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La original serie de animación japonesa debutó el sábado por sorpresa en la pantalla de DeporTV
Una imagen de “Ping Pong”, sorpresa animada en la pantalla de DeporTV
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
Lo primero que llama la atención de “Ping Pong” son esos trazos desprolijos: las líneas de la animación japonesa suelen ser claras, y estas, al contrario, parecen mal dibujadas, apresuradas. Las líneas chuecas, despeinadas, se suman a una falta de respeto total por las proporciones y perspectiva realistas que se hacen evidentes inmediatamente, a continuación. ¿Qué es esta animación desaliñada?
Es “Ping Pong”, uno de los mejores anime (animación japonesa) del corriente siglo, producto de la mente de Masaaki Yuasa, el más interesante animador japonés del presente, al que recientemente Netflix le tocó el hombro para que produzca a comisión series para ellos: por allí andan “Devilman: Crybaby” y “Japan Sinks”, pero su mejor trabajo, su trabajo más libre, es difícil de conseguir en Argentina.
Para rectificar esta deuda histórica, sorpresa: DeporTV rearmó su programación con nuevos contenidos, entre los que se cuenta esta serie animada de once episodios sobre una amistad construida sobre una mesa de tenis de mesa (va todos los días a las 19, y puede verse también por YouTube, Facebook y demás plataformas): la primera creación de Science Saru, el estudio que fundó Yuasa con la intención de salirse de los tiempos y opresiones de la industria y los trabajos por encargo, solo para encontrar del otro lado, en la independencia, nuevas opresiones.
Esta independencia de bolsillos vacíos impactó en la producción: “Ping Pong” fue animada y coloreada mediante un uso muy creativo del Flash (sí, la tecnología de animación de la internet temprana, la de “Tino y Gargamuza” y “El Mono Mario”), pero las carencias económicas y de producción fueron convertidas en una posibilidad de experimentar con nuevas formas de expresividad. Es decir, esos trazos desprolijos no son un mero reflejo de sus condiciones de producción: al contrario, son parte fundamental del espíritu y la atmósfera de la historia, dotándola de un aire punk, enérgico y juvenil. Son los trazos desprolijos, inacabados, de una juventud todavía en formación, todavía en etapa de boceto.
Está claro: esta no es otra historia de deporte y victorias de la animación japonesa. Al contrario: es una subversión de ese género tan extendido (acá solo fueron populares “Supercampeones” y quizás “Slam Dunk”, pero en Japón hay series animadas hasta de golf y ajedrez) que tiene su propio nombre, “spokon”, mezcla de “sport” y “kondo”, que significa “espíritu”. Son, como el nombre describe, historias que resaltan el trabajo y la resiliencia en la persecución de la victoria.
No se trata de eso “Ping Pong”, sino del peso que ese tipo de expectativas sociales (triunfar, ser exitoso) tienen sobre los adolescentes, en ese momento clave de transición donde uno está descartando los valores legados y buscando nuevos, mientras se escurre entre los dedos, como arena, la inocencia. Peko, nuestro protagonista, no parece querer dejar atrás esa etapa de la infancia, confrontar sus miedos; Smile, su amigo y rival, lo considera su héroe, aquel capaz de encender una chispa de magia en este mundo mundano por el que no vale la pena sonreír (de allí su irónico apodo). Y no parece tener demasiado deseo de hacerse fuerte por sí mismo.
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Son el sol y la luna, símbolos que los rodean en el paisaje animado que crea Yuasa. El yin y el yang (el ping y el pong del título): no opuestos, sino complementos que se necesitan uno al otro para encontrar un camino que puedan vivir con plenitud. Ese proceso de maduración de ambos es narrado lejos de todos los trillados modos ya ensayados en el género del “coming of age”, relatando un camino de dificultades, separaciones, melancolía, sin estridencias ni grandes revelaciones. La mesa de tenis de mesa sirve de escenario en esa contienda contra uno mismo, dotando a los partidos no de la emoción artificial del gol salvado en la línea a la que apelan la mayoría de los animes del género, sino de verdadera emotividad.
Es, entonces, una serie introspectiva: por eso, Yuasa no duda en combinar esas líneas sin terminar que representan la juventud todavía cruda con los mundos interiores de los personajes. Los estados de ánimo y pensamientos toman el protagonismo: mares y pájaros y robots habitan el vuelo asombroso y surreal de las contiendas deportivas. Una fantasía solo posible en la animación, pero absolutamente orgánica: no es un vuelo para el lucimiento de su creador, sino para dotar al desarrollo de las criaturas del anime de una capa más profunda, la subjetividad.
Lo primero que llama la atención de “Ping Pong” son sus trazos desprolijos
Esta invasión de la fantasía en el terreno de la realidad debe mucho al autor del manga (historieta) original, en que se basa la serie: Taiyo Matsumoto suele dibujar mundos contaminados lentamente de paisajes surreales, como en “Hanaotoko”, donde un padre que dice que pudo ser profesional de béisbol y que lo buscan para jugar en Marte se convierte para su hijo de delirante a héroe. Al muchacho, que siempre siguió las reglas, el mundo se le va llenando de extraterrestres y otras criaturas fantásticas que se cuelan en el fondo.
De Matsumoto también es ese estilo desprolijo, apurado, pero lo que hace Yuasa con esos diseños dota al anime de un frenesí irresistible: gracias a esa animación desfachatada, Yuasa dibuja movimientos imposibles, juguetones y llamativos, que privilegian el fluir, la explosión y, sobre todo, la expresión, por sobre la dictadura del realismo.
Es un alegato contra la perfección y las superficies alisadas de los contenidos de hoy, que reviste a la historia de una energía única, ausente en el anime televisivo, una industria conservadora atada a un puñado de reglas y fórmulas. Es la potencia del punk enfrentándose a la prolijidad del rock hiperproducido de los 70. Es ese “Bart Simpson mal dibujado” que alguna vez cantaron los 107 Faunos.
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