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Dos investigaciones recientes aportan pistas decisivas sobre por qué algunas personas mayores de 80 años conservan una memoria comparable a la de adultos de mediana edad. Más neurogénesis en el hipocampo y un perfil genético particular podrían explicar una resiliencia cerebral más efectiva
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La escena se repite en millones de hogares: llaves extraviadas, nombres que tardan en aparecer, fechas que se confunden.
El envejecimiento suele traer consigo cambios en la memoria y en la velocidad de procesamiento mental. Sin embargo, existe un grupo pequeño de personas que descoloca a la ciencia.
Tienen más de 80 años y recuerdan con la precisión y agilidad de alguien tres décadas más joven. A ellos se los conoce como “superancianos”, y su cerebro se convirtió en uno de los grandes enigmas de la neurociencia contemporánea.
En los últimos meses, dos estudios de gran relevancia aportaron nuevas respuestas.
Uno, publicado en la revista Nature, encontró evidencia biológica de que estos adultos mayores generan más neuronas nuevas en una región clave del cerebro.
El otro, difundido en Alzheimer’s & Dementia, identificó una combinación genética distintiva que reduciría el riesgo de padecer enfermedad de Alzheimer. Juntos, ambos trabajos ofrecen una mirada renovada sobre el envejecimiento cognitivo exitoso.
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Durante años, la pregunta fue polémica: ¿puede el cerebro humano adulto crear nuevas neuronas? En bebés y niños pequeños la respuesta es sí. En animales adultos también. Pero en humanos mayores, el debate sigue abierto.
El estudio publicado en Nature se centró en el hipocampo, una estructura profunda esencial para el aprendizaje y la memoria.
Allí buscaron señales de neurogénesis —la formación de nuevas neuronas— en cerebros donados tras el fallecimiento por personas de distintas edades y condiciones cognitivas.
Los investigadores identificaron tres tipos celulares que funcionan como “huellas” del proceso: células madre neurales (el punto de partida), neuroblastos (etapa intermedia) y neuronas inmaduras (casi listas para integrarse a los circuitos). La presencia simultánea de estas tres categorías sugiere que el proceso de renovación está activo.
Todos los grupos analizados —adultos mayores con cognición normal, con deterioro leve, con Alzheimer y superancianos— mostraron indicios de estas células. Pero la cantidad marcó la diferencia. Los superancianos presentaban aproximadamente el doble de neuronas inmaduras que los mayores promedio y hasta dos veces y media más que quienes tenían Alzheimer. Incluso superaban a adultos jóvenes en ese indicador.
No se trataba solo de cantidad. Estas neuronas jóvenes exhibían características genéticas y epigenéticas particulares que parecían conferirles mayor resistencia al envejecimiento. Es decir, no solo había más células nuevas, sino que estaban “programadas” de manera distinta para sobrevivir y funcionar en un cerebro envejecido.
El hallazgo refuerza la idea de que el cerebro conserva una plasticidad sorprendente incluso después de los 80 años. Sin embargo, no todos los especialistas consideran que el debate esté cerrado.
Algunos investigadores señalaron que sería necesario validar los resultados con técnicas complementarias, ya que la medición de neurogénesis en tejido humano post mortem presenta desafíos metodológicos importantes.
Uno de los datos más intrigantes surgió al analizar los cerebros de personas con Alzheimer.
En ellos se encontraron más células madre neurales que en otros adultos mayores, pero muchas menos en las etapas siguientes. Esto sugiere que el proceso podría quedar “bloqueado”: las células madre existirían, pero no lograrían madurar y transformarse en neuronas funcionales.
El cerebro de los “superancianos” se convirtió en uno de los grandes enigmas de la neurociencia
Si esa hipótesis se confirma, abriría una vía terapéutica completamente nueva.
Reactivar esas células madre latentes podría convertirse en una estrategia futura para frenar o revertir el deterioro cognitivo. Aún es un horizonte lejano, pero el solo planteo modifica la forma de pensar la enfermedad.
El segundo gran aporte provino de un análisis internacional que examinó la frecuencia de variantes del gen APOE, uno de los factores genéticos más estudiados en relación con el Alzheimer.
El gen tiene distintas versiones. La variante APOE-ε4 se asocia con mayor riesgo de desarrollar Alzheimer de inicio tardío, mientras que APOE-ε2 parece ejercer un efecto protector. La pregunta era directa: ¿los superancianos presentan un perfil distinto?
La respuesta fue afirmativa. En una cohorte de más de 18.000 personas, los mayores de 80 años con memoria excepcional mostraron una probabilidad significativamente menor de portar APOE-ε4 que otros adultos de su edad. Además, tenían mayor presencia de APOE-ε2. En otras palabras, combinaban menos riesgo y más protección.
Incluso al compararlos con adultos mayores cognitivamente normales —sin demencia—, los superancianos conservaban una ventaja genética adicional.
Esto sugiere que el superenvejecimiento no es simplemente “no tener Alzheimer”, sino un fenotipo más extraordinario, con características biológicas propias.
El estudio también tuvo un valor metodológico importante: incluyó participantes de diferentes orígenes raciales y étnicos, algo históricamente escaso en este campo. Si bien los resultados fueron más robustos en personas blancas no hispanas —debido al tamaño muestral—, se observaron tendencias similares en otros grupos, lo que abre la puerta a investigaciones futuras más inclusivas.
Los hallazgos alimentan un debate de fondo. ¿Los superancianos conservan su memoria porque resisten mejor los procesos patológicos —como la acumulación de placas amiloides— o porque poseen una “reserva cerebral” mayor que les permite compensar esos cambios?
Los nuevos datos genéticos parecen inclinar la balanza hacia la primera hipótesis: existiría una menor vulnerabilidad biológica al daño asociado al Alzheimer.
Pero la neurogénesis aumentada y las diferencias en conectividad cerebral también podrían contribuir a una reserva funcional superior.
Lo más probable es que la explicación sea multifactorial. La genética aporta una base, pero no determina el destino. Educación, estimulación cognitiva, actividad física, salud cardiovascular y redes sociales influyen de manera decisiva.
En este contexto, resulta clave distinguir entre los cambios esperables del envejecimiento y los signos de alarma.
Olvidar ocasionalmente dónde se dejaron las llaves, la actividad próxima a realizar o inclusive demorarse en recordar un nombre puede formar parte de la normalidad.
En cambio, repetir constantemente las mismas preguntas, perderse en lugares conocidos, no poder seguir instrucciones simples o descuidar la higiene personal son señales que justifican una consulta médica.
El deterioro cognitivo leve, por ejemplo, implica dificultades mayores a las habituales para la edad, aunque la persona conserve autonomía.
No siempre progresa a Alzheimer, pero requiere seguimiento atento.
Mientras la ciencia avanza en descifrar los secretos biológicos de los superancianos, hay estrategias concretas al alcance de todos.
Aprender algo nuevo estimula circuitos neuronales: este diario publicó -semana a semana- múltiples investigaciones e informes que refieren la importancia de nuevas acitividades que mantengan al cerebro “despierto”.
Entre ellas, se destacan mantener rutinas y usar agendas o listas ayuda a compensar pequeños olvidos. También el sueño es fundamental: dormir entre siete y ocho horas favorece la consolidación de la memoria.
El ejercicio físico regular mejora la circulación cerebral y la salud cardiovascular, factores estrechamente ligados a la función cognitiva.
La participación social, el voluntariado y el contacto frecuente con familiares y amigos también actúan como protectores. La depresión no tratada, el consumo excesivo de alcohol y la hipertensión mal controlada, en cambio, pueden acelerar el deterioro.
Repetir preguntas, perderse en lugares y no poder seguir tareas justifican la consulta médica
En un mundo que envejece rápidamente, donde el Alzheimer representa uno de los mayores desafíos sanitarios, estudiar la excepción puede ser tan valioso como analizar la enfermedad. Los superancianos ofrecen un modelo vivo de resiliencia cerebral.
La combinación de mayor neurogénesis en el hipocampo y un perfil genético más favorable no garantiza inmunidad absoluta, pero redefine el mapa de riesgos. Demuestra que el envejecimiento cognitivo no es un destino único e inevitable.
Comprender cómo estas personas conservan su memoria podría, en el futuro, inspirar terapias que reactiven procesos dormidos o potencien mecanismos protectores. Por ahora, la lección principal es más amplia: el cerebro, incluso en la vejez avanzada, mantiene una capacidad de adaptación mayor de lo que durante décadas se creyó. Y en esa plasticidad persistente, tal vez, resida la clave para envejecer con la mente despierta.

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❑ Más neuronas nuevas
Los superancianos presentan mayor cantidad de neuronas inmaduras en el hipocampo, región clave para la memoria y el aprendizaje.
❑ Plasticidad en la vejez
El cerebro mantiene capacidad de adaptación incluso después de los 80 años. La neurogénesis no sería exclusiva de etapas tempranas de la vida.
❑ Programación genética especial
No se trata solo de cantidad de células jóvenes, sino de una “configuración” genética que favorecería su supervivencia.
❑ Menor riesgo genético
Tienen menos probabilidad de portar la variante APOE-ε4, asociada al Alzheimer.
❑ Mayor protección natural
Presentan con más frecuencia la variante APOE-ε2, vinculada a resiliencia frente al deterioro cognitivo.
❑ Aprender algo nuevo
Idiomas, música, cursos o cualquier actividad que desafíe al cerebro.
❑ Actividad física regular
Mejora la circulación cerebral y reduce factores de riesgo cardiovascular.
❑ Dormir entre 7 y 8 horas
El sueño consolida recuerdos y favorece la reparación neuronal.
❑ Vida social activa
El vínculo con otros estimula funciones cognitivas y emocionales.
❑ Controlar la presión arterial
La salud cardiovascular es clave para la salud cerebral.
❑ Mantener rutinas y organización
Listas, calendarios y objetos siempre en el mismo lugar reducen el estrés cognitivo.
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