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Espectáculos |SE ESTRENÓ EN NETFLIX EL DÍA DE LA TIERRA

“Aquí hablamos de huertos”: el jardín como salvavidas

Zach Galifianakis tiene un programa de jardinería en Netflix y es exactamente lo que necesitábamos

“Aquí hablamos de huertos”: el jardín como salvavidas

Zach Galifianakis tiene su huerto, y su huerto ahora tiene su show en Netflix

3 de Mayo de 2026 | 06:35
Edición impresa

Vivimos encerrados. No es una metáfora —bueno, sí, pero también es literal. La mayoría de nosotros pasamos nuestros días en departamentos de techos bajos, rodeados de paredes blancas y pantallas encendidas, comiendo comida que llegó en una bolsa de papel o en una caja de cartón sin que tengamos la menor idea de dónde viene o cómo fue producida. Salimos a la calle para ir al trabajo o al supermercado, y eso, cuando estamos optimistas, lo llamamos contacto con el exterior. El pasto, los árboles, la tierra húmeda: esas son cosas que uno ve en las fotos de Instagram de gente que se fue a vivir al campo y nos produce una mezcla de envidia y alivio. Envidia porque ellos lo tienen. Alivio porque nosotros no tuvimos que mudarnos.

La televisión, mientras tanto, no está ayudando. Todo es oscuridad. La televisión se puso seria —muy seria— y se olvidó de algo que los mejores programas solían saber hacer: ofrecernos un pequeño respiro de nuestra propia vida. Un momento de liviandad. Una razón para sonreír sin culpa.

En ese contexto llegó “Aquí hablamos de huertos”, la serie que Zach Galifianakis acaba de estrenar en Netflix el 22 de abril, Día de la Tierra. Y es exactamente lo que necesitábamos.

Zach Galifianakis no necesita presentación formal, pero por las dudas: es el actor de “¿Qué pasó ayer?”, el creador del incómodo programa de entrevistas “Entre dos helechos”, y es, desde hace 25 años, un jardinero aficionado que vive en el campo canadiense y tiene opiniones muy definidas sobre los abonos orgánicos. Esta última parte era quizás la menos conocida de su biografía pública, pero es la que da forma a este proyecto.

La serie tiene seis episodios de entre quince y veinte minutos cada uno. En cada uno, Galifianakis visita un lugar diferente —huertos de manzanas, granjas de tomates, bosques donde se practica la recolección silvestre, campos de maíz— y habla con agricultores, expertos, historiadores de la comida y, crucialmente, con niños. Los episodios son breves, digestibles, luminosos. No hay villanos. No hay giros argumentales. No hay nada que procesar más tarde. Hay tierra, hay plantas, hay un hombre barbudo con cara de no entender del todo lo que le están explicando.

Esa es la clave del formato: Galifianakis no se posiciona como experto. Se acerca al tema con curiosidad y humor autodenigrante, con el objetivo de aprender junto a su audiencia. Es el tipo entusiasta que mira una semilla con genuina perplejidad y logra que nosotros también la miremos así, como si fuera un objeto extraordinario —que lo es, pensándolo bien.

LA PEDAGOGÍA DEL ASOMBRO

Una de las cosas más difíciles de hacer en televisión es enseñar sin que parezca que estás enseñando. Los mejores programas educativos lo saben: el conocimiento entra mejor cuando no viene anunciado con fanfarria académica, sino envuelto en algo que uno ya quería ver. “Aquí hablamos de huertos” entiende esto a la perfección. Uno termina un episodio sabiendo, sin habérselo propuesto, cómo funciona la clonación genética de los manzanos, qué diferencia hay entre las variedades de tomates reliquia, o por qué el maíz moderno es evolutivamente un caso sin precedentes. La información está ahí, es rigurosa, viene de boca de personas que saben, pero llega disfrazada de conversación entre amigos.

El director Brook Linder lo explicó con una honestidad encantadora: hacer este programa muchas veces se sintió como el pretexto de Zach para hablar con otros jardineros. Hay algo encantador en esa misión: Galifianakis usa su poder mediático no para construir una marca personal ni para posicionarse como gurú, sino para aprender cosas que genuinamente no sabe y compartir ese aprendizaje con quien quiera mirarlo.

EL ANTÍDOTO TIENE TIERRA BAJO LAS UÑAS

Galifianakis ha dicho en entrevistas que lleva veinticinco años visitando la región canadiense donde ahora vive y filma, que la jardinería es para él una práctica real y no una pose estética, y que le preocupa genuinamente la forma en que producimos y consumimos alimentos. En sus palabras: la manera en que obtenemos comida ahora mismo es muy perversa. El programa no predica eso —sería mucho más fácil y mucho más aburrido si lo hiciera— pero lo sugiere en cada fotograma: en la reverencia con que los agricultores tocan la tierra, en el asombro con que Galifianakis observa cómo nace algo de la nada, en el placer casi físico de ver crecer cosas.

LIVIANDAD NO ES SUPERFICIALIDAD

Hay en esa premisa sin ambición algo contracultural: existe un prejuicio cultural, instalado hace décadas y reforzado por la era de la televisión de prestigio, según el cual los productos artísticos serios son los que pesan. Los que duelen un poco. Los que te dejan pensando durante días en decisiones morales imposibles o en el colapso de la familia. La liviandad, en esa jerarquía tácita, es sospechosa: equivale a lo descartable, a lo menor, a lo que no aspira a nada grande. Lo banal.

“Aquí hablamos de huertos” refuta eso con elegancia. Es liviano —deliberada, orgullosamente liviano— y sin embargo deja algo. No un trauma, no una obsesión, no la necesidad urgente de hablar con alguien sobre lo que acaba de pasar. Deja, más bien, una especie de buen humor tranquilo. El recuerdo de que hay personas en el mundo que saben cosas hermosas y están dispuestas a compartirlas. La imagen de un tomate que creció en tierra real, bajo un sol real, en manos de alguien que conoce su nombre y su historia. Y quizás, apenas quizás, el impulso de buscar una maceta, un poco de tierra y ver qué pasa.

Para agendar
Qué: “Aquí hablamos de huertos”, serie de seis episodios cortos sobre jardines y huertas, conducido por el comediante Zach Galifianakis
Dónde: Netflix
Cuándo: ya disponible

 

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