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El simpático robot de la infancia de varias generaciones de argentinos vuelve a la tevé: una serie de Netflix adapta la historieta que muestra una versión realista, con robots asesinos y guerras injustas, de aquella historia
Astroboy siempre está volviendo y ahora por Netflix
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
Osamu Tezuka es conocido como el dios del manga, nombre que se da a las historietas en Japón. Prolífico autor, dibujó personajes para chicos y grandes, aventuras divertidas e historias de sangre, política y religión. A menudo entremezcladas. Pero, claro, en Argentina, y en casi todo el mundo, es conocido especialmente por “Astroboy” (y por Kimba, el león blanco “precursor” de Simba).
“Astroboy”, “Tetsuwan Atom” según su nombre original, fue una de las primeras obras que salió de Japón y se instaló globalmente. Una obra para toda la familia, pero eso no significa lo mismo para Japón que, pongamos, para Disney: así, en uno de los arcos narrativos más recordados de la animación, “El robot más poderoso del mundo”, varios robots sucumbían. Morían. Ante un enemigo implacable, Pluto, creado por un sultán vengativo para ser el robot más poderoso del mundo.
Cuarenta años más tarde, en 2003, el autor Naoki Urasawa tomaría aquella trama y la reescribiría por completo, convirtiendo la historia en un policial neo-noir, con un clima oscuro y tenso inspirado en “Blade Runner”, y tocando temas que van desde la convivencia entre humanos e inteligencias artificiales a la guerra entre Estados Unidos e Irak. Esa historieta, titulada “Pluto”, a partir del robot asesino de robots, se convirtió ahora en animación, y se puede ver en Netflix.
Urasawa está unido a Tezuka por más que nostalgia y reverencia: los dos son humanistas, pacifistas, que utilizan los géneros convencionales del manga, desde las historias de acción y batallas al policial, para hablar del mundo. Pero Tezuka escribió la historia de Pluto en el marco de la historieta de “Astroboy”, y aunque el autor tenía su lado oscuro y desarrolló una obra para adultos, ese marco le imponía una historia, finalmente, liviana, aún con su drama y sus oscuridades.
Urasawa tira de esos hilos pequeños de tensión y oscuridad y con ellos teje su obra, bajándola a la tierra: atrás quedan (un poco) los ojos saltones que Tezuka tomó de Disney y que hoy son marca registrada de la estética japonesa, también atrás quedan la formas redondeadas, caricaturescas, del viejo manga; Urasawa prefiere formas más realistas para una historia de ciencia ficción realista, y de un realismo noir. Eso que llamaríamos “adulto”: la historia que propone Urasawa es compleja, sin resoluciones fáciles ni moralejas ordenadoras. Es una historia inquietante, donde las inteligencias artificiales son discriminadas como ciudadanos de segunda, donde su presencia implica para los humanos un desafío, pérdida de trabajos, automatización y pobreza, y donde estas máquinas creadas por el hombre cumplen un rol, finalmente, que obedece a los designios caprichosos de los hombres, creando sangre y tragedia.
La alegoría que atraviesa la obra es la guerra entre Estados Unidos e Irak, que era presente puro cuando nació la historieta: en sus páginas, también un país occidental invadía una nación de Medio Oriente, gobernada por un tirano muy parecido a Saddam, dibujado sin disimulo. La entrada de las tropas occidentales, acompañadas por sus modernos robots, al país era para buscar “robots de destrucción masiva” que nunca encontraron, al parecer.
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Así, la invasión se lleva a cabo desde suposiciones, desde una altura moral, que luego los propios robots-soldados cuestionarán. La fascinación y el horror ante las modernas creaciones del hombre unen a Tezuka con otro dios de la industria del entretenimiento japonés, Hayao Miyazaki, quien en su anteúltima película, “El viento se levanta” (la última, “El chico y la garza”, llegará a los cines argentinos en 2024), reflejó su fascinación por los aviones, su ingeniería hecha de sueños, y su horror ante la utilización del sueño de volar para la guerra.
Volvamos a “Pluto”: la invasión de “Estados Unidos de Tracia” genera en el alter ego de Hussein una sed de venganza que conduce los ataques de Pluto contra los súper robots cómplices en aquella guerra que, con cualquier excusa, asoló su país, su patria. La tesis de Urasawa: Pluto es un monstruo, pero engendrado por la violencia
Otro trabajo del mangaka, “Monster”, editado en Argentina por la Editorial Ivrea, explora esta misma tesis: allí, un médico le salva la vida a un niño que resulta ser una especie de anticristo, capaz de manipular naciones enteras a su propia ruina y asesino de multitudes a sangre fría. El doctor Tenma, que comparte nombre, un homenaje, claro, con el personaje que creó a Astroboy, persigue entonces hasta el fin del mundo al “monstruo” que ayudó a sobrevivir: es maldad pura, pero su pasado revela que fue abandonado en un desierto y criado en un orfanato donde intentaron lavarle el cerebro, todo, en el marco de la Guerra Fría y la batalla entre comunismo y capitalismo. ¿Merece, entonces, morir?
“Monster” es anterior a “Pluto”: algo en la obra de Urasawa parece premonitorio en varios sentidos. Primero, al señalar el auge, el regreso, de ciertas ideas de derecha en el mundo; segundo, al marcar que ese renacer del fascismo emerge de un contexto, de excesos, de carencias. Si son monstruos, son el resultado de monstruosidades. Urasawa tampoco parece demasiado seguro de que sean monstruos, realmente.
Japón tiene una historia compleja con la derecha, claro: fue imperio, aliado al nazismo, como recuerda el propio Osamu Tezuka: su última historieta, publicada casi 20 años después de “Astroboy”, fue “Adolf”, editada recientemente en Argentina. Allí, sigue la historia de tres Adolf: uno de ellos judío, otro alemán, ambos viviendo en Japón en la era del Reich; y el tercer, el propio Hitler.
Es uno de los trabajos “adultos” de Tezuka (sobre esta parte de su obra: Disney+ acaba de estrenar una serie animada a partir de “Phoenix”, ambiciosa obra que recorrió toda su vida; y esta semana se lanzó por los 50 años de “Black Jack” un nuevo episodio de la saga del cirujano sin licencia realizado con ayuda de una inteligencia artificial): “Adolf” muestra la pasión de su autor por el género policial, pero la peripecia, que atraviesa el asesinato de un japonés en medio de los Juegos Olímpicos de Berlín 36 y una carta que revelaría el origen judío de Hitler, es apenas una excusa para hablar de los totalitarismos, del pasado, ¿del presente? Algunas cosas, parece, nunca terminan de pasar de moda.

Osamu Tezuka, el dios del manga
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