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Vivió casi 17 años y murió hace poco más de dos, pero su “papá humano”, los taxistas de calle 9 y el dueño de un puesto de diarios y revistas lo tienen muy presente. Las andanzas de un Shih Tzu rescatado, que ya se volvió leyenda
Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com
Por momentos parece que Nachito sigue ahí. Que en cualquier instante va a aparecer trotando por 9 entre 35 y 36, con el diario en la boca, reclamando agua, comida o un lugar fresco donde dormir la siesta. En la parada de taxis del Hospital Español todavía hablan de él en presente. También Hugo Claveri, su “papá humano”, que dos años y tres meses después de su muerte sigue besando sus fotos cada vez que pasa por el lugar.
“Era mi hijo”, dice Hugo, de 68 años, y no parece una frase hecha. Lo dice con una mezcla de orgullo, dolor y costumbre. Como si todavía conviviera con ese pequeño Shih Tzu con el que se cruzó hace casi veinte años y terminó convirtiéndose en una leyenda barrial.
La historia empezó una tarde en 37 entre 9 y 10. Hugo se enteró que una familia que vivía en un edificio de esa zona quería desprenderse de ese pequeño cachorro porque “los chicos no lo querían más. Y me lo traje. Era precioso, muy bebé”, recuerda. Por entonces todavía trabajaba como camionero y pasaba muchas horas fuera de su casa. Pero desde el primer día el perro se convirtió en su compañero inseparable. Lo llamó Nachito y empezó a enseñarle pequeñas rutinas que terminaron transformándose en escenas conocidas por medio barrio.
Lo acostumbró a caminar sin correa y a llevar el diario en la boca. “No iba atrás ni al costado. Siempre iba adelante. Me cargaban porque decían que él me sacaba a pasear a mí”, cuenta entre risas.
Nachito aprendía rápido. Tanto, que hasta diferenciaba los días laborales de los domingos. “Cuando yo salía vestido para trabajar, no se alejaba mucho. Pero los domingos sí. El veterinario me dijo que reconocía la ropa y sabía que yo no iba a trabajar”.
La caminata diaria terminaba casi siempre en el puesto de diarios y revistas ubicado frente al Hospital Español. Allí Nachito desarrolló otra de sus costumbres: “torear” al dueño del kiosco hasta conseguir agua, comida o algún privilegio extra. En verano reclamaba ventilador; en invierno, estufa. Después se acomodaba y dormía. “Y nos íbamos cuando él quería, no cuando quería yo”, dice Hugo.
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El perro terminó apropiándose del lugar. Antes de que colocaran rejas alrededor del hospital, era el único animal al que dejaban entrar libremente a los jardines. “No permitía que entrara ningún otro perro. Se sentía el dueño”, recuerdan en la zona. En el barrio todos lo conocían. Muchos vecinos saludaban primero al perro y después a Hugo. Algunos incluso empezaron a llamar al hombre por el nombre del animal.
“Era especial”, resume. La rutina entre ambos se volvió absoluta. Paseaban tres veces por día: mañana, mediodía y tarde. Compartían la cama, el sillón, las horas de televisión y hasta las enfermedades. Cuando Hugo fue operado de la rodilla, Nachito pasó veinte días acostado junto a él. “No se movía. Llamé a mi hijo para que lo sacara a pasear y no quería dejarme. Tuve que levantarme yo como pude”, cuenta.
Hugo siempre tuvo perros, pero asegura que nunca vivió un vínculo igual. A Nachito le compró una estufa propia y un ventilador exclusivo. No comía solo: había que darle el alimento en la boca. Y cuando regresaban de la caminata, llevaba el diario hasta la habitación. “Los animales sólo te piden cariño”, dice.
En las madrugadas, cuando todavía manejaba camiones, salían juntos a caminar por una ciudad vacía. “Andábamos nosotros solos, como dos locos”, recuerda. Una noche, cerca de las tres y media de la mañana, Hugo quiso doblar por una calle que no estaba tan oscura y le sorprendió que el perro se resistiera, pero no le hizo caso y terminó siendo asaltado por motochorros.
“Cuando escuché la frenada le dije que se escondiera atrás de un árbol porque se lo iban a robar. Me sacaron todo, pero cuando se fueron él salió corriendo. Tenía bronca por el robo, pero alegría de que no se lo hubieran llevado”.
Con el tiempo, Nachito también empezó a formar parte del universo de los taxistas del Hospital Español. Se quedaba largas horas en la parada, saludaba a los choferes y observaba los movimientos como uno más.
“Para nosotros era un compañero”, cuenta Patricio, taxista de la parada. “Tenía una inteligencia superior. Se llevaba el diario en la boca como si fuera un canillita”.
Los choferes terminaron adoptándolo como parte del paisaje cotidiano. Le daban comida, agua y caricias. Hugo todavía recuerda el día en que uno de ellos le prestó plata para comprar alimento porque no le alcanzaba. “Cuando cobré se la devolví con una caja de bombones.”
El 29 de enero de 2023, Nachito murió. La tarde anterior Hugo lo había sacado a pasear como siempre, pero escuchó un quejido extraño. Lo llevó primero a su veterinario de confianza y después a una clínica. “Me dijeron que la internación iba a salir cara. Les dije: ‘No importa, tengo la tarjeta. No comeré un mes, pero salvámelo’”.
Al día siguiente debían hacerle una tomografía. Hugo salió un rato para realizar un trámite y dejó al perro con una amiga. Ella lo llamó urgente porque Nachito lloraba mucho. Y Hugo volvió corriendo. “Llovía mucho -recuerda-; apenas llegué y lo toqué, murió. Me esperó para irse”, asegura.
Nachito “pedía” comida, ventilador y estufa en el puesto de diarios
No quiso cremarlo. Lo enterró en el fondo de su casa y le construyó un pequeño techo sobre la tumba. También dejó allí una bolsa con el diario y una cajita vacía de cigarrillos, objetos que el perro llevaba en la boca hasta la casa.
Desde entonces mantiene intactas varias rutinas. Todas las mañanas saluda un cuadro con fotos de Nachito que le hizo su nieta. Después besa la tumba. Más tarde pasa por la parada de taxis y vuelve a besar las imágenes pegadas en la pared.
Porque después de su muerte ocurrió algo inesperado. Los taxistas decidieron bautizar informalmente la parada con el nombre del perro. Pegaron fotos de Nachito y empezaron a repetir un ritual silencioso: tocar las imágenes antes de salir a trabajar.
“Nos trae suerte”, aseguran. “Los que creemos tenemos la costumbre de tocarlo para conseguir viajes largos”, dice Patricio.
Juan, otro taxista, coincide: “Las fotos nos dan suerte. No importa si el viaje es corto o largo. En esta época, cualquiera sirve. Y funciona”. Mientras habla, uno de los choferes grita desde la fila de autos: “¡Salió un viaje a Villa Elisa!”. Los demás se ríen.
“Es creer o reventar”, responde otro, reafirmando aquello de que la superstición se volvió parte del paisaje cotidiano. Igual que el recuerdo de ese pequeño perro color dulce de leche que caminaba por el barrio como si fuera suyo.
Hugo también tiene sus propias certezas. Una madrugada se despertó sintiéndose mal. “Pensé que me moría”, cuenta. Entonces miró una foto de Nachito y le habló en voz alta. “Le dije: ‘Salvame’. Tomé agua, me dormí y al otro día amanecí bien”.
No le preocupa que algunos piensen que exagera o lo consideren loco. “Mucha gente no entiende este vínculo. Pero los animales son lo mejor que hay. No te fallan nunca.” Sigue llamándolo hijo, bebé o mi amor, mientras revela que más de una vez lo siente caminar a su lado o lo escucha tomar agua de su platito.
“No se fue del todo”, dice. En la parada de taxis nadie parece dispuesto a discutirle esa idea.
Cuando Hugo supo que una familia iba a descartar a Nachito no lo dudó: lo llevó a su casa y lo hizo parte de la suya
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