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Autores de grandes obras que fueron desde aviadores a lavadores de platos, pasando por pianistas de cafetines, guardaespaldas o encordadores de raquetas de tenis
Antoine de Saint Exupery, autor de “El Principito”, fue aviador. Surcó los cielos de la Patagonia y la Cordillera llevando sacas de correo / Web
MARCELO ORTALE
Por MARCELO ORTALE
Aviadores, lavadores de platos, empleados públicos, maestros, cazadores de ballenas, pianistas en cafetines, guardaespaldas, carteros, vendedoras de billetes de avión, trompetistas, periodistas, encordadores de raquetas de tenis: cuando no eran célebres la mayoría de los escritores debió ganarse el pan y pagar sus deudas con diversas actividades antes de que algunos de ellos –no todos- pudieron vivir de sus derechos de autor.
El caso literalmente más elevado fue el de Antoine de Saint Exupery aviador que surcó los cielos de la Patagonia y la Cordillera llevando sacas de correo, que enfrentó peligros y se accidentó sobre el Sahara, que ya veterano autor de renombre universal se alistó a los 44 años de edad como voluntario francés en la Segunda Guerra Mundial, para defender a su Francia de los ataques de Alemania.
“Fue aquí donde el principito apareció sobre la Tierra, desapareciendo luego”, había dicho el autor de El Principito. Fue en 1944 cuando Saint Exupery se extraviaría entre las nubes y luego en el transparente mar Mediterráneo que lo abrazó y ocultó para siempre.
En su libro “Piloto de guerra”, emotivo y metafísico como todos los demás, dijo sobre su relación con la principal herramienta de su trabajo: “Soy un organismo que se ha extendido al avión”.
Como aviador mereció las mejores calificaciones. Ya se había destacado muy joven, cuando en 1929 concretó la hazaña de unir Buenos Aires con la Patagonia que, como él dijo, era “la tierra donde las piedras vuelan”. Pese al fuerte viento y a la fragilidad de su aeronave con cabina abierta, había llegado al Sur y logrado así fijar el derrotero que empezó a cubrir desde entonces la línea francesa Aeroposta. Pero tres años antes había unido la costa de Francia con la de África para la línea Latecoere.
Distinto y menos deslumbrante fueron los trabajos de George Orwell, autor de La rebelión en la granja, novelista maravilloso, periodista, ensayista y crítico británico que había nacido en la India. Antes del estrellato literario se había desempeñado varios años como policía y luego lavaplatos en Birmania.
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Hace poco tiempo una revista literaria de Bahía Blanca realizó una encuesta entre sus lectores para determinar qué escritores argentinos son los más famosos. La compulsa que incluyó una lista con treinta nombres determinó como a los más votados a Jorge Luis Borges, en primer término; segundo Julio Cortázar y tercero Roberto Arlt.
Conviene entonces hablar de ellos, que tienen un antecedente común: los tres trabajaron en asuntos relacionados a libros o al periodismo, aunque Arlt, antes de ello, ejerció varios oficios.
La familia Borges no tenía recursos, de modo que el que sería famoso autor de El Aleph y tantas obras más, había conseguido ser nombrado en una biblioteca de Almagro, a la que iba de no muy buena gana. En una oportunidad, contó, un compañero de tareas se levantó la camisa y le mostró “con orgullo” la gran cicatriz de un duelo a cuchillo que había tenido.
En 1946, con la llegada al poder del primer gobierno peronista, Borges recibió una comunicación que lo sacaba de la biblioteca y lo designaba en un organismo de ferias como Inspector de Conejos y Aves de Feria y de Corral, “cargo para el cual no me sentí capacitado”, diría Borges, para explicar su renuncia.
Sus amigos, considerando su capacidad intelectual, le aconsejaron que se dedicara a dictar conferencias y la primera que ofreció fue en La Plata. Y vivió de esa actividad hasta que fue designado en la Biblioteca Nacional que luego dirigió.
A su vez, Cortázar ejerció entre 1930 y 1940 como joven maestro rural y luego como profesor de literatura en varias ciudades del interior bonaerense, entre ellas la de Chivilcoy en donde se lo recuerda como tal.
De esta última experiencia rescató algunos cuentos maravillosos, como el que habla de la familia Musitani, propietaria de la casa La Verdepura, existente aún en Chivilcoy. Esa narración se encuentra en La vuelta al día en ochenta mundos (1967).
Después, emigrado en 1951 a Francia trabajó primero como traductor independiente y luego como traductor de la UNESCO.
Por su parte, Arlt transitó su vida adulta como periodista y cronista policial, para llegar a convertirse en dramaturgo y novelista de relieve. Se destacó por sus columnas en el diario El Mundo donde publicó sus famosas Aguafuertes Porteñas, Pero antes, de niño y joven, fue un “atorrante de arrabal”, fue echado de la Primaria y estudió después en la Escuela de Mecánica de la Armada, en donde aprendió oficios antes de ser echado también de allí. De modo que fue hojalatero, pintor, mecánico y luego inventor -el de unas medias de mujer que no se corrían- pero la idea no prosperó y siguió acosado por una casi total sequía económica. Hasta que las letras le dieron de comer a pesar de su “mal estilo” literario que le adjudicaban: “Se dice de mí que escribo mal. Es posible”, decía. Arlt defendía la impetuosidad de sus escritos, la pujanza de su creatividad, la conexión “periodística” con lo popular que siempre lo caracterizó.
Y hay que cruzar el charco, llegar a Montevideo y encontrar allí a la figura literaria de Felisberto Hernández, el símil oriental del metafísico argentino Macedonio Fernández. Al cabo de su vida Felisberto fue un escritor admirado y citado, entre muchos otros, por Cortázar y por el italiano Italo Calvino.
Pero de chico quiso ser músico y estudió piano. Su vida, estuvo siempre atada a una maltrecha economía y a su inacabable amor hacia la mujeres. Algunos de sus biógrafos dicen que tuvo ocho esposas, otros tan sólo cuatro. Dejó además de algunas viudas, una divorciada que era espía de la muy soviética KGB. Dejó hijos y nietos que hoy son destacados artistas e intelectuales uruguayos.
Fue un destacado pianista que para ganarse el pan tocó en cafetines y también en buenos teatros de Uruguay y Argentina. Y a pesar de las dificultades y tropiezos de su vida, se lo considera como uno de los cuentistas más perfectos de la narración rioplatense, al lado de Horacio Quiroga.
Calvino dijo de él: “Un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un ‘francotirador’ que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas”.
Miguel de Cervantes, soldado y recaudador de impuestos; Charles Bukowski: cartero; Franz Kafka: empleado en una compañía de seguros; Jack London: cazador de ballenas y patrullero pesquero; Enrique Banchs, empleado de banco: Stephen King: maestro de escuela y lavandero. Harper Lee: vendedora de billetes de avión; T.S. Eliot: cajero de banco; Máximo Gorki: auxiliar de cocina; Sidonie Colette: dueña de un salón de belleza; Boris Vian: trompetista; Raymond Chandler: encordador de raquetas de tenis; Douglas Adams, guardaespaldas de un magnate petrolero qatarí.
¿Cómo habrán influido estos primeros trabajos en la obra de escritores que después de ejercerlos, ya con renombre literario, pudieron dedicarse sólo a crear obras literarias?
Acaso la mentalidad libre del escritor habría encontrado el mayor contraste con la rutina de un trabajo regular. Esa regularidad que se oponía a lo inesperado y que apagaba las chispas creativas lo decidió a Charles Bukowsky a renunciar como cartero y aceptar el ofrecimiento de 100 dólares mensuales de por vida que le hizo un editor si se dedicaba a escribir.
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