, pero era más individual: jugaban entre ellos, entre los que lo hacían mejor. Y ahora nos juntamos con otra filosofía, que es integrar a todo el mundo. Que venga todo el que quiera”.
Esa apertura se traduce también en reglas propias. “Pusimos reglas nuevas: se juegan dos partidos, ganes o pierdas; jugás con el que primero llega; podés jugar con uno que juega muy bien, o con uno que recién empieza. Y de esa manera, el grupo fue creciendo hasta tener hoy casi 60 o 70 personas”, explica. El secreto está en mezclar niveles, evitar la exclusión y sostener la rotación.
El crecimiento trajo consigo nuevos desafíos y también nuevas oportunidades. Una de ellas fue la creación de una escuelita, pensada para quienes nunca habían tenido contacto con el tenis criollo. “Había mucha gente interesada que no sabía jugar, y pensamos en que sería importante hacer algo al respecto. Dos chicos del grupo se pusieron como profes y la abrimos, accesible y popular. Después, los que quieren, se suman a jugar con nosotros”, relata Cardama. Según Girotti, esa iniciativa ya muestra resultados: más de 20 jugadores en formación y varios que empiezan a competir.
La dimensión competitiva es, en ese sentido, otro de los ejes que atraviesan al grupo. “Estamos muy firmes. Participamos de torneos nacionales, viajamos, y nos está yendo mejor que antes. A tal punto que la Confederación Argentina de Tenis con Paleta (CATP) nos reconoció, y hoy somos Club Parque San Martín”, destaca Girotti. Ese aval tuvo un hito reciente: la realización de un torneo nacional en el propio parque, algo inédito para un espacio público.
“Es la primera vez que en un parque público se hace un torneo nacional”, subraya Cardama. “Y eso ya nos pone en otro lugar, de referencia”. Ese diálogo entre lo informal y lo organizado es, en parte, la clave del fenómeno y de su atractivo.
“Al estar en un parque público no podemos ser demasiado reglamentaristas, y no lo somos: somos muy abiertos. Se suma toda persona que quiera jugar. Muchas veces, quienes se acercan no tienen paleta, y nosotros les damos”, cuenta Girotti. Los lockers permiten justamente eso.
Pero más allá de la infraestructura, lo que sostiene el espacio es otra cosa. “Esto te engancha no solamente para jugar, sino como espacio social. A veces no tenés ganas de jugar, pero venís igual: te encontrás con gente, tomás unos mates, charlás. Vienen las familias, los amigos, los hijos”, dice Cardama. “Mi hijo empezó a venir a los 12 años y ahora juega mejor que muchos; que yo, seguro. Y si yo no estoy, él está y es uno más”.
“Traemos la sillita, hablamos, tiramos para el mismo lado y cada vez somos más. Algo quiere decir”
En el andar cotidiano, los paleteros construyen algo que va más allá de los singles y dobles. Hay asados, cumpleaños, recitales a los que van juntos, e incluso cursos de RCP abiertos a la comunidad. Hay, en definitiva, redes. “El parque es un club, un club abierto. Funcionamos como tal, porque después de jugar también compartimos. Eso fortalece mucho al grupo. Por eso todo esto es tan importante en el plano comunitario y barrial”, resume Girotti.
Tal vez por eso, cuando se le pide una definición, Cardama no duda en ir más allá. “La verdad que esto es como una rara avis dentro de esta sociedad tan individualista. Te das cuenta de que la salida es colectiva, como decía El Eternauta, y que juntándose, con un pequeño aporte de cada uno, se puede hacer un montón de cosas”.
Y en ese playón de cemento, entre líneas recién pintadas y redes tensadas a pulmón, la idea se vuelve concreta. Un espacio público que funciona como club, un juego que es fin en sí mismo pero además pretexto para socializar, y un grupo que crece tratando de no dejar a ningún interesado afuera.
“Hay una frase muy conocida que dice que seguramente con esto no vamos a cambiar el mundo... pero sin acciones como éstas el mundo no va a cambiar”, cierra Cardama. “Para mí es fundamental. Vengo, juego, tomo unos mates, estoy con mi familia… Eso, hoy, ya es un montón”.
Marcelo Zanoni, eduardo Girotti, Ale Giúdice, Ariel Ferrari y Marcelo Gómez
El paisaje de árboles y edificios enmarca canchas y jugadores / Fotos: Demian Alday
Marcelo Zanoni, eduardo Girotti, Ale Giúdice, Ariel Ferrari y Marcelo Gómez
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