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Felisa Carbonari nació en 1910 en Ensenada y eligió su carrera siendo una niña, pero los padres no querían que estudiara porque “no era para una mujer”. Lo logró por una beca del Liceo a los mejores promedios. Y no paró de romper prejuicios
Felisa murió en 1990. Trabajó en el hospital de niños durante 34 años
Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com
En una época en la que la medicina era territorio casi exclusivo de varones, Felisa Carbonari se abrió paso con una convicción que la acompañó desde la infancia: curar. Nacida en Ensenada en 1910, su historia no solo es la de la primera médica egresada de la Universidad Nacional de La Plata, sino también la de una mujer que desafió mandatos sociales, prejuicios familiares y las limitaciones de su tiempo para construir su propia trayectoria en la salud pública.
Su vocación apareció temprano. Según ella misma contó en una entrevista publicada por este diario en marzo de 1978, fue cuando tenía apenas cinco o seis años, solía ver pasar a un joven con guardapolvo blanco y le preguntaba a dónde iba: “a estudiar medicina, para aprender a curarle la tos a los chicos”, le respondía él. Ese simple cruce, dijo, la atravesó para siempre.
Sin embargo, el camino no fue fácil. Al terminar el secundario sus padres se opusieron firmemente a que siguiera esa carrera por considerarla “no apta para una mujer”. Incluso le aclararon que de ninguna manera pagarían sus estudios.
“Estaba desesperada, no sabía qué hacer. Después llegó mi salvación, dado que la Facultad de Medicina dio dos becas para los mejores promedios del Liceo y tuve la suerte de poder ingresar”. Así las cosas, a la familia no le quedó más remedio que aceptar su decisión.
En 1932 ingresó a la UNLP y seis años después, en 1938, se recibió.
El ingreso a la vida universitaria y luego al ámbito hospitalario implicó también enfrentarse a un contexto adverso. “El único recuerdo un poco triste que tengo es el de mis compañeras de secundario, que aunque las quise mucho y me querían, se burlaban diciendo que nunca llegaría a cumplir mi aspiración. Que una mujer no nació para médico”, recordó en aquella crónica de época.
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Pero la determinación pudo más. Sus primeras prácticas las realizó en el Hospital de Niños Sor María Ludovica de La Plata, institución en la que desarrollaría toda su carrera.
Allí comenzó desde abajo: practicante menor, practicante mayor, médica de sala, jefa de sala, jefa de piso y finalmente jefa del Pabellón de Enfermedades Infectocontagiosas. Durante 34 años trabajó en ese servicio, al que llegó, paradójicamente, tras insistir en ingresar a un área que muchos consideraban peligrosa. “Me dijeron que era una inconsciente. Creo que me mandaron como un castigo”, contaba con ironía.
Su labor alcanzó un punto clave durante las epidemias de poliomielitis que afectaron al país, a mediados del siglo XX. En especial durante la crisis sanitaria de 1956, cuando el Hospital de Niños de La Plata se convirtió en un centro de referencia para la atención de casos graves. Contaba con pulmotores que asistían a los pacientes con compromiso respiratorio, en una época en la que los recursos eran escasos y la urgencia, extrema.
Pero su aporte no se limitó a la atención clínica. Carbonari tuvo también un rol activo en la formación de nuevas generaciones de médicos. Fue docente exigente y cercana, recordada por sus alumnos por su capacidad didáctica y su trato humano. Silvia González Ayala, doctora en Medicina y docente especialista en enfermedades infecciosas e infectología pediátrica, la evoca como una figura protectora: “Le decíamos la gallina con los pollitos, porque nos contenía y acompañaba en el aprendizaje”.
Ese estilo combinaba “firmeza y sensibilidad”, explica. “Sabía imponer respeto sin levantar la voz, resolver conflictos con gestos sutiles y transmitir conocimientos” en un contexto en el que no existían muchas de las herramientas actuales, como el calendario de vacunación. En esos años, enfermedades como el sarampión, el tétanos o la poliomielitis eran amenazas constantes.
Amiga y compañera de Sor María Ludovica, la refugió en su casa en 1955
También fue protagonista de un proceso histórico más amplio: la lenta incorporación de las mujeres a la medicina. A pesar de su trayectoria, nunca accedió a los cargos más altos, reflejo de una época en la que los puestos jerárquicos estaban reservados para varones. Aun así, su presencia abrió puertas.
Su historia familiar también da cuenta de ese contexto. Augusto Gonzalvo, neurocirujano radicado en Australia y sobrino nieto de Carbonari, destaca que en los años ‘30 “era impensado que una mujer estudiara medicina”. Y agrega: “Para ser mujer en ese ámbito había que ser mejor que los hombres, se les exigía más”.
Ese nivel de demandas implicaba sacrificios. Muchas profesionales debían relegar aspectos de su vida personal para sostener sus carreras. En el caso de Carbonari, se casó a los 45 años, en medio de un contexto político complejo, y adoptó una hija. Sin embargo, el matrimonio no prosperó, probablemente por las dificultades de compatibilizar la vida profesional con los mandatos de la época, deducen sus familiares.
Amiga y vinculada como estaba con Sor María Ludovica, su casa sirvió de refugio para ella y otras religiosas en junio de 1955, con el ataque a las iglesias consumado como represalia por el bombardeo a la Casa de Gobierno lanzado por varias unidades de la aviación naval. “Tuvieron que salir a la calle vestidas de civil, sin los hábitos, y Felisa las recibió en su casa”, explica Augusto.
Su tía abuela fue la primera profesional en una familia de personas de oficio. Él y dos de sus hermanos siguieron los pasos de Carbonari: su hermana, fallecida en 2012, era terapista en cuidados críticos y su hermano es médico deportólogo.
“No tuvimos influencia directa porque la conocimos poco, pero sí hay una gran historia familiar ligada a la medicina”, detalla, con nombres destacados que circulaban por su casa de manera cotidiana, como José María Mainetti y Emilio Cecchini, entre otros.
Quienes conocieron a Felisa la recuerdan como una mujer seria, de carácter firme pero amable, comprometida con su trabajo y con una ética inquebrantable. “Tenía ángel”, dicen sus exalumnos. También una idea clara sobre el valor y la fuerza de los deseos: “Lo importante es tener vocación”, sentenciaba Felisa, “después, el triunfo llega solo”.
Su legado se extiende más allá de su especialidad en enfermedades infecciosas. Fue una de las primeras mujeres en manejar un auto en Ensenada, una señal más de su espíritu pionero. Y, sobre todo, fue parte de una generación que abrió camino en un ámbito que no estaba preparado para recibirlas.
Días atrás, la Sociedad Médica de La Plata y la Cátedra Libre de la salud de la mujer reconocieron a Carbonari como Personalidad Destacada 2026, para recuperar su trayectoria profesional y también su impacto humano, en tiempos en los que persisten -pese a todo- fuertes desigualdades de género.
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