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Daniel Montoya
eleconomista.com.ar
Cuando André Malraux le habló a Victoria Ocampo de “la capital del Imperio que no fue”, no estaba hablando de nostalgia. Estaba aludiendo a una anomalía política estructural, a un nudo, que ningún líder político supo cómo resolver y que, sin embargo, organiza toda la política argentina desde abajo.
En particular, tras la reforma constitucional de 1994 que fuera precedida por la jugada maestra de Raúl Alfonsín de aprovechar la desesperación reeleccionaria de Carlos Menem para, de paso cañazo, intercambiar la autonomía de la Gran Joya de la Corona argentina en el marco del aún polémico Pacto de Olivos. En este punto, vale aclararlo aquí una vez más: Buenos Aires no es simplemente la ciudad más desarrollada del país. Es el sedimento de una ambición continental truncada: la de una nación que en el siglo XIX tuvo los recursos, la geografía y los puertos para ser algo mucho más grande de lo que terminó siendo.
Lo que quedó de eso no es un Imperio. Es su capital. Con todo lo que ello implica en términos de concentración de riqueza, de poder y, muy especialmente, de desequilibrio territorial. El dato no es menor ni meramente simbólico. La Ciudad de Buenos Aires maneja un presupuesto anual de aproximadamente US$ 13.000 millones, con un ingreso per cápita que no dista demasiado del de la Comunidad Autónoma de Madrid, la más rica de España.
Ese número, en un país donde 21 de sus 24 provincias no alcanzan a generar ni el 30% de la riqueza per cápita porteña, no es una curiosidad estadística.
Es la radiografía de una república federal que, en la práctica, funciona sobre un desequilibrio de origen tan profundo que ninguna reforma fiscal ha logrado siquiera rozarlo.
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Mauricio Macri lo sabe. Quizás mejor que nadie en el espacio no peronista. Porque el PRO, a diferencia del peronismo que tiene a la provincia de Buenos Aires como su reserva estratégica natural, tiene algo mucho más precario: la capital del Imperio que no fue, más Entre Ríos, Chubut y algún municipio bonaerense relevante como Mar del Plata, a la par de los ya casi integrados a la Capital, Vicente López y San Isidro.
Para el peronismo, perder la Provincia es una herida grave pero no mortal. Para el PRO, perder la CABA es directamente la extinción. No hay colchón demográfico alternativo, no hay interior profundo que compense, no hay segunda línea territorial.
CABA es para el PRO lo que el oxígeno es para los mamíferos: no una ventaja, sino una condición de existencia.
Por ello el acto de Macri, con su frase ya célebre de que el PRO no viene a cuestionar el rumbo sino a completarlo, merece ser leído en una clave diferente a la que propone la narrativa del relanzamiento nacional.
Ese discurso no es, en su sustancia más profunda, un proyecto de poder para 2027. ¿Quién se puede tomar en serio semejante cosa con un PRO que viene de perder en las propias parroquias chic del súper estratégico eje electoral de Avenida del Libertador? Para ser más precisos, el corredor que va desde Retiro hasta Núñez.
Pues si alguien tiene alguna duda, yo no tengo ninguna: la movida en Parque Norte es una operación de blindaje territorial del corte de aquella realizada por Napoleón tendiente a recuperar la ciudad portuaria de Toulon en 1793. Y no al grito de “no se inunda más” sino a otro de corte más bélico: ¡al Ejército violeta ni justicia!
Aquí conviene ser brutalmente preciso: el caudal electoral del PRO hoy, inclusive en la Ciudad, es modesto. La propia interna porteña donde la lista encabezada por Manuel Adorni le ganó al espacio macrista en su propio territorio lo demuestra con una claridad incómoda. Fin.
La amenaza de forzar una segunda vuelta en 2027 con ese caudal es, en el mejor de los casos, un argumento de segunda línea. Pero la amenaza legislativa es otra historia.
Con los diputados propios que le quedan, Macri tiene capacidad real de trabar iniciativas de Milei en el Congreso, como ya quedó demostrado a lo largo de 2025. Y, actuando en tándem con la oposición panperonista y otros aliados circunstanciales del gobierno que hoy operan con autonomía creciente, esa traba puede escalar hasta algo cualitativamente diferente: poner al presidente al borde de una crisis de gobernabilidad.
Por ello, no es casualidad que Cristian Ritondo, la espada legislativa de Macri, haya tenido un rol tan visible en el acto. El mensaje no iba dirigido a los votantes, sino con acuse de recibo mediático al inquilino de la Casa Rosada que, vale decir, pronto se buscará hasta un cumpleaños de 15 en el exterior, para salir de la balacera local que viene recibiendo a raíz de escándalo Libra, del viaje romántico de su jefe de gabinete y de una economía que carretea pero nunca despega.
Lo que está ocurriendo, leyéndolo sin anteojeras, se parece bastante a una negociación en curso cuya moneda de cambio no es parlamentaria, sino territorial. El razonamiento implícito es el siguiente: a cambio de pax legislativa, y quizás también judicial, dada la conocida cercanía de Macri con determinados actores del Poder Judicial, la Casa Rosada debería abstenerse de seguir proyectándose sobre la Ciudad de Buenos Aires. Hablando en criollo, dejarse de joder con la Ciudad. Fin.
Es decir, sacar su foco del territorio que es, para el PRO, la única plaza que no puede perder. ¿Por qué si no estarían ocurriendo estos lanzamientos con tanta antelación, en un calendario que no tiene precedentes en ninguna otra jurisdicción del país?
El caso de Rodríguez Larreta es ilustrativo. Nadie lanza una candidatura porteña con años de anticipación por entusiasmo genuino. Se hace cuando hay algo que blindar antes de que sea tarde.
De mínima, se trata de sellar su participación en esta gran mesa de truco porteña en formación, dónde asoma la posibilidad de una nueva interna versus una Patricia Bullrich que también amaga más arriba, a riesgo de chocar contra el alter ego de Milei, su hermanísima Karina.
Volvamos al principio. Malraux hablaba de la capital de un Imperio que no existió. La paradoja argentina es que esa capital existe, funciona y tiene una gravitación sobre el resto del país que ningún otro sistema federal del mundo replica de manera tan extrema.
Macri no está intentando construir un Imperio. Está intentando algo más modesto y más urgente: conservar la herencia. Proteger el único territorio donde el PRO sigue siendo, todavía, una fuerza con peso propio.
La negociación que se abre, si es que Milei decide leerla como tal, es simple en su lógica aunque compleja en su ejecución: la capital del Imperio que no fue queda fuera del mapa de la competencia libertaria, y a cambio, la gobernabilidad del proyecto oficial no tendrá sobresaltos desde el Congreso.
Más vale que el combo también incluye algunos expedientes judiciales que en Comodoro Py alternan entre una curiosa calle siempre atascada y una autopista de alta velocidad dónde podría probar su F1 Franco Colapinto.
Macri no está jugando a 2027. Está jugando al presente. Y ese juego, por más que se revista de grandilocuencia nacional, es en el fondo un juego de supervivencia territorial.
El Imperio no fue. Pero su capital sigue siendo lo suficientemente poderosa como para definir quién gobierna, quién negocia y quién, llegado el caso, puede dejar de existir políticamente. Y Macri lo sabe mejor que nadie.
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