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En las salas, cada vez hay menos funciones habladas en la lengua de su país de origen. Mucho público se queja, pero el mercado es contundente...
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
A todo cinéfilo le ha pasado: entra en una función de cine y cuando se dispone a escuchar la voz de Brad Pitt, Leo Di Caprio, Joaquin Phoenix o Angelina Jolie, de los parlantes emana la voz en castellano neutro de un doblador. ¡Sorpresa! La escena es cada vez más habitual, porque el doblaje gana terreno en las salas, provocando el recrudecimiento de un viejo debate: ¿lenguaje original o doblaje?
Para la cinefilia pura, el doblaje es una aberración: la voz original es parte clave de la actuación, y el límite del doblaje, que tiene que encajar con el movimiento de los labios del actor, suele provocar traducciones poco fieles, dicen enfurecidos.
Y claman que el avance del doblaje en las salas es reflejo de una sociedad donde la alfabetización es deficiente, donde cuesta cada vez más leer y el doblaje solo favorece la pereza, además de ser responsable de que el nivel de conocimiento de otras lenguas extranjeras sea cada vez más bajo: si quien prefiere el subtitulado es un espectador con mayor apertura al mundo, avidez por conocer otros idiomas y consideración por la obra original, habitamos un mundo donde ese espectador es cada vez más escaso.
¡Puristas!, lanzan del otro lado quienes afirman que el doblaje democratiza, acerca al cine a quienes no están alfabetizados o, por cuestiones que atañen a la calidad educativa media del país, no llegan a leer la información escrita. En consecuencia, llegó a decir el director Adrián Caetano, “se pierden por leer una gran cantidad de información visual”.
La disyuntiva, sin embargo, asoma falsa: es importante que existan tanto el doblaje como el subtitulado, por cuestiones de preferencia y elección, claro, pero además porque ambas aportan a la inclusión. Sin doblaje no podrían ir al cine quienes no pueden leer, y sin subtitulado tampoco podrían entrar a la sala los hipoacúsicos. La furia de la hinchada del subtitulado tiene que ver con el avance de las funciones dobladas, en relación a las subtituladas, algo que asoma, simplemente, como una respuesta al mercado.
Al menos así teoriza Fabián Harari, uno de los dueños del Cinema La Plata y habitual receptor de críticas por la relación entre las funciones dobladas que programa y las que se proyectan en idioma original.
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Harari responde con sencillez: las funciones subtituladas, a la larga, rinden menos que las dobladas al castellano. Quienes piden subtítulos, afirma, son “una minoría sonora, la minoría que hace lío en la cancha”, se ríe, y lanza sonriente que “el del castellano no critica”.
Pero Harari no es un fundamentalista del doblaje: jamás, dice, miraría una cinta que no esté en idioma original, y en sus cines “tratamos de dar en ambos formatos. Pero si pongo ‘Toy Story’ a la tarde subtitulado, van cinco personas”.
La mención de la tarde es una clave: la mayoría de las funciones son entre el mediodía y la noche, un horario al que el público adulto no suele ir. Y los jóvenes, que además son el principal comprador de entradas (y pochoclo), las prefieren dobladas.
“No hay una regla, hasta que uno no estrena una película no sabe”, dice al respecto Harari, aunque la tendencia es, a la larga, bastante contundente, agrega. Con “Joker”, por ejemplo, “nos llevamos una sorpresa, en la primera semana, el subtitulado aplastó al castellano”. Y para esta segunda semana agregaron funciones en subtitulada. Pero “a la larga el castellano le gana al subtitulado”: por eso, en general, la primera semana es cuando más funciones subtituladas de cine de Hollywood hay, generalmente a la noche, pero poco a poco el doblaje se impone.
“Uno programa la cantidad de funciones según intuye, más o menos, pero algunas películas traen sorpresa”, insiste Harari, pero al final, “a la quinta semana, van el 90% de dobladas y el 10% subtituladas”. Lo que manda es la demanda.
Y en La Plata, dice Harari, el subtitulado goza de buena salud, al menos comparativamente, mientras en la capital, zona sur y el Gran Buenos Aires la invasión del doblaje es mucho mayor.
La explicación para muchos la tiene el público joven: los jóvenes van por el doblaje, y son los que llenan las salas, a los que apunta Hollywood con sus películas, los consumidores más importantes para el mercado; son, entonces los que gobiernan las decisiones de la industria del cine, incluidos los exhibidores. El año pasado, Netflix realizó una encuesta y entre la audiencia de su serie juvenil más exitosa, “13 reasons why”, tres de cada cuatro adolescentes elegían el doblaje.
Argentina siempre fue un mojón de resistencia del subtitulado frente al doblaje, ya extendido en América latina, pero aún en ese aspecto esta generación es diferente: aunque los doblajes siguen haciéndose mayoritariamente en México, el doblaje (a neutro) de Argentina ganó mucho terreno en la industria, con Civisa como una de las tres empresas más importantes: antes el doblaje sonaba raro para el espectador argentino, pero ahora suena más natural, más afín a nuestra sensibilidad. Si las generaciones más grandes ya descartaron el doblaje por sonar extraño, las nuevas, al descubrir doblajes más cercanos a su forma de hablar (y también, más acostumbrados al neutro, gracias a los canales de cable que criaron a nuestros hijos), parecen abrazarlo cada vez más.
Las cadenas de Buenos Aires reconocen que en los últimos años el público latinoamericano, no siendo el argentino ninguna excepción, viene prefiriendo el cine doblado. Por ese motivo, la mayoría de las salas de cine se ve en la obligación de programar este formato por sobre el subtitulado.
La fuerza del mercado excluye así al espectador que quiere ver el original, fiel, sin transformación: tras la primera semana de una película, verá impotente cómo se reducen las chances, de forma drástica, de ver la cinta en su idioma original.
Un nuevo público se está criando, a diferencia de lo que ha sido tradición en Argentina, con cine doblado al castellano, y las consecuencias exceden la cantidad de funciones: en 2018, una de las distribuidoras más importantes de Argentina, Distribution Company, cerró. El cierre se dio en el marco de una crisis general para el llamado “cine arte”, o simplemente para el cine que no provenga de los grandes estudios de Hollywood, pero en la carta de despedida, su fundador, Bernardo Zupnik, escribió lo siguiente: “Ya nadie quiere hacer el esfuerzo de seguir la acción escuchando las voces en inglés y leyendo los subtítulos en castellano. Todo el mundo pide la versión doblada”.
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