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La famosa “curva de la felicidad” se rompió: los adolescentes están peor y los mayores de 50, más estables. Datos, hipótesis y una mirada clínica que corre el eje del mandato de “estar bien”
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Durante décadas, la psicología y la economía del bienestar repitieron una misma idea con tono casi tranquilizador: la felicidad seguía una curva en forma de U. La vida arrancaba con entusiasmo, descendía hacia la mitad del camino —entre los 45 y los 50 años— y luego volvía a subir, con menos ambición y más serenidad. Si la adultez media dolía, al menos había una promesa estadística: después, todo mejoraba.
Hoy, esa curva parece haberse roto. Y no por arriba, sino por abajo.
Distintos estudios internacionales coinciden en un diagnóstico inquietante: los jóvenes son hoy más infelices que las generaciones anteriores, especialmente en países ricos e industrializados.
Encuestas recientes muestran que el bienestar subjetivo cayó con fuerza entre los menores de 30 años, mientras que los adultos mayores se mantienen estables o incluso más satisfechos con sus vidas. La tristeza, el estrés y la ansiedad ya no aparecen como un bache de la mitad del recorrido, sino como una experiencia temprana.
“La verdadera crisis ya no está en los 50”, señalan algunos investigadores. “Se corrió a los 20 o a los 30”.
La evidencia es amplia. La “Global Flourishing Study”, una encuesta realizada a más de 200.000 personas en 22 países, muestra que la satisfacción con la vida arranca hoy baja en la juventud y recién mejora con la madurez, una tendencia que se repite en casi todo el mundo, pero se profundiza en naciones prósperas y secularizadas como Estados Unidos. Allí, la felicidad general cayó a mínimos históricos, aun cuando los indicadores económicos no explican por sí solos ese descenso.
El economista británico David Blanchflower, uno de los principales defensores históricos de la “curva en U”, publicó en 2025 un estudio en “PLOS ONE” que confirma el giro: analizando datos de más de un millón de personas en más de 150 países, observó que el malestar psicológico disminuye de manera constante con la edad. Ya no hay un rebote posterior a los 50. Así, se determinó que los jóvenes están peor; los mayores, más equilibrados.

Según profesionales, la tristeza permite una conversación consigo mismo / Freepik
Las causas que se barajan son múltiples y se superponen. El estrés crónico, la precariedad laboral, la incertidumbre económica, la presión por cumplir expectativas y la exposición permanente a redes sociales aparecen como factores centrales. A eso se suma un fenómeno más profundo: la pérdida de vínculos significativos y de sentido.
El ensayista estadounidense Arthur Brooks, que viene estudiando la relación entre felicidad, propósito y cultura, señala tres grandes desplazamientos en los países ricos: menos contacto humano cara a cara, declive de la religión y la espiritualidad como espacios comunitarios, y una sobrevaloración del éxito material que no se traduce en significado. Paradójicamente, cuanto más rico es un país, más frecuente es la sensación de que la vida carece de un fin importante.
“Tal vez la tristeza no venga a arruinar nada. Tal vez venga a marcar un límite. A decir hasta acá”
Sin embargo, los datos también muestran una pista alentadora: los jóvenes que conservan amistades cercanas y relaciones íntimas reales siguen mostrando niveles de bienestar más altos, similares a la curva tradicional. No es el dinero lo que marca la diferencia, sino la calidad del lazo.
En ese contexto, la tristeza deja de ser solo un síntoma individual y empieza a leerse como un fenómeno social. Y también como una experiencia que merece ser pensada, no eliminada de inmediato.
Facundo Martínez Conte, psicólogo local graduado en la Universidad Nacional de La Plata, propone correrse del reflejo automático de corregirla.
“No suelo pensar la tristeza como algo a corregir. Al menos no siempre”, afirmó a EL DIA. “Hay momentos en los que aparece. Y cuando aparece, suele tener sus razones”.
Lejos de romantizarla, Martínez Conte describió una experiencia cotidiana: la dificultad para sostener un estado permanente de bienestar en un mundo acelerado. “A mí me pasa que no puedo sostener mucho tiempo la ‘contentura’. No por falta de ganas, sino porque entre los problemas, los contratiempos, la velocidad y la exigencia de estar bien, algo de eso se cae solo. Y cuando se cae, muchas veces lo que aparece es la tristeza”.
En su mirada clínica, la tristeza no es lo mismo que la angustia ni que la depresión, distinciones que suelen borrarse en el discurso público.
“No la confundo con la angustia. La angustia es más desorganizante, más apurada, menos pensable. La tristeza, en cambio, a veces trae una pausa. No una solución, pero sí un freno. Como si bajara el ruido”, analizó.
Ese “ruido” es, en gran medida, el de una época que no habilita el tono bajo.
La tristeza, advirtió el psicólogo, “tiene poco marketing”. “No se muestra bien. No rinde”, señaló. Pero justamente por eso puede cumplir otra función: ordenar algo de lo que no encaja. “En ese tono más bajo, algo se ordena distinto. No mejor. Distinto. A veces con un poco más de claridad”.
La diferencia con la depresión, insiste, no es menor. “En la tristeza todavía hay palabras. Todavía hay algo que se puede decir. Incluso ideas. No necesariamente lindas, pero sí más sinceras. Menos obligadas”. Allí donde la depresión clausura, la tristeza todavía habilita una conversación.
“Hay momentos en los que la tristeza aparece. Y cuando aparece, suele tener sus razones”
En un escenario donde los jóvenes sienten que nunca alcanzan —ni económica, ni emocional, ni socialmente—, la tristeza puede funcionar como señal antes que como falla. “No digo que haya que quedarse ahí. Quedarse también puede ser una trampa”, aclaró Martínez Conte y añadió: “Pero sacarla rápido, empujarla para que pase, taparla con frases hechas, suele tener un costo”.
Ese costo, sugieren los estudios, se está acumulando. La presión por “estar bien”, por mostrarse productivo, feliz y exitoso desde edades cada vez más tempranas convive con una sensación extendida de soledad. En países donde las necesidades básicas están mayormente cubiertas, lo que falta no es comodidad, sino sentido.
Tal vez por eso los mayores de 50 muestran hoy un bienestar más estable. No porque vivan una euforia tardía, sino porque cargan con menos expectativas ajenas y más experiencia propia. Menos comparación, más aceptación. Menos urgencia.
Para Martínez Conte, la tristeza puede ser una forma mínima de cuidado. “Tal vez la tristeza no venga a arruinarnos nada. Tal vez venga a marcar un límite. A decir hasta acá”, reflexionó. “Y quizá, en un mundo que no para, eso sea una forma —puede ser mínima o incluso silenciosa— de cuidarse”, añadió.
La nueva cartografía de la felicidad no dibuja curvas perfectas ni promesas automáticas. Dibuja trayectorias irregulares, atravesadas por vínculos, por sentido y por la posibilidad de frenar. En ese mapa, escuchar la tristeza —sobre todo la de los más jóvenes— puede ser menos un problema a resolver que una pregunta urgente que todavía no encuentra respuesta.
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