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Habla del reencuentro de dos hermanos tras cincuenta años, forzado por una pandemia. Con toques de realismo mágico, explora memoria, familia e identidad
El escritor chileno Andrés Montero, en imagen / Web
En El año en que hablamos con el mar, el escritor chileno Andrés Montero despliega una narración que combina lo íntimo con lo colectivo para contar una historia atravesada por el paso del tiempo, la memoria y las decisiones que marcan una vida entera. La novela, publicada por La Pollera Ediciones, se instala en una isla del sur de Chile que parece no figurar en los mapas, un territorio donde la realidad y la leyenda conviven sin tensión.
El corazón del relato está en los hermanos mellizos Garcés, Jerónimo y Julián, separados durante cincuenta años por una decisión fundacional. Mientras uno se quedó para siempre en la isla, el otro partió en su juventud y construyó una vida como cronista y periodista recorriendo el mundo. Esa bifurcación inicial no solo define sus destinos individuales, sino que también modela la memoria colectiva del lugar.
El regreso de Jerónimo —inesperado y cargado de tensiones— funciona como detonante de la historia. Llega en avioneta con la idea de una visita breve, pero la irrupción de la pandemia de COVID-19 lo deja atrapado durante un año entero. Ese encierro, dividido simbólicamente en las cuatro estaciones, convierte a la isla en un espacio suspendido donde el tiempo deja de avanzar de manera lineal.
A partir de ese momento, la novela se abre hacia una multiplicidad de voces. El relato ya no pertenece solo a los hermanos: pasa a ser reconstruido por los habitantes del pueblo, que narran, interpretan y hasta distorsionan los hechos, configurando un tejido coral donde la verdad se vuelve siempre relativa.
El escenario no es un simple telón de fondo. La isla —aislada, marcada por un tsunami que la dejó fuera del circuito turístico— adquiere una dimensión casi mítica. El mar, la naturaleza y el clima parecen dialogar con los habitantes, generando una atmósfera donde lo sobrenatural se integra a la vida cotidiana.
En ese universo emergen símbolos que condensan la memoria del lugar: un pacto con el diablo sellado por el abuelo Augusto, una campana de oro hundida en el mar, un cementerio sin cuerpos y una taberna instalada en un barco abandonado que llegó tras un desastre natural. Lejos de ser meros elementos fantásticos, estas imágenes funcionan como núcleos de sentido que organizan el relato colectivo.
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La taberna, en particular, se convierte en el corazón social de la isla. Allí circulan las historias, se discuten versiones y se transmiten las leyendas que mantienen viva la identidad del pueblo. La narración adopta así una cadencia oral, como si cada episodio fuera contado al calor de una conversación compartida.
Ese carácter coral remite a tradiciones literarias y culturales profundas. La voz del “nosotros” —que en muchos tramos actúa como un coro— no solo cuenta la historia, sino que también la moldea, recordando que toda memoria es una construcción colectiva.
El reencuentro entre Jerónimo y Julián está atravesado por el silencio, el rencor y la distancia acumulada durante décadas. No se trata simplemente de dos hermanos que vuelven a verse, sino de dos vidas que se desarrollaron en direcciones opuestas y que ahora deben encontrar algún punto de contacto.
La reconstrucción de la casona familiar abandonada aparece como una metáfora central. A medida que avanzan las estaciones, los hermanos no solo restauran un espacio físico, sino que también intentan recomponer un vínculo quebrado, enfrentándose a secretos, malentendidos y culpas heredadas.
En ese proceso, el pasado irrumpe con fuerza. La historia familiar está atravesada por tragedias —como la muerte del padre o la pérdida de un hermano al nacer— que parecen arrastrar las consecuencias de un pacto oscuro. La idea de destino, teñida de fatalismo, recorre la novela sin clausurar la posibilidad de redención.
El pueblo, como testigo y narrador, también interviene en esa reconstrucción. Son los otros quienes recuerdan, quienes cuentan, quienes obligan a los protagonistas a verse a sí mismos desde afuera, en una dinámica donde la identidad individual se diluye en la memoria colectiva.
Aunque el relato tiene una fuerte impronta mágica, no se despega de la historia reciente de Chile. La novela incorpora referencias a hitos como el golpe de Estado de 1973 encabezado por Augusto Pinochet, el terremoto de 2010 y el estallido social de 2019, que funcionan como telón de fondo de las vidas de los personajes.
Estos acontecimientos no ocupan el centro de la escena, pero aportan una capa de sentido que ancla la narración en lo real. La historia personal de los Garcés se entrelaza así con la historia colectiva de un país atravesado por crisis, transformaciones y rupturas.
La pandemia, en ese marco, actúa como catalizador. Al aislar aún más a la isla, intensifica la introspección y obliga a los personajes a detenerse, a revisar sus decisiones y a enfrentar aquello que habían postergado durante años.
El resultado es un equilibrio singular entre lo fantástico y lo histórico, donde el mito no niega la realidad, sino que la complementa y la amplifica.
Uno de los mayores logros de Montero está en su estilo narrativo. La novela adopta una estructura dividida en cuatro partes —una por cada estación del año— que acompaña la transformación emocional de los personajes y refuerza la idea de un tiempo cíclico.
La multiplicidad de voces, que alterna entre el “nosotros” del pueblo y momentos de mayor intimidad, construye un relato dinámico y envolvente. La influencia de la tradición oral se hace evidente en la manera en que las historias se encadenan, se repiten y se resignifican.
El tono, por momentos desenfadado y hasta burlesco, no le quita profundidad al relato. Por el contrario, le permite moverse con naturalidad entre lo trágico y lo cotidiano, entre el humor y la melancolía.
En definitiva, El año en que hablamos con el mar se presenta como una reflexión sobre la memoria, la identidad y el poder de las historias. En una isla donde el mar parece devolver todo lo que recibe, la novela sugiere que narrar es una forma de existir, de resistir al olvido y de encontrar, incluso en el aislamiento, una comunidad posible.

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