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Aceite de oliva, vegetales frescos, pescado, frutas y frutos secos: un modelo de alimentación simple, sabroso y probado por la ciencia que vuelve a ganar protagonismo
Lejos de las dietas restrictivas y de moda, la dieta mediterránea propone una forma de comer -y de vivir- basada en el disfrute, la variedad y el equilibrio. En verano, cuando el cuerpo pide liviandad y frescura, este patrón alimentario se presenta como una guía posible y cercana para cuidar la salud sin resignar placer.
No se trata de una dieta en el sentido estricto de la palabra, sino un estilo de alimentación tradicional de países como Grecia, Italia, España y el sur de Francia. Su base está en productos frescos y de estación: verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva virgen extra como grasa principal, pescado y frutos secos, con un consumo moderado de lácteos y carnes rojas, y escasa presencia de ultraprocesados.
En los últimos años, volvió a posicionarse como una de las formas de alimentación más recomendadas a nivel médico, respaldada por numerosos estudios científicos. Libros de referencia en nutrición y salud cardiovascular -como los publicados por la Harvard School of Public Health- destacan que este patrón alimentario se asocia a menor riesgo de enfermedades cardiovasculares, mejor control metabólico, salud intestinal y mayor longevidad.
A diferencia de otras propuestas, no elimina grupos de alimentos ni impone reglas rígidas. Su fortaleza está en la regularidad y la calidad de lo que se come, más que en la restricción.
Durante los meses de calor, el cuerpo suele pedir comidas más livianas, hidratantes y fáciles de digerir. La dieta mediterránea se adapta naturalmente a esa necesidad: ensaladas completas, pescados a la plancha, vegetales grillados, frutas frescas, aceite de oliva crudo y preparaciones simples.
Además, promueve una mejor hidratación a través de frutas y verduras ricas en agua, aporta grasas saludables que ayudan a la saciedad sin pesadez y reduce el consumo de frituras, azúcares y comidas muy elaboradas, que suelen generar más cansancio y malestar en verano.
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Adoptar la dieta mediterránea no implica cambiar todo de un día para otro. Algunos gestos simples pueden marcar la diferencia:
- Usar aceite de oliva virgen extra. como grasa principal, tanto en crudo como para cocinar.
- Priorizar vegetales en cada comida, crudas o cocidas.
- Incorporar pescado dos o tres veces por semana.
- Sumar frutos secos como colación o topping (nueces, almendras, avellanas).
- Elegir fruta fresca como postre habitual.
- Reducir ultraprocesados, embutidos y bebidas azucaradas.
Platos cotidianos como una ensalada de tomate, pepino y aceitunas; un pescado al horno con verduras; una pasta corta con vegetales y aceite de oliva; o un yogur con frutas y nueces encajan perfectamente en este modelo.
“La dieta mediterránea es una de las pocas formas de alimentación que demuestra beneficios sostenidos en el tiempo”, explica la licenciada en Nutrición Mariana López (MN 45213).
“Mejora la salud cardiovascular, ayuda a regular el colesterol, favorece la microbiota intestinal y es fácil de sostener porque no es prohibitiva. En verano, además, permite comer fresco, liviano y nutritivo sin perder energía”, agrega la experta.
Clara, 28 años, diseñadora gráfica residente en City Bell cuenta: “empecé a cocinar más simple: verduras, pescado, aceite de oliva. Me siento con más energía y dejé de picar cosas industriales. No lo vivocomo una dieta, sino como una forma de comer mejor”.
Por su parte, Jorge (46), profesor de Historia, señala que “después de un chequeo médico me recomendaron este tipo de alimentación. Bajé fritos, sumé aceite de oliva y pescado. Los cambios fueron de a poco, pero hoy me resulta natural”.
Elena, 67 años, jubilada, dice “crecí comiendo así sin saber que tenía nombre: verduras, legumbres, aceite de oliva. Hoy veo que la ciencia confirma lo que en casa siempre funcionó”.
La dieta mediterránea vuelve a estar en tendencia porque no promete milagros, sino constancia. Porque se basa en alimentos reales, en la cocina cotidiana y en el placer de comer bien. En verano -y durante todo el año- puede ser una gran aliada para cuidar la salud sin resignar sabor, tradición ni disfrute. A veces, lo más actual es volver a lo esencial.
Aceite de oliva virgen extra (AOVE): como grasa principal, en crudo y para cocinar.
Verduras y hortalizas: todos los días, en todas las comidas.
Frutas frescas: de estación, como postre o colación.
Pescado: 2 a 3 veces por semana (mejor pescados azules).
Legumbres: lentejas, garbanzos, porotos, al menos 2 veces por semana.
Frutos secos: nueces, almendras, avellanas, en pequeñas cantidades.
Cereales integrales: arroz, pan y pastas integrales.
Carnes rojas
Lácteos enteros
Quesos y embutidos
Alcohol
Ultraprocesados
Bebidas azucaradas
Frituras
Azúcares refinados
Harinas blancas en exceso
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