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Rodolfo Lambruschini
Era un intenso verano de esos en que no hay aire acondicionado que ayude ni ventilador que alcance. Como yo no era de los más antiguos, me tocaba tomar las vacaciones después de que “los más viejos” eligieran fecha. Por eso, en pleno enero, ahí estaba padeciendo el calor en el consultorio del hospital, atendiendo con la mejor sonrisa que el clima me permitía.
Eran algo así como las once y pico y me faltaban una o dos pacientes cuando escuché la dulce voz de Marta, la enfermera. Un grito amigable que despertó hasta a los fetos dentro de las panzas: —¡Dr. Lambruschini, teléfono, urgente! —fue el alarido.
Lo escuché desde el interior del consultorio, a veinte metros del office y con la puerta cerrada. En aquellos años, los celulares no eran populares; todo era a teléfono clásico o, en el mejor de los casos, con los viejos radiollamados que yo no tenía.
—Discúlpeme un segundito, señora —le dije a la embarazada frente a mí, y acudí a la solicitud.
En aquella época, además del hospital, tenía mi consultorio en La Plata y trabajaba como médico obstetra en la vieja Clínica Ezpeleta. Ese día no me tocaba guardia, pero por las vacaciones se cubría como se podía. Así fue como atendí el llamado desesperado.
—Doctor, venga urgente. Tenemos una mujer en partos, llegó en período expulsivo y con el bebé de cola.
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Eran las palabras de Marta, la enfermera de la clínica (que casualmente se llamaba igual que la del hospital). Era una “todoterreno”: jefa de piso, responsable de insumos y encargada del triage. Estaba haciéndome una foto del estado de situación.
—Pero yo no estoy de guardia, ¿quién está? —contesté al instante.
—No sé a quién le corresponde, con las vacaciones se complicó todo. Pero me acordé que usted estaba en el hospital, lo tengo a mano, ¡por favor venga!
Fueron sus últimas palabras en un tono desgarrador antes de colgar. Me quedé con el auricular en la mano y el pedido resonando en mi cerebro, poniéndome en la piel de esa pobre mujer desamparada ante un nacimiento complicado, incluso para un obstetra.
Salí en busca de mi viejo Fiat 128, transporte de tantas urgencias. El auto casi iba solo; el camino a la clínica me lo sabía de memoria. Mientras manejaba, iba pensando: la clínica tenía médico de guardia y terapista, Marta no estaba sola. Pero en la jerga médica solemos decir, a modo de broma: “Si tu hijo se recibió de médico y sabe mucho, que haga Clínica Médica; si es hábil con las manos, Cirugía; pero si es medio duro, que haga Obstetricia”. Ahí comprobé lo falaz del dicho. Ante un parto difícil, hasta al más sabiondo de los galenos se le frunce el esfínter para evitar que el miedo cause estragos.
Al llegar, me encontré con una imagen que hoy, más de veinte años después, guardo en la retina como si fuera un museo de cera. Todos estaban duros. El neonatólogo, el médico de guardia y la terapista parecían sacerdotes a punto de dar la bendición, inmóviles, con la mirada fija en la zona perineal de la mujer. Marta estaba apoyada sobre el abdomen materno intentando empujar al bebé. Y la frutilla del postre: asomando entre los labios genitales, se veía una enorme y regordeta pierna con su rosado pie. El feto “había metido la pata”, como diría mi abuela tiempo después.
Así me recibieron. Los ocho ojos se clavaron en mí y sentí el peso de esa responsabilidad.
—Pará, Marta, no empujes más —fue lo primero que dije mientras me calzaba el camisolín y los guantes.
A medida que me acercaba a la camilla, los otros dos colegas fueron dando pasos en sentido contrario, saliendo despacio hacia el pasillo y abandonando la escena.
—Poné el detector de latidos —le indiqué a Marta.
Esos hermosos 144 latidos por minuto aflojaron la tensión. Miré al neonatólogo, que ya recuperaba el color:
—¿Te gustan, o lo aceleramos? —le dije para demostrar que el bebé estaba bien.
—Con eso me conformo —contestó.
Marta ya no empujaba y la parturienta tenía escasas contracciones. Necesitábamos más “motor”.
—Pero mire que ya tiene una ampolla —advirtió Marta mirando el suero.
—Bueno, pero necesito más dinámica —contesté.
Y ahí fue la otra dosis de “synto”. Muy poquito tiempo necesitamos para que hiciera efecto. En el tacto me encontré con el otro piecito; suavemente lo saqué y entonces se vino la pierna completa, como si el bebé hubiera estado esperando esa mínima maniobra para estirarse.
La medicina mágica intravenosa hizo efecto máximo y la señora sintió deseos de pujar nuevamente. En un solo pujo sacó la cola hasta la mitad de la espalda. Vi que los brazos estaban flexionados y, con otra suave maniobra, pude estirarlos. Solo quedaba la cabeza dentro. A esta altura, el feto ya estaba envuelto en una compresa para que el cambio de temperatura no lo estimulara a respirar antes de tiempo. Me quedaba la última maniobra para facilitar la expulsión de la cabeza, esa que un tal Bracht inmortalizó con su apellido y que permite finalizar con esa artística forma que tiene la obstetricia de vigilar un nacimiento diferente.
—¡Grande, Doc! —dijo mi compañera mientras le entregaba el hermoso bebé al neonatólogo.
—No, Marta —contesté—. Hice lo que me enseñaron los libros, y lo primero, aunque no lo diga el libro, es no desesperarse.
—Claro, usted lo dice porque hizo esto un montón de veces, pero para nosotros... — dijo ella, ya distendida.
Es real: la cotidianidad de nuestro accionar, cuando todo sale “redondo”, parece rutinaria y a veces nosotros mismos no damos trascendencia a lo que hacemos. Pero en medicina dos más dos no siempre es cuatro. A veces aparecen sorpresas donde la complicación cambia el rumbo en sesenta segundos y pasamos de la alegría a la desgracia más profunda. Y, por supuesto, a recibir la carga de la culpa, porque se supone que un parto es un evento natural que no puede terminar mal. ¡Qué error tan grosero!
Aún hoy no sé qué fue de los dos colegas que abandonaron la escena; supongo que seguirán reponiéndose del shock. Recuerdo con cariño mi paso por esa institución y a los maestros que me formaron para hacer las cosas lo mejor posible en una época donde internet no era lo que es hoy. Mi memoria viaja siempre al Servicio de Obstetricia del Hospital de Quilmes, cuna de tantos buenos colegas de esta especialidad tan particular: la de atender al binomio madre-hijo. Ese “dos por uno” que tanto cuidado necesita y que nosotros tenemos el honor de proveer.
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