La francesa publicó la obra en 2006 / Web
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Una portera autodidacta y una niña prodigio descubrenla belleza de las pequeñas cosas
La francesa publicó la obra en 2006 / Web
En el número 7 de la calle Grenelle, un edificio parisino de impecable fachada burguesa, Muriel Barbery instala un pequeño laboratorio emocional donde nada —ni nadie— es exactamente lo que aparenta.
Allí viven Renée Michel, la portera que esconde bajo un delantal una inteligencia afilada, y Paloma Josse, una niña de doce años que anota en sus diarios ideas filosóficas y planes para abandonar un mundo que le resulta insoportable. Dos vidas paralelas, dos soledades que avanzan como líneas destinadas a cruzarse.
La novela alterna sus voces con una precisión quirúrgica. Renée narra en presente, como si pensara en voz alta mientras barre pasillos o prepara té, y a veces lanza pequeñas sentencias para los lectores —ese “elijan bien a su única amiga”— que funcionan como fogonazos de lucidez.
Paloma, en cambio, escribe desde la distancia íntima de sus cuadernos, donde junta su desencanto con observaciones que revelan una mente ferozmente despierta.
En ese edificio donde la alta sociedad parisina se autopercibe sofisticada, ambas se refugian en lo que aman: Renée en Tolstói, en Ozu (el cineasta), en Mozart; Paloma en el pensamiento, la cultura japonesa, el té de jazmín. Y aunque conviven, no se rozan. O no lo hacen hasta que llega Kakuro Ozu, el nuevo vecino que irrumpe con una sensibilidad capaz de ver lo que los demás no ven.
Su presencia es una llave: abre un pasadizo entre esas dos almas que creían estar blindadas contra el mundo.
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A partir de él, Renée y Paloma empiezan a reconocerse, primero en los pequeños gestos —un aroma, una mirada, un libro ruso compartido— y luego en lo esencial: la necesidad de ser vistas sin disfraces.
La amistad que nace es breve pero deslumbrante, una prueba de que incluso en la penumbra se puede encender algo parecido a la esperanza.
“La elegancia del erizo” es, en su núcleo, una invitación a mirar mejor. A detenerse en los pliegues mínimos: la ceremonia del té, un portazo en el pasillo, una frase dicha sin pensar. Y también a entender que el arte, la belleza y el afecto pueden funcionar como un salvavidas discreto, casi secreto.
La autora construyó con la obra un himno a la vida que se sostiene en lo ínfimo: un gesto compartido, un descubrimiento tardío, un vínculo que aparece cuando nadie lo esperaba.
En 2008 llegó su adaptación cinematográfica, “El erizo”, que promete —como toda buena traducción de un mundo literario— el reencuentro con personajes que todavía resuenan. Pero la novela, con su tono melodioso y su mirada microscópica, es en sí misma un pequeño tesoro: un recordatorio de que, a veces, la felicidad se encuentra en los lugares donde nadie mira.
La elegancia del erizo
Muriel Barbery
Editorial: Booket
Páginas: 368
Precio: $30.300
La francesa publicó la obra en 2006 / Web
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