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Temas |UN “APARATO PSÍQUICO” DIFERENTE

¿Los adultos realmente escuchan?: el gran desafío de comunicarse con los adolescentes

El silencio, el portazo y los monosílabos son formas de comunicación. Una psicóloga platense explica por qué el problema rara vez está en los adolescentes, y qué herramientas pueden construir los padres para acompañar esta etapa intensa y decisiva

¿Los adultos realmente escuchan?: el gran desafío de comunicarse con los adolescentes

Muchos padres suelen buscar asesoramiento con psicólogos para solucionar el problema pero, la respuesta, no siempre es la esperada / Freepik

3 de Mayo de 2026 | 06:44
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Hay un momento en que muchos padres sienten que perdieron a su hijo. No físicamente: el chico sigue ahí, en la misma casa, en el mismo cuarto. Pero algo cambió. Las conversaciones se volvieron cortas, los gestos escasos, la distancia enorme. Para la psicóloga platense, Milagros Roldán, ese momento no es una señal de fracaso sino el inicio de una etapa que exige de los adultos algo concreto: nuevas herramientas.

“El aparato psíquico en la adolescencia está constituido de otra forma que lo que es la adultez. Entonces, por eso es muy conflictivo para los padres convivir con ese mundo diferente”, explica Roldán en diálogo con EL DIA.

La especialista señala algo que, dicho así, parece obvio pero que se olvida con frecuencia: esos padres angustiados alguna vez también fueron adolescentes. “Parece como que por momentos el padre se olvida de que en algún momento él fue joven también”, dice Roldán, y agrega una observación que sacude los prejuicios habituales sobre esta etapa: en su consultorio, son los padres quienes buscan asesoramiento, convencidos de que hay “algo para arreglar” en sus hijos. Pero la respuesta que ella les da es otra.

“No es que el adolescente tiene algo para solucionar, sino que los padres deben construirse herramientas para saber acompañar a ese adolescente”, insiste la psicóloga local.

ADOLESCENCIA Y ADULTEZ

Entender qué pasa dentro de un adolescente es el primer paso para poder acompañarlo. Y la neurociencia tiene algo concreto para decir al respecto: el cerebro en esta etapa no está terminado. La zona que regula el juicio, la planificación y el freno ante los impulsos sigue construyéndose hasta bien entrados los veinte años.

Al mismo tiempo, la parte del cerebro que procesa las emociones trabaja a máxima intensidad. El resultado es una combinación volátil: alta carga emocional con poco recurso para regularla. Por eso lo que a un adulto le parece un problema menor, para un adolescente puede sentirse como una crisis real. No es teatro, ni exageración, ni berrinche: es la arquitectura de su cerebro en este momento de la vida.

Roldán lo confirma desde su práctica clínica: “Esto de la validación siempre es como... el adolescente se hace problema por todo, todo es tremendo, dramatizan todo. Eso es un mito que hay sobre la adolescencia, y en realidad no es que es más grave o menos grave, pero es cómo lo viven esos jóvenes”. Una aclaración que parece simple pero que cambia toda la perspectiva: lo que les pasa a ellos es real, es intenso, y merece ser tratado con la misma seriedad con la que cualquier adulto trataría sus propios problemas.

Esto también explica otra cosa que desconcierta a muchos padres: la aparente búsqueda de conflicto. El adolescente necesita diferenciarse para construir su identidad propia, y eso implica cuestionar, contradecir, poner a prueba los límites. No es mala voluntad: es desarrollo. Saberlo no hace que sea fácil de vivir, pero sí cambia el lente desde el que se lo mira.

ESCUCHAR SIN JUZGAR: UNA HERRAMIENTA CLAVE

Si hay una idea que Roldán repite con convicción es esta: para poder escuchar bien a un adolescente, hay que abandonar el propio pasado. “Para desarrollar una escucha sin juicio, los padres tienen que dejar de pensarse cuando ellos eran adolescentes”, afirma. Y pone el ejemplo de esa frase que tantos conocen bien: ‘”No, yo a tu edad tal cosa, yo haría esto, ¿por qué no haces lo otro?” Y eso no es escuchar empáticamente, eso no es escuchar sin prejuicio: es teñirlo desde lo que uno haría o desde su propia historia’.

La psicóloga propone, en cambio, “una escucha un poco más neutral, objetiva, de afuera; realmente poder entender desde la historia, la experiencia, el recorrido y la edad de ese adolescente”. Y resume en tres palabras las herramientas que, según ella, los padres necesitan construir: empatía, escucha activa y no prejuicio.

 

Los adolescentes no tienen que arreglar algo; sino los padres deben construir herramientas

 

Frente a un adolescente que explota, llora o se cierra, el instinto de muchos adultos es apagar el fuego rápido: restar importancia, corregir la reacción o saltar directo a buscar soluciones. Son respuestas bien intencionadas que, sin embargo, suelen tener el efecto contrario: el adolescente siente que lo que le pasa no importa, o peor, que está equivocado por sentirlo.

“No pedimos que los padres sean psicólogos, pero sí poder entenderlos desde la empatía, desde una escucha activa y del no prejuicio. Me parece que esos tres puntos son claves”, expresa Milagros Roldán.

Validar es otra cosa. No significa aprobar lo que el chico hace ni fingir que todo está bien. Significa reconocer que lo que siente es real para él, que tiene derecho a sentirlo, y que no hace falta resolverlo de inmediato. A veces alcanza con escuchar sin interrumpir, o con decir en voz alta lo que el otro parece estar sintiendo. Ese gesto simple, sin agenda, puede abrir más puertas que horas de consejos.

LAS CONSECUENCIAS DEL SILENCIO PARENTAL

La especialista es clara al señalar lo que puede ocurrir cuando la comunicación falla sistemáticamente: “Trae consecuencias de adolescentes que se cierran, adolescentes que no confían en sus padres, adolescentes que odian a sus padres, que se ponen rebeldes y que muchas veces caen en identificaciones en lo social o en consumo, o haciendo cosas para justamente eso: buscar afuera lo que no tienen de sus padres”, indica.

No se trata de dramatizar. La psicóloga platense es cuidadosa al respecto: “Más que problema, yo lo diría como una temática que es algo supercomún que sucede, tampoco lo vamos a dramatizar mucho”, dice. Pero la realidad es que la falta de vínculos de confianza en el hogar empuja a muchos jóvenes a buscar contención, referentes o sentido de pertenencia en otros espacios, no siempre los más seguros.

Esta etapa tiene una paradoja que pocos adultos terminan de entender: el adolescente quiere independencia pero necesita contención. Quiere que lo dejen solo pero que alguien esté. Rechaza el vínculo al mismo tiempo que lo necesita más que nunca. Cuando esa contradicción no encuentra un adulto que la sostenga con paciencia, el joven la resuelve por su cuenta, generalmente buscando afuera lo que no encontró adentro.

LA TECNOLOGÍA

A la complejidad propia de la adolescencia se suma hoy un factor que redefine todos los vínculos: la tecnología. Roldán tiene una posición precisa al respecto: “La tecnología es una gran ventaja y una gran desventaja en los lazos sociales. Lo que hace la tecnología es romper el cara a cara y el encuentro con la otra persona. Entonces eso juega tanto con compañeros de colegio como con primos, con hermanos y también con padres”.

La pantalla no reemplaza la presencia, pero muchas veces la sustituye. Y eso afecta también la calidad del vínculo entre padres e hijos. Para Roldán, limitar y encuadrar el uso de las redes sociales “es una tarea muy compleja” y es uno de los desafíos a los que los adultos deben “afinarse últimamente con estas problemáticas actuales”. No se trata de prohibir, sino de acompañar el uso desde un lugar de autoridad empática, no de censura.

EL VÍNCULO COMO SALVAVIDAS

Todas estas herramientas tienen un límite: no funcionan en el vacío. Si la única vez que un padre o una madre se sienta a hablar con su hijo es cuando algo salió mal, el adolescente aprende a asociar la conversación con el reproche. Para que el diálogo sea posible en los momentos difíciles, primero tiene que existir en los ordinarios.

Acompañar no es lo mismo que proteger de todo. Un padre que corre a resolver cada malestar de su hijo le está enseñando, sin quererlo, que las emociones difíciles son una emergencia. El desafío es otro: estar cerca sin invadir, poner límites sin invalidar, sostener sin resolver. Esa tensión permanente es, en el fondo, el trabajo real de criar a alguien en esta etapa.

Para Roldán, el adulto tiene la responsabilidad de ser quien construya las herramientas del encuentro: “Obviamente el adulto acá debe construir esas herramientas para saber acompañar a ese adolescente, que es muy difícil, pero bueno, es un mundo que es difícil de complejizar”.

No se trata de ser un padre perfecto, sino de ser un padre presente. Asimismo, agrega: “Poder entenderlos desde la empatía, desde una escucha activa y del no prejuicio. Me parece que esos tres puntos son claves”.

Criar adolescentes tiene algo de acto de fe: uno hace lo que puede sin garantías de que funcione, y los resultados aparecen tarde y de a poco. Pero hay algo que sí es seguro: el adolescente que hoy parece no escuchar, sí registra. Registra la presencia, registra el tono, registra si el adulto se quedó o se fue cuando las cosas se pusieron difíciles.

Un adolescente que se siente escuchado no solo atraviesa mejor esta etapa: sale de ella con recursos propios, con confianza en sí mismo y con la certeza de que hay personas en su vida a las que puede acudir. Ese capital emocional no se construye en una sola conversación, sino en la acumulación de pequeños momentos donde el vínculo se sostuvo, incluso cuando era difícil.

Lo que queda cuando pasa la adolescencia no es el recuerdo de los conflictos sino el del vínculo. Si ese vínculo se mantuvo en pie durante la tormenta, habrá dejado algo que ninguna otra relación puede dar: la seguridad de haber sido visto, aceptado y acompañado exactamente cuando más se necesitaba.

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