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Un nuevo estudio propone que la herencia genética explica más de la mitad de los casos de personas que llegan a edades avanzadas. Por qué se cree que este impacto fue ocultado por muertes causadas en guerras, epidemias o accidentes
Un nuevo trabajo científico sacude ese consenso y plantea que la genética tiene un peso mucho mayor del que se pensaba / Freepik
Durante años, la pregunta fue casi un mantra de la ciencia y de la vida cotidiana: ¿cuánto de vivir muchos años depende de la genética y cuánto de nuestras decisiones diarias? La respuesta parecía inclinarse con cautela hacia el ambiente y el estilo de vida.
Estudios clásicos con gemelos ubicaban la influencia genética en torno al 20 o 25%, y análisis más recientes, basados en grandes árboles familiares, llegaron incluso a reducirla a un modesto 6%. Sin embargo, un nuevo trabajo científico sacude ese consenso y plantea que la genética tiene un peso mucho mayor del que se pensaba.
La investigación, liderada por Ben Shenhar y su equipo, propone que las estimaciones anteriores subestimaron el papel de los genes por una razón clave: no diferenciaron adecuadamente entre los tipos de muerte. En particular, pasaron por alto el impacto de la llamada “mortalidad extrínseca”, es decir, las muertes provocadas por causas externas como accidentes, violencia, infecciones o catástrofes históricas, factores que poco tienen que ver con el envejecimiento biológico en sí.
Al separar ese ruido estadístico de las muertes asociadas al deterioro interno del organismo —la denominada mortalidad intrínseca— el panorama cambia de manera radical. Según los nuevos modelos matemáticos y el análisis de grandes cohortes de gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos, la heredabilidad real de la longevidad humana podría superar el 50%, llegando aproximadamente al 55%. Un valor comparable al de muchos rasgos complejos y coherente con lo observado en otras especies cuando viven en condiciones controladas.
La clave del estudio está en reconocer que no todas las muertes dicen lo mismo sobre el envejecimiento. Las causas externas, muy frecuentes en contextos históricos marcados por guerras, epidemias o precariedad sanitaria, diluyen la señal genética. Cuando estas muertes se reducen —como ocurre en sociedades modernas— o se eliminan matemáticamente del análisis, la influencia de los genes sobre la duración de la vida se vuelve mucho más evidente.
De hecho, los investigadores observaron que, en las cohortes analizadas, la heredabilidad aumentaba a medida que disminuía la mortalidad extrínseca. Esto sugiere que los estudios que no hacen esta distinción tienden a subestimar de forma sistemática el peso real de la genética en el envejecimiento humano.
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Las consecuencias de este hallazgo van mucho más allá del debate académico. Si la longevidad es en gran medida heredable, identificar las variantes genéticas implicadas podría permitir comprender mejor los mecanismos básicos del envejecimiento. Esto abriría nuevas vías para prevenir o retrasar enfermedades asociadas a la edad, como patologías cardiovasculares, metabólicas o neurodegenerativas.
Especialistas que analizaron el trabajo destacan que estos resultados refuerzan la necesidad de invertir en la búsqueda de genes asociados a la longevidad y en el desarrollo de herramientas como los puntajes de riesgo genético. También podría impulsar estrategias de medicina personalizada, donde las intervenciones se adapten mejor a la biología de cada individuo.
La idea de que la longevidad se agrupa en ciertas familias encuentra así un respaldo científico más sólido. “Cuando aparece un supercentenario, es muy probable que su entorno familiar también presente una longevidad excepcional”, señalan genetistas que estudian estos casos. Esto convierte a las familias de centenarios en un laboratorio natural para descubrir qué combinaciones de genes favorecen una vida más larga.
Sin embargo, los propios expertos advierten contra lecturas deterministas. Algunas de las causas de muerte consideradas “externas” también pueden tener componentes genéticos, como la predisposición a infecciones graves o a conductas de riesgo. Y, sobre todo, recuerdan que los hábitos cotidianos siguen siendo fundamentales.
Los estudios más recientes sobre personas extremadamente longevas muestran un patrón claro: llegar a edades récord suele ser el resultado de una combinación equilibrada entre una buena herencia genética y un estilo de vida saludable. Alimentación moderada, actividad física regular, ausencia de consumos nocivos y un entorno socioafectivo favorable siguen siendo piezas clave del rompecabezas.
En definitiva, la genética parece tener un rol mucho más protagónico en la longevidad humana de lo que se creía. Pero lejos de restar importancia a nuestras decisiones diarias, este nuevo enfoque invita a pensar el envejecimiento como un fenómeno complejo, donde genes, ambiente y políticas de salud pública se entrelazan para definir cuántos —y cómo— serán los años que vivimos.
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