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La necesidad de condenar a otros, para liberar culpas. Los casos emblemáticos que se registran en el fútbol: Passarella, Jota Jota López y el arquero brasileño Barbosa, el de la final en el Maracaná en 1950
El arquero brasileño Moacir Barbosa Nascimento, en el Maracaná / web
MARCELO ORTALE
Por MARCELO ORTALE
Ninguna de las acusaciones contra Jesús fue probada y así lo dictaminaron Herodes y Poncio Pilato. Pero afuera estaba la multitud que pedía que lo crucificaran. Pilato les habló y les dijo que Jesús no era culpable de nada. Pero la gente le pidió “¡crucifícale, crucifícale!” ¿Qué mal ha hecho? Repreguntó el romano, y la multitud insistió y pidió que fuera crucificado. Entonces, siguiendo la costumbre de liberar a un preso ante la gente, Pilato soltó al pérfido Barrabás, que estaba acusado de homicidio y sedición “y entregó a Jesús a la voluntad de ellos”.
Siglos antes, en la mitología griega, la joven Ifigenia, que era hija del rey Agamenón y de la reina Clitemnestra, le fue pedida en sacrificio a Agamenón, para que este pudiera continuar su navegación y participar de la guerra de Troya.

En ese viaje a Troya, las naves griegas se habían detenido de pronto, quedaron inmóviles en el mar, ya que Artemisa había hecho desaparecer todo vestigio de viento. Allí, un adivino llamado Calcas, proclamó que la única manera de calmar a Artemisa y hacer que volviera a soplar el viento era sacrificar a Ifigenia. Así se hizo y los barcos ya filicidas pudieron continuar su viaje a Troya.
Mucho más cerca de nuestro tiempo, un cabo austríaco nacionalizado alemán consideró que era necesario buscar un chivo expiatorio para los males que soportaba su país de adopción desde el tratado de Versalles, Y lo hizo con total cinismo, para saciar el hambre imperial de aquella Alemania derrotada. Y bien se sabe dónde los encontró y a quiénes sacrificó.
Es el mito del culpable, el mito que siempre reaparece, de los chivos expiatorios. Qué más da, van a la muerte, al destierro o a la soledad para calmar culpas colectivas. Hay mitos antiguos que perviven, que atraviesan las épocas, llegan hasta hoy y seguramente seguirán mientras la Tierra continúe girando. El del chivo expiatorio, el del chivo emisario, el del cabeza de turco, esas sombras útiles seguirán caminando en el interior de cada corazón, dispuestos a cumplir sus aterradoras misiones.
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En los últimos días, como pocas veces antes, nuestro país fue escenario para la reaparición mediática de los mitos bíblicos y griegos, los del chivo expiatorio, a quienes se necesita hacer culpables de algo, con independencia de que sean o no inocentes, de que sean o no culpables.
Son personas elegidas para cumplir esa función, la de quitarles posibles culpas a los demás. En sus historias de vida, en los instantes críticos, la verdad siempre queda lejos: la verdad es lo que menos importa. El veredicto dictado por nadie y por todos ya fue definido de antemano: cárcel, ostracismo, olvido para ellos. En su condena va la dolosa inocencia de millones.
Hace ya mucho tiempo que se ve a gente apresurada a la hora de pedir calabozos eternos. Los procesos reales no concluyeron, pero las sentencias sumarias ya están escritas por los modernos inquisidores. Gente de toda condición, profesionales o carentes de estudios, pululan en las redes sociales y también en los medios. Muchos días antes de la sentencia exhiben carteles que llevaban impresa la palabra “perpetua”. Son jurados informales, pero eficaces e inapelables.
Los jugadores de fútbol son los verdaderos semidioses modernos
Si se sigue por este curso, muy pronto se instalarán tribunas con estructuras tubulares frente a los tribunales de justicia, no sólo en Dolores sino en todos los departamentos judiciales del país, para que allí se ubiquen centenares o miles de jueces caníbales, improvisados –secundados por algunos periodistas que van al compás, coreando anticipadas condenas colectivas contra el chivo emisario: “¡crucifícale, crucifícale!”. Están allí, cumpliendo con un prejuicio atávico.
El poderoso club argentino de River Plate tuvo su jornada trágica el 26 de junio de 2011, cuando en su estadio cayó derrotado por el más modesto Belgrano de Córdoba por 3 a 1 y eso significó que se había consumado su descenso a la primera B. Aquí una acotación: no sólo conviene sino que corresponde hablar de fútbol en esta nota, porque los futbolistas son verdaderos semidioses modernos. ¿Quién podría dudar hoy de que Messi, Ronaldo y Maradona son más populares y venerados que un Papa, que un estadista?
La verdad siempre queda en la lejanía: la verdad es, entonces, lo que menos importa
El presidente de River en ese año fue Daniel Passarella y el director técnico del equipo, Juan José López, ambos grandes ex jugadores de ese club y de la selección nacional. Dos ídolos que, de pronto, en aquella fatídica fecha, sobre la base de algunos errores cometidos por ellos fueron convertidos en chivos expiatorios. El club se cayó por dos de sus integrantes. Desde hace doce años llegó el ostracismo absoluto para ellos. Los dos fueron declarados –por voto unánime del jurado riverplatense- únicos culpables de haber mandado a River al descenso.
Lo cierto es que días atrás, cuando River inauguró su restaurado estadio , se decidió rendir homenaje a los ex jugadores de River que habían ganado alguna copa mundial de fútbol. Eran varios y uno de ellos, Passarella –que salió campeón en Argentina 78 y que formó el plantel de México 86, también ganador- recibió invitación para el acto. Fue la piedra del escándalo. Una profunda grieta dividió a los riverplatenses.

Passarella, Ayala y Fillol, en el homenaje a los campeones en River / Web
“No podemos dejar que Daniel Passarella nos arruine lo que debería ser una fiesta” dijo el periodista partidario Leo Farinella, que calificó la invitación como “un gol en contra”. Por su parte uno de los ex jugadores que iba a ser homenajeado, el Beto Alonso, se mostró irreductible; “Ayer me vino a hablar. No quería salir con él a la cancha. No quería poner incómoda a la gente que estaba alrededor. No se negocia con los que le hicieron tanto daño a River. Yo sé lo que pasa en la calle, la gente no lo quiere. Cuando la gente te abrió las puertas del Monumental y vos los traicionaste, no hay vuelta atrás”, agregó Alonso.
El homenaje se hizo con la presencia de Passarella. El público se mantuvo distante de la polémica. Desde las tribunas no lo ovacionaron, pero tampoco lo insultaron. En algún lugar en las afueras, semioculto, habrá estado –y sigue estando- otro semidiós arrojado al olvido, el eclipsado técnico Jota Jota López.
Pero el caso más triste y típico de chivo emisario en el fútbol fue el de Moacir Barbosa, arquero de la selección de Brasil que en la final del Mundial 50, jugado en Río de Janeiro, perdió la final con Uruguay por 2 a 1. Sobre Barbosa, entre otros escritores, se ocuparon Eduardo Galeano y el mexicano Juan Villoro. Este último tituló así un memorable artículo: “El hombre que murió dos veces”.
Barbosa era el arquero ídolo del Brasil. Era tan buen arquero, a tal punto lo era, que resultó elegido en ese campeonato como el mejor guardavallas de la competencia. Pero ocurre que Brasil entero había dado por hecho de que ganaría esa final. El sentimiento era tan generalizado que el presidente de la FIFA, Jules Rimet, había llevado escrito al Maracaná el discurso que diría finalizado el partido, lleno de elogios al virtuoso fútbol brasileño. “Se quedó con esas palabras en el bolsillo”, dijo Villoro.
Nuestro país fue escenario para la reaparición mediática de mitos bíblicos y griegos
En Brasil, como en la Argentina y el Uruguay está claro que los jugadores son semidioses. Con títulos mundiales en la historia la lista de héroes de los tres países sería muy extensa y, claro, Barbosa estaba entre ellos. Pero el segundo gol de Uruguay en aquella final, el que hizo el puntero derecho oriental, Alcides Ghiggia, que sobrevino de un tiro cruzado, destronaría a Barbosa de esa lista. El gol uruguayo dejó mudo al Maracaná y a todo Brasil. Una mudez terrible hasta que alguien consideró que Barbosa debió haber atajado ese disparo. La voz se corrió y la condena tardó segundos en dictarse.
A los tres días de aquel partido tocaron el timbre en la casa de Barbosa. Era un camión que traía tres grandes postes. Eran los palos del arco del Maracaná, en el que le habían hecho su gol del triunfo los uruguayos. El regalo venenoso venía con un cartel que decía: “Cuidá los palos, Barbosa”.

El novelista mexicano Juan Villoro / Web
A partir de allí, a pesar de que pudo jugar dos o tres temporadas más, Barbosa se convirtió en un fantasma, en un muerto en vida. Millones de brasileños lo echaron al olvido, al ostracismo más terrible. El propio Barbosa recordó que, ya entrado en años, escuchó a una madre que iba caminando con su hijo cuando le decía: “Ese es Barbosa...el hombre que hizo llorar a un país”.
El antes semidios se jubiló con una pensión de 85 dólares mensuales que luego le mejoró un poco el Vasco da Gama. Además de las penurias económicas, adonde iba lo rechazaban. No lo dejaban entrar, porque era un poco el culpable de todos los males.
Barbosa murió el 8 de abril de 2000. Unas treinta personas se acercaron a velar su ataúd, cubierto por la bandera de un humilde club Ypiranga, en el que había jugado al inicio de su carrera y que ya estaba, como él, desaparecido. “La primera muerte de aquel hombre había ocurrido medio siglo antes, en la soleada cancha de Maracaná”, dijo Villoro.
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