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El entusiasmo inicial por las apps dio paso a la sensación de estar en un mercado infinito. Entre el “ghosting”, los perfiles inflados con inteligencia artificial y la lógica del algoritmo, crece el agotamiento digital y resurgen búsquedas más humanas
Durante años, las aplicaciones de citas prometieron democratizar el amor. Un teléfono, una foto cuidada y un par de frases ingeniosas parecían suficientes para acceder a un océano de posibles parejas. Pero el encanto se fue diluyendo. Hoy, cada vez más usuarios describen una experiencia repetitiva, desgastante y, en muchos casos, decepcionante.
“Por desgracia, he usado todas las aplicaciones de citas”, contó una profesional de 33 años que se mudó varias veces por trabajo y encontró en el universo digital su principal vía para conocer gente. “Hinge, Bumble y Tinder… todas me parecen iguales”. Su sensación no es aislada: detrás del gesto mecánico de deslizar el dedo hay una fatiga creciente.
Cuando irrumpió Tinder en 2012, el gesto del “swipe” fue una revolución cultural. La lógica era simple: si te gusta, deslizás a la derecha; si no, a la izquierda. Después llegaron Bumble, con su propuesta de que las mujeres iniciaran la conversación, y Hinge, que se presentó como “la app diseñada para ser borrada”.
Cuando irrumpió Tinder en 2012, el gesto del “swipe” fue una revolución cultural
Durante un tiempo, funcionó. En especial en grandes ciudades, donde el ritmo de vida y la fragmentación social dificultan los encuentros orgánicos. Las apps ofrecían eficiencia: una especie de catálogo humano disponible las 24 horas.
Sin embargo, esa abundancia empezó a jugar en contra. Estudios recientes en Estados Unidos y Europa hablan de “dating app fatigue” (fatiga de apps de citas), un fenómeno asociado al cansancio emocional que produce la sobreexposición a opciones, la conversación constante con desconocidos y la reiteración de pequeñas decepciones.
Los patrones se repiten. Mensajes que quedan sin respuesta. Conversaciones que parecen fluir y se evaporan de un día para otro. Citas que no pasan del primer encuentro. El llamado “ghosting” —desaparecer sin explicación— se volvió parte del vocabulario afectivo contemporáneo.
A eso se suma una lógica de validación permanente: cada “match” funciona como una microdosis de autoestima, pero también como un recordatorio de que siempre puede haber algo mejor a un swipe de distancia. La psicología detrás del diseño de estas plataformas no es inocente: los algoritmos priorizan la permanencia y la interacción, no necesariamente la construcción de vínculos duraderos.
Para muchos usuarios, la experiencia termina pareciéndose más a un juego que a una búsqueda genuina. El cansancio no proviene solo de la falta de resultados, sino de la sensación de estar participando en un mercado donde las personas compiten por atención en segundos.
En los últimos años, apareció un nuevo ingrediente: la inteligencia artificial. Algunos usuarios reconocen que reciben mensajes sospechosamente perfectos o perfiles con fotos que parecen demasiado pulidas. La duda sobre si la persona del otro lado escribe por sí misma o con ayuda de una herramienta automatizada añade otra capa de desconfianza.
El amor digital, que ya estaba mediado por pantallas, ahora puede estarlo también por algoritmos que redactan, sugieren respuestas o incluso optimizan perfiles. En lugar de facilitar la conexión, esto refuerza la sensación de artificialidad.
En medio del desencanto, surgieron plataformas más específicas que intentan devolverle sentido a la experiencia. Una de ellas es Frolly, una app que conecta a personas a partir de su amor por los perros. La idea nació en Charlotte, Estados Unidos, cuando su fundadora advirtió que para su hija que alguien no quisiera a los perros era un factor decisivo para descartar una relación.
La propuesta apunta a algo sencillo: generar un punto de conexión previo que facilite la conversación. “Saber que todos en la aplicación aman a los perros ayuda a romper el hielo”, explicaron los que la usaron.
El fenómeno no es aislado. Existen apps para veganos, para personas religiosas, para aficionados a ciertos deportes o estilos de vida. La lógica es reducir la amplitud para ganar afinidad. Sin embargo, especialistas advierten que compartir un interés —aunque sea profundo— no garantiza compatibilidad emocional.
La paradoja central es evidente: nunca fue tan fácil conocer gente y, al mismo tiempo, nunca pareció tan difícil sostener vínculos. La abundancia genera la ilusión de reemplazo constante. Si algo no convence del todo, se descarta y se vuelve al catálogo.
Este mecanismo afecta especialmente a quienes buscan relaciones estables. El temor a “cerrar” una opción frente a un universo infinito de potenciales parejas alimenta dinámicas de indecisión y relaciones ambiguas.
Algunos estudios vinculan este comportamiento con la “paradoja de la elección”: cuantas más alternativas se presentan, mayor es la insatisfacción posterior, incluso cuando se elige algo objetivamente bueno.
Como reacción, en varias ciudades comenzaron a proliferar eventos presenciales: citas rápidas, encuentros temáticos, clubes de lectura, talleres o actividades deportivas pensadas para socializar sin pantallas de por medio. También resurgen formas tradicionales de encuentro: amigos que presentan amigos, espacios laborales o actividades comunitarias.
No se trata necesariamente de abandonar la tecnología, sino de recuperar cierta espontaneidad. La conversación sin filtros, el lenguaje corporal, la química difícil de traducir en fotos y biografías.
Lejos de desaparecer, las aplicaciones siguen teniendo millones de usuarios activos. Para personas que se mudan con frecuencia, trabajan muchas horas o pertenecen a minorías con menos espacios de encuentro, continúan siendo una herramienta valiosa.
Pero el relato triunfalista del amor al alcance del dedo parece haber entrado en crisis. El cansancio es real y compartido. Lo que comenzó como una promesa de eficiencia romántica hoy se experimenta, para muchos, como un circuito repetitivo de expectativas y pequeñas frustraciones.
Comenzó como una promesa de romance eficiente y hoy es un circuito repetitivo
Lauren no descarta encontrar pareja en una app, pero ya no se ilusiona con la misma intensidad. “No tengo prisa”, dice. Tal vez esa sea la clave: desacelerar, bajar la ansiedad de resultados inmediatos y recordar que, más allá del algoritmo, los vínculos requieren tiempo, vulnerabilidad y paciencia.
En un mundo hiperconectado, la verdadera novedad quizás sea volver a algo antiguo: mirarse a los ojos sin deslizar a nadie hacia la izquierda.
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