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La Librería Pinocho nació un 7 de marzo de 1966 y, actualmente, sus puertas siguen abiertas más de 12 horas cada día. Sus inicios como un local de ropa, sus momentos críticos y cómo es trabajar en familia
La librería Pinocho fue fundada el 7 de marzo de 1966. Hoy, sigue vigente / EL DIA
Las agujas marcan 6:45 y a metros de la esquina que une calle Cantilo con diagonal Jorge Bell -en el corazón de City Bell, localidad del norte de La Plata- dos hombres levantan una persiana, abren la pequeña ventana de atención, acomodan los bancos en la vereda.
Las agujas, ahora, marcan las 7 en punto y la fila ya presenta a más de un cliente. Muchos son chicos que asisten a la escuela lindera y que olvidaron sacar una fotocopia a tiempo. Aprovechan y compran hojas, mapas y resaltadores. Suena el tiembre: son las 7:15 y la calma se apodera del espacio. Solo se percibe el ruido de las máquinas imprimiendo, de Whatsapps llegando de forma casi ininterrumpida, de la pava eléctrica cuyo contenido está a punto de hervir.
La postal exhibe una mañana más en la Librería Pinocho que, el pasado 7 de marzo cumplió 60 años y que a principios de abril recibió un reconocimiento por el Concejo Deliberante de La Plata: ser un espacio de interés municipal y cultural.
Sus dueños, los hermanos Vendramin -Juan José, Daniel y Andrés-, continuaron el legado que iniciaron sus padres y todos los días abren el negocio de 7 a 20. Aseguraron, en diálogo con EL DIA, que aunque son muchas las horas de trabajo, disfrutan de estar en familia, de la relación con los clientes y que Pinocho, ya es un miembro más de la familia.

Daniel y Andrés Vendramin, hace más de veinte años, festejando dentro del comercio de sus vidas / EL DIA
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La librería, que nació en 1966 casi por casualidad, hoy es sinónimo de City Bell y, como lo dice un cartel adherido al ventanal frontal, es mucho más que una librería y fotocopias.
Así lo graficó Daniel Vendramin, uno de los dueños actuales, a este diario: “Pinocho es una gran parte de mi vida. Pasamos muchas horas acá. Yo siempre digo que cuando hablo de la librería no digo ‘voy al negocio’, sino ‘voy a Pinocho’. Para mi es un miembro de mi familia”.
Nos sentimos parte de City Bell. Acá vienen abuelos que traen sus nietos, y que fueron alumnos. Acá pasaron como cuatro generaciones. Nos sentimos muy identificados”.
Daniel Vendramin
Dueño de la librería
Fines de 1965, principios de 1966. Inés e Ive Vendramin, junto a Mercedes -prima hermana de Inés-, pensaron que sería una buena idea poner un negocio en la prometedora Galería Bell. Esta se encontraba sobre la calle Cantilo -quizás una de las más conocidas e históricas de City Bell, y que hoy exhibe en sus calles el principal motor comercial de la zona-, a pocas cuadras del Camino Centenario y de la estación de tren de la localidad, lo que significaba un lugar de tránsito.
La primera idea, más que nada impulsada por Inés y Mercedes fue poner un local de ropa para bebés y niños, aprovechando sus fortalezas y virtudes en la costura. Pero, una idea nueva lo cambió todo.
“A mi papá se le ocurrió, por la cercanía con las escuelas de la zona, poner una librería”, contó Daniel. Así, un 7 de marzo, los Vendramín levantaron la persiana y con el inicio del ciclo lectivo, la propuesta fue un éxito.
“Pinocho es un lugar de referencia. Siempre está. No es solo el producto, sino cómo te tratan”
Pinocho es una figura más que conocida en la literatura universal. Devenida de la cultura italiana a fines del siglo XIX, fue una figura reiventada en libros y películas infantiles. Quizás por ello, quizás por ser una palabra corta y de uso común o quizás por ambos motivos, Pinocho fue el nombre elegido por los Vendramin para su comercio. Hoy, entre ventanales, persianas y toldos para los clientes, fotos y figuras del personaje de madera emergen en el comercio.
Con nombre, espacio físico y una clientela prometedora, la librería comenzó su historia.
Además de vender artículos de librería, Pinocho era punto de encuentros entre estudiantes, se armaban encomiendas, se recibían y escribían cartas y hasta se resolvían dudas escolares.
No obstante, en 1973, con el fallecimiento de Ive, todo cambió.
“Al poco tiempo, mi tía puso su propio comercio y mi mamá siguió sola. A los años, mi vieja enviudó y aunque nosotros -mis hermanos y yo- eramos chicos, nos hicimos cargo del negocio”, explicó Vendramin.
“Hemos pasado todas: cheques rechazados, inhibiciones, un dólar alto, un dolar bajo. La realidad que pasamos todo lo que se te ocurra y, a fuerza de sostener, de pedir prestamos, logramos salir de todos los inconvenientes que cualquier comerciante tiene”, detalló Vendramin y añadió: “Hos hemos estabilizado. Estamos contentos y por suerte tenemos mucho trabajo. Por ello pasamos horas y horas en el negocio”.
La librería, que nació en 1966 casi por casualidad, hoy es sinónimo de City Bell
Desde entonces y atravesando diferentes planes económicos y sus respectivas crisis, y la injerencia de gobiernos de diferentes colores políticos, Juan José, Daniel y Andrés son las caras detrás del mostrador y quienes llevan adelante Pinocho.
Suben la solapa de la máquina, colocan la hoja horizontal, cierran la solapa, esperan hasta que por una rendija lateral se escapan las fotocopias. Son varias las impresoras que funcionan simultáneamente en la librería.
En el medio del espacio, una mesa con documentos, mate, una calculadora. A la izquierda de la ventana de atención, emerge una computadora y hasta un pequeño micrófono para hablar con los clientes. Detrás, resaltadores, papeles adhesivos, mapas y un centenar de artículos de librería. A la derecha, una escalera cuyo destino es un anexo de Pinocho.
Pero, aunque el espacio es reducido, los que trabajan en la librería Pinocho se mueven con soltura, no se chocan entre si. “¿Qué te doy amigo?”, “Mandalo por WhatsApp”, “Bueno, después me lo mandás”, “Andá tranquilo”. Atienden y hablan mientras imprimen. Así, hace más de medio siglo, de 7 a 20.
Vengo desde chiquita, desde hace 30 años y este es el único lugar de referencia no solo para comprar artículos de librería, sino para el encuentro y eso es lo que tiene de interesante el lugar”.
Natalia
Vecina y cliente
“Hacemos horario corrido y realmente todo el día hay movimiento. Es meterle horas y horas de hacer fotocopias”, contó Vendramin y, en relación a trabajar con la familia, sentenció: “Es genial. Es una relación que mucha gente la ve rara. Juanjo, que es mi hermano mayor, ha sido un valuarte para el negocio, ahora ayuda logísticamente. Con reformas, con soldar, con poner estanterías. En tanto, Andrés está desde las 6:45 hasta las 20. Está clavado acá todo el día. La verdad es que estamos bien. Nos peleamos bastante poco”.
“Nosotros nos sentimos parte de la localidad. Acá vienen abuelos que traen a sus nietos y que, en su momento, fueron alumnos. Por Pinocho pasaron como cuatro generaciones. Nos sentimos muy identificados, sobre todo con la gente más grande que conocieron a mis padres”, contó Daniel Vendramin.
En cuanto a la relación con los vecinos, detalló que a los clientes de siempre se sumó mucha gente nueva: “Vienen personas que no conocemos, de los countries de la zona o inclusive que viven en La Plata o Buenos Aires. Uno tiene relación con los que han sido casi históricos. Pero vecinos de siempre quedan pocos. City Bell se ha transformado en un centro comercial pero si tenemos una buena relación con la gente. Creo que eso nos ha sostenido siempre: la gente, los clientes”.
Sin ir más lejos, una cliente -en diálogo con este diario- manifestó: “Pinocho es un lugar de referencia. Siempre está. No es solo el producto, sino cómo te tratan. Forman parte de la cultura de City Bell”.

Entre resaltadores, impresoras y computadoras, reciben cientos de clientes a diario / EL DIA
City Bell, con el devenir de los años, ha sido eje de una transformación cultural, geográfica y comercial. Pasó de tener estancias de grandes extensiones a múltiples comercios gastronómicos. En ese urbe que late en la localidad del norte platense, Pinocho es un guiño a la nostalgia.
No obstante, en cuanto a lo que viene, Vendramin no piensa en el futuro: “Yo tengo casi 67 y esto es día a día. Vemos como responde el físico y como funciona la cabeza”, señaló.
Ante la pregunta “¿Tus papás estarían orgullosos?”, Vendramin concluyó: “Yo creo que si, sobre todo por la cantidad de años y por haber mantido esto a fuerza de trabajo y esfuerzo. Muy orgullosos estarían. Sobre todo mi mamá que fue la que más estuvo acá”.
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