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Entre ideales estéticos, hábitos arraigados y una cultura que celebra el bronceado, protegerse del sol es una resistencia
El verano suele ser una temporada de relajación de reglas / web
Sabemos que el sol quema. Lo sabemos desde hace años. Sabemos que envejece la piel, que produce daños acumulativos, que hay horarios que conviene evitar y cuidados básicos que ayudan a reducir riesgos. Que puede llegar a generar una enfermedad grave. Que los rayos ultravioleta, invisibles para el ojo humano, en exceso puede causar daños como quemaduras solares, envejecimiento prematuro y cáncer de piel.
La información circula, se multiplica en campañas, notas periodísticas y advertencias médicas. Lo cierto es que está al alcance de todos.
Y aun así, cada verano, el ritual se repite: horas al sol, protector aplicado a medias, sombra apenas ocasional. Como si el conocimiento no alcanzara para modificar la conducta.
El problema no es la falta de datos, sino el peso de un mandato cultural profundamente arraigado. El sol no es solo una fuente de luz y calor: es un símbolo. Verano “bien vivido” suele equivaler a piel dorada, marcas visibles, fotos que certifican la exposición.
El bronceado funciona como prueba. Una señal corporal de descanso, de tiempo libre, de disfrute. Cuidarse, en cambio, muchas veces aparece asociado a la idea de límite, de restricción, de no aprovechar del todo.
Desde la infancia aprendemos a vincular el sol con lo deseable. Vacaciones, playa, pileta, juegos al aire libre. La sombra aparece como un intervalo, un lugar de paso. Rara vez como destino. Esa lógica se arrastra hacia la adultez. Buscar reparo puede sentirse como una exageración. Volver a ponerse protector, como una molestia. “Un rato más y listo” se convierte en la frase que habilita la sobreexposición.
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A ese mandato se suma la dimensión estética. El verano es la temporada del cuerpo a la vista. Se muestra la piel, se compara, se mide. En ese escenario, el bronceado conserva un valor simbólico: es signo de vitalidad, de salud aparente, de vida al aire libre. La piel clara, en cambio, todavía se asocia a encierro, a falta de sol, a no haber salido lo suficiente. Protegerse, entonces, puede vivirse como ir a contramano del clima general.
También opera una ilusión de control. Creemos que conocemos nuestro cuerpo, que sabemos cuánto aguanta, que podemos dosificar el riesgo. Confiamos en que esta vez no va a pasar nada. Que el daño es inmediato y visible. Pero el sol trabaja de otro modo: de forma silenciosa, acumulativa, a largo plazo. No deja marcas evidentes en el momento y, justamente por eso, resulta fácil subestimarlo.
El verano, además, es una temporada de relajación de reglas. Se come distinto, se duerme menos, se rompen rutinas. En ese contexto, el cuidado también se flexibiliza. Las recomendaciones quedan para después.
Cuidarse parece incompatible con la idea de libertad que el verano promete. Como si el descanso verdadero implicara necesariamente exponerse, excederse, ir un poco más allá.
Es necesario repensar nuestras prácticas. La realidad -o por lo menos la más saludable-, por más que las redes sociales combatan la idea, protegerse del sol no supone renunciar al disfrute, sino revisar qué entendemos por disfrute.
En este escenario es vital aceptar que estar a la sombra también es estar de vacaciones. Que cubrir la piel no es esconderse. Que el placer no necesita dejar huellas visibles para ser real. Que el cuerpo no tiene que “mostrar” nada para validar el descanso.
Tal vez por eso cuesta tanto. Porque cuidarse del sol no es solo una práctica individual, sino un gesto cultural. Una práctica en conjunto, con los otros.
Implica correrse del mandato de la exposición permanente. Elegir el reparo en una temporada que invita a mostrarse. Sostener el cuidado cuando todo alrededor parece empujar al exceso. En un verano que celebra la intensidad, cuidarse puede parecer un acto menor. Pero también puede ser una forma distinta de habitar el tiempo libre.
Más consciente, más atenta, menos exigente. Una manera de disfrutar sin pagar el costo después. Porque el sol no es el enemigo. El problema aparece cuando la exposición deja de ser elección y se convierte en obligación.
El bronceado suele ser un símbolo de descanso, tiempo libre, y de verdadero disfrute en verano
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