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RUBÉN FLORES GARCÍA
París, 1978
Los andenes de la estación Chatelet, se veían con pocos pasajeros a esa hora. También, a medida que menguaba la frecuencia de público, podía aparecer algún pequeño ratón que salía de entre las vías del metro en busca de comida y trepaba al andén atrevidamente, hasta refugiarse debajo de un banco, donde un vagabundo dormía entre los vapores de su última borrachera.
Me detuve a observar unos enormes tanques de hierro pintados de amarillo. El filtrado constante de agua los adornaba con chorreaduras de óxido visiblemente de vieja data. Siempre me preguntaba si el agua provendría del río Sena tan cercano al túnel.
Más allá al fondo del andén, divisé a un hombre alto de barba, que lucía un traje gris y llevaba un portafolio en su mano izquierda. Al igual que todos, esperaba pacientemente el metro.
Mágicamente, la figura de ese hombre se destacó del entorno y no me quedó ninguna duda: era él. Comencé a caminar hasta donde se encontraba; solo, apartado del resto de los mortales que parecían no registrar esa presencia que yo tenía tan vívida desde mis días en el Colegio Nacional. Recordaba su foto en las solapas de aquellos libros que nos traían lo nuevo, lo diferente. Esa misma imagen, me permitía en este momento reconocerlo.
Cuando lo tuve delante, me vi obligado a levantar la vista pues si bien mi estatura no tiene nada de prodigiosa, su altura me pareció imponente, y quizás también, porque su presencia transmitía algo que yo definiría como hidalguía.
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—Perdón… ¿El señor…? Encaré decidido pronunciando su nombre.
—Sí —respondió con voz grave el caballero de la enhiesta figura asintiendo con un gesto.
—Mucho gusto —dije, ofreciendo mi mano la cual él se dignó a estrechar firmemente. —. Soy ciudadano argentino y admirador suyo… quería saludarlo.
—Mucho gusto —respondió a su vez—. ¿Y que anda haciendo por aquí? Preguntó amablemente.
—Soy músico profesional. Como usted bien sabe, las cosas en Argentina están muy mal y decidí venir a Europa. Primero trabajé en España y ahora estoy perfeccionando mis estudios aquí. Integro la Orchestre Philarmonique de la UNESCO, pero si bien eso me permite tener un sejour y un buen lugar para estudiar, es más una actividad cultural que un trabajo redituable, así que debo mantenerme tocando en restaurantes o locales nocturnos. Ahora mismo estoy yendo a trabajar.
El hombre me escuchó con atención y respeto y hasta pareció interesarse por mi actividad al hacerme algunas preguntas. Su actitud denotaba don de gentes, clase, e inspiraba confianza. Me embargó la sensación de sentirme ante una especie de Dios y no sabía cómo seguir la conversación. Además el metro vendría en cualquier momento. Entonces, lancé lo primero que me vino a la mente:
—Quisiera saber si le puedo alcanzar un libro suyo para que me lo dedique, ¿sería posible?
—Por supuesto. El único problema es que yo en estos días me estoy yendo a Estados Unidos.
— ¿Pero usted vive aquí en París verdad? —me atreví a preguntar.
—Sí. Pero viajo seguido. Hagamos una cosa: usted puede llevar el libro a mi editor que es Galimard y yo con mucho gusto lo firmaré y se lo haré llegar.
—Muchas gracias —contesté mientras mi interlocutor desviaba la vista sobre mi cabeza.
No necesité darme vuelta para saber que la formación del metro estaba asomando por la boca del túnel.
—Ha sido un honor conocerlo personalmente —dije casi emocionado.
—Gracias, también fue un gusto para mí y le deseo mucha suerte —contestó despidiéndose con un fuerte apretón de manos. Apurado por entrar al tren, subí a otro vagón y él se perdió de vista.
Cuando fui a trabajar, me encontré con mi amigo Pardo, otro músico argentino radicado en Francia y que me había albergado durante mi llegada a París.
— ¿A que no sabés a quien me encontré hace un rato en el metro? — dije, ansioso por compartir mi experiencia que de inmediato narré al detalle.
—No es inusual encontrarlo por allí —contestó Pardo—. Dicen que ha ayudado a muchos argentinos exiliados.
La conversación no dio para más y seguimos con el trabajo que nos llevaba apurados de un punto al otro y nos permitía la manutención diaria.
Pasado un tiempo, mi mente comenzó a gestar fantasías sobre la reunión casual con aquel hombre: ¿Por qué no lo invité a tomar un café? ¿Por qué no continué el viaje con él y aproveché para seguir charlando? La conclusión a la que llegaba era siempre la misma; pese a su gentileza manifiesta, su presencia me sobrepasó, y deduje que no había querido importunar a alguien tan importante.
¿El libro? Por diversos motivos nunca pude llevarlo a la editorial y hasta el día de hoy, que sigo viendo la imagen de ese escritor en publicaciones, programas, posters, etc. etc. me pesa el no haberlo hecho. Pero claro, las circunstancias de la vida misma impusieron sus razones para ello.
Eso sí… El recuerdo de ese breve encuentro permanece imborrable en mi memoria junto a la figura de esa especie de gentilhombre y creo que la vida me regaló un momento inolvidable: poder encontrarme y charlar con Julio Cortázar.
(Esta narración forma parte del libro COLLAGE DE NIEBLA, Ediciones Hespérides 2023).
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