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El problema frecuente de malnutrición en Argentina se agrava por el consumo de ultraprocesados y la ausencia de políticas estratégicas de salud. Advierten que sin medidas integrales, la tendencia seguirá en alza. Los entornos escolares, claves
la gordura y el sobrepeso se han convertido en la forma más habitual de malnutrición en la infancia / freepik
La balanza no miente, pero tampoco lo dice todo. Detrás de cada número que mide el peso de un niño hay un entorno, una familia, un barrio, una política pública que condiciona lo que ese chico come cada día.
En La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, como en el resto del país, los datos son contundentes y preocupantes: la obesidad y el sobrepeso se han convertido en la forma más frecuente de malnutrición en la infancia, y el problema no da señales de detenerse.
La Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS 2) —el relevamiento más exhaustivo realizado en Argentina sobre el tema hasta el momento— confirma que cuatro de cada diez niñas, niños y adolescentes del país presentan exceso de peso. Un dato que, leído en frío, puede parecer una estadística más. Leído en clave de salud pública, representa una crisis silenciosa que se extiende por las aulas, los comedores y los kioscos escolares de La Plata y del conurbano bonaerense, con consecuencias que se proyectarán durante décadas sobre el sistema sanitario y sobre la calidad de vida de una generación entera.
“En la Provincia de Buenos Aires, la situación nutricional de las infancias expresa una problemática compleja que se enmarca en una tendencia nacional”, señaló -en diálogo con EL DIA- Laura Salzman, presidenta del Colegio de Nutricionistas de la provincia de Buenos Aires. “Los datos de la ENNyS 2 indican que en Argentina 4 de cada 10 niñas, niños y adolescentes presentan exceso de peso, consolidando a la obesidad y el sobrepeso como las formas más frecuentes de malnutrición”, advierte.
La magnitud del fenómeno en territorio bonaerense —donde La Plata concentra una población numerosa y diversa, con fuertes contrastes socioeconómicos entre sus barrios y localidades— no se puede leer de manera aislada. Salzman subrayó que el problema no solo replica la tendencia nacional, sino que se ve “profundizado por un contexto social y económico que impacta directamente en las condiciones de vida y de alimentación de las familias”.
Uno de los aspectos más complejos que destaca la profesional es lo que los especialistas en nutrición denominan “doble carga de malnutrición”: la convivencia, en un mismo territorio y a veces en un mismo hogar, del exceso de peso con la inseguridad alimentaria. “Hoy asistimos a una situación de doble carga de malnutrición, donde conviven el exceso de peso con la inseguridad alimentaria”, explicó Salzman, marcando una paradoja que desafía los estereotipos más simplistas sobre la obesidad.
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Esta realidad obliga a descartar cualquier explicación que reduzca el problema a una cuestión de voluntad individual o de malos hábitos familiares.
La presidenta del Colegio de Nutricionistas fue categórica al respecto: “Las elecciones alimentarias están fuertemente condicionadas por los entornos, por la accesibilidad económica y por la disponibilidad real de alimentos en los territorios”, indicó. En barrios periféricos de La Plata —como los del Gran La Plata y zonas del conurbano sur— la oferta de alimentos frescos y nutritivos es escasa, cara o directamente inexistente, mientras que los ultraprocesados y las bebidas azucaradas resultan más baratos, más accesibles y más publicados.
La ENNyS 2 lo confirma con datos duros: el consumo diario de alimentos saludables es significativamente menor en los grupos de menores ingresos y niveles educativos bajos, mientras que los alimentos no recomendados —golosinas, bebidas azucaradas, productos de pastelería, snacks con alto contenido de grasas y sal— se consumen con mayor frecuencia precisamente en esos sectores de mayor vulnerabilidad. La desigualdad no solo se mide en el ingreso: también se come de manera desigual.
Uno de los hallazgos más perturbadores de la encuesta nacional es que el patrón alimentario de niñas, niños y adolescentes es significativamente menos saludable que el de los adultos. Los datos muestran que los menores consumen un 40% más de bebidas azucaradas que los mayores, el doble de productos de pastelería o snacks, y hasta el triple de golosinas. Una brecha que no puede explicarse únicamente por preferencias o antojos, sino que remite a causas estructurales descriptas en la literatura científica: el marketing alimentario dirigido específicamente a los niños y los entornos escolares que, en muchos casos, funcionan como verdaderos promotores del consumo de productos perjudiciales para la salud.
El escenario dentro de las escuelas es revelador. Según la ENNyS 2, ocho de cada diez estudiantes escolarizados de entre 6 y 17 años tienen acceso a un kiosco o buffet dentro de su institución. Y entre quienes compraron algo en esos espacios durante la semana previa al relevamiento, seis de cada diez adquirieron golosinas y cuatro de cada diez, bebidas con azúcar. Más aún: al 71,2% de los niños escolarizados del país la institución les provee a veces o siempre facturas, galletitas dulces, productos de pastelería o cereales con azúcar.
En este sentido, Salzman insistió en que es “central repensar los entornos escolares como espacios promotores de salud, donde no solo se garantice el acceso a alimentos, sino también se construyan hábitos, se regule la oferta y se promueva la educación alimentaria con perspectiva de derechos”. La escuela es también uno de los espacios donde una sociedad puede intervenir tempranamente sobre los patrones alimentarios de las nuevas generaciones.
Otro factor que la evidencia científica y la encuesta nacional identifican como determinante es el rol de la publicidad y el marketing de alimentos. Los números son elocuentes: el 21,5% de los adultos responsables de niños de entre 2 y 12 años declaró haber comprado al menos una vez en la última semana algún alimento o bebida porque el niño lo vio en una publicidad. Es decir, más de uno de cada cinco adultos admitió que la presión publicitaria ejercida sobre sus hijos influyó concretamente en sus decisiones de compra. Y el 23,5% de los mayores de 13 años reconoció haber comprado algún producto porque lo vio anunciado.
La influencia del marketing no es neutra ni aleatoria: la ENNyS 2 concluye que los resultados “corroboran el efecto de influencia que la publicidad tiene en los niños, y cómo éstos solicitan a los padres y consiguen que éstos les compren productos que vieron en una publicidad”. Una dinámica que, en ausencia de regulaciones efectivas, convierte a la infancia en el segmento más expuesto y menos protegido del sistema alimentario.
A esto se suma un sistema de etiquetado nutricional que no cumple su función. Apenas tres de cada diez personas leen habitualmente las etiquetas de los productos que compran, y de ellas, solo la mitad las comprende. El resultado práctico es que menos del 15% de la población estaría realmente procesando la información nutricional que figura en los envases.
En este escenario de crisis nutricional, el mapa de las políticas públicas también resulta dispar. Salzman destacó las políticas provinciales, como el Servicio Alimentario Escolar (SAE), que garantiza prestaciones diarias en las escuelas —y que en La Plata cubre a decenas de miles de estudiantes en establecimientos de gestión estatal—, y el programa MESA (Módulo Extraordinario de Seguridad Alimentaria), orientado a acompañar a familias en situación de vulnerabilidad.
“Cumplen un rol clave de contención, aunque también nos interpelan a seguir mejorando la calidad nutricional y el enfoque integral de las intervenciones”, analizó Salzman.
Los propios datos de la ENNyS 2 muestran que los establecimientos de gestión estatal presentan mayor porcentaje de provisión de alimentos a sus alumnos (62,8%) frente a los privados (18,6%). Sin embargo, también revelan que en las escuelas públicas la provisión de agua segura —sin azúcares agregados— es menor (55,6%) que en los colegios privados (70,6%), y que la oferta de golosinas, galletitas y bebidas con azúcar persiste en los dos tipos de establecimientos.
“El abordaje de la malnutrición infantil requiere necesariamente una mirada estructural sobre los entornos alimentarios”, afirmó la profesional. “Esto implica entender que la salud alimentaria no se define únicamente en el hogar, sino también en la escuela, en los comercios de cercanía, en la publicidad y en las políticas públicas”, añadió.
Esta perspectiva está en línea con lo que señala la Organización Mundial de la Salud (OMS), que caracteriza a la obesidad infantil como uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI y advierte que su aumento a escala global es consecuencia de los cambios producidos en la sociedad y no solo de las decisiones individuales. En 2022, más de 390 millones de niños y adolescentes de entre 5 y 19 años tenían sobrepeso, de los cuales 160 millones padecían obesidad.
La tendencia no da señales de desaceleración. Según proyecciones de la Federación Mundial de Obesidad, para 2035 el 19% de la población de entre 5 y 19 años tendrá sobrepeso u obesidad, un incremento de casi el 50% respecto a 2020, siendo América y Asia los continentes con mayor prevalencia. Newmedicaleconomics
Para Salzman, el panorama argentino y bonaerense debe leerse dentro de este contexto global, pero también con sus particularidades. “A nivel país, la tendencia es preocupante y, de no mediar políticas integrales y sostenidas, se espera un aumento de la obesidad infantil en los próximos años, con consecuencias a largo plazo en la salud de la población”, afirmó.
Además, la presidenta del Colegio de Nutricionistas puntualizó: “El rol del Estado es indelegable. Desde nuestra institución entendemos que es necesario fortalecer las políticas públicas, garantizar el acceso a alimentos saludables y avanzar en regulaciones que ordenen los entornos alimentarios.”
“No se trata solo de qué comen las infancias, sino de qué condiciones materiales y simbólicas construimos como sociedad para que puedan alimentarse de manera saludable”, concluyó la profesional.
La desigualdad no solo se mide en el ingreso: también la alimentación se evidencia dispar
El consumo diario de alimentos saludables es menor en los grupos de bajos ingresos
“
Es central repensar los entornos escolares como espacios promotores de salud, donde no solo se garantice el acceso a alimentos, sino también se construyan hábitos, se regule la oferta y se promueva la educación alimentaria con perspectiva de derechos”
Laura Salzman, presidenta del Colegio de Nutricionistas de la provincia de Buenos Aires
la gordura y el sobrepeso se han convertido en la forma más habitual de malnutrición en la infancia / freepik
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